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SOCIEDAD
La primera marcha
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - Cumplí
nueve años en 1959. En aquel momento asistía
al triunfo de los barbudos. No lo consideré
gran cosa, mis intereses eran otros. Lo único
de los barbudos que me interesó fue un
álbum de postalitas que tenía por
tema la revolución.
En aquel momento las postalitas más difíciles
eran las que representaban a Camilo Cienfuegos,
Juan Almeida y Cresencio Pérez. Yo vi ofrecer
diez Fidel Castro por un Camilo Cienfuegos. Premoniciones
¡sabrá Dios!
De aquel momento recuerdo aquella "Marcha
del 26 de julio". Estaba hasta en la sopa,
pero creo que fue algo melódicamente logrado.
Se tarareaba y se escuchaba. Su final era dramático
y teatral, pero transpiraba una singular mezcla
de esperanza y evocación heroica.
Execraba a "aquéllos que no tienen
compasión", a "gobernantes indeseables"
y a "tiranos insaciables". Fue, sin
lugar a dudas, la primera marcha. Estuvo dirigida
contra los que pretendieron en aquel lejano 1959
hundir a Cuba. No recuerdo bien si en el mal o
en el mar. A los barbudos, esa primera marcha
les reservaba el rol de salvadores de Cuba: del
mar o del mal.
En 1959, Agustín Díaz Cartaya era
un negro joven con ínfulas y futuro de
gran compositor. Según relatan los que
le conocieron, en aquel momento sus ojos brillaban
con limpieza y esperanza. La nueva Cuba democrática
y sin racismo de la izquierda revolucionaria,
de armas y guerrillas, así lo prometía.
Y él creyó en la promesa.
Agustín Díaz Cartaya, fue el autor
de la "Marcha del 26 de Julio". No logró
nada parecido a esa marcha después.
Fue relegado por la vida o por su revolución.
Esta no resultó tan justiciera ni tan anti
racista como él soñó. Desde
el propio 1959, la Marcha del 26
, se fue
quedando atrás.
Las guarachas de Carlos Puebla y las guajiras
de Eduardo Saborit, estaban más a tono
con las nuevas situaciones. Los dos compositores,
mantenían fuertes vínculos con el
Partido Socialista Popular (PSP). Políticamente
estaban más adentro.
Fue el momento de oro para "Llegó
el Comandante y mandó a parar", para
"Cuba, qué linda es Cuba", con
el en aquel entonces, apolíneo Comandante
"que vibra en la montaña", el
rubí, las cinco franjas y la estrella.
El himno de rigor durante largos años
fue la Internacional. Llegó hasta tener
una versión a guitarra y ritmo de guaguancó.
Fue usada como música incidental en aquel
tendencioso Noticiero ICAIC Latinoamericano del
fallecido Santiago Álvarez.
Díaz Cartaya, venido a menos, vivió
una vidita anónima. Como muchos otros olvidados,
ahogó su fracaso con licor.
El pentagrama patriótico quedó
en manos de Puebla, Saborit, González Mantici
y Tania Castellanos, esta última, esposa
del dirigente sindical comunista, Lázaro
Peña.
El back ground para los vergonzantes mítines
de repudio de 1980 lo aportó el invidente,
oportunista y rockero frustrado Osvaldo Rodríguez.
"La marcha del pueblo combatiente",
le concedió la ansiada oportunidad para
desertar.
En fechas más recientes, la música
"revolucionaria" ha quedado a cargo
de los integrantes del Movimiento de la Nueva
Trova (MNT). Las figuras emblemáticas del
mismo continúan siendo Silvio Rodríguez
y Pablo Milanés.
La proyección del movimiento se ha vuelto
más flexible y ecléctica. La nueva
imagen asimila la crítica contextualizada
de Milanés, las posturas irreverentes de
Carlos Varela y Santiago Feliú. El MNT
ha quedado sacralizado en mayor o menor grado
por el capelo parlamentario de Silvio.
A más de cincuenta años después
de ser compuesta, la primera marcha, mantiene
en algo su actualidad. Se continúa la lidia
con "aquéllos que no tienen compasión".
No se ha dicho la última palabra sobre
"gobernantes indeseables" y "tiranos
insaciables". En relación con hundir
a Cuba en el mar, conozco de algunos que en momentos
de soberbia o desesperación, han contemplado
esa posibilidad.
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