PRENSA INDEPENDIENTE
Marzo 29, 2006
 

SOCIEDAD
El duro encanto de la adolescencia

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - Los cubanos de mi generación nos empeñamos en coleccionar recuerdos gratos de la adolescencia, en un raro ejercicio de masoquismo.

Ninguna adolescencia es apacible. Menos aún pudo serlo la nuestra. Discurrió en un país con forma de campamento donde todo cambiaba a la velocidad de los caprichos, apuntados a un futuro que nunca llegó, de unos místicos y voluntariosos guerrilleros barbudos que vestían de verde olivo.

Nuestras nostalgias de novias, amigos, playas, fiestas y canciones prohibidas riman forzadamente en la memoria con mugrientos albergues agrícolas. No faltó tizne de cañaverales, inquisitoriales análisis de aula, soporíferos círculos de estudio, peste de calabozos e intentos de contener el llanto en las despedidas. Y siempre, en cada una de ellas, el hambre y el desamparo como los más fieles de los perros.

Nos debatimos en opciones riesgosas para nuestros destinos. Nos movíamos entre Dios, Lenin, Che Guevara, los Beatles, el manual marxista de Nikitin, el pato Donald, los muñequitos rusos y el idioma inglés aprendido en la WQAM. Combinamos a Nguyen Sung, los siete samuráis, Silvio Rodríguez y una lata de leche condensada.

A duras penas sobrevivimos al asedio de padres, profesores, policías y responsables de vigilancia que velaban por nuestra albura ideológica.

Por si fuera poco, vivimos entre nosotros una perenne lucha de gatos y perros, callejeros, mal nutridos e indóciles. Una guerra enfrentaba a guapos y pepillos, al ambiente contra la onda. Y la policía contra todos.

Los bandos estaban delimitados. Los guapos de Párraga, Mantilla y San Miguel, con motas y flan top, casquillos de oro y platino en los dientes, pantalones anchos y zapatos apaches. Los pepillos de La Víbora, Santos Suárez, Alta Habana y El Vedado, con melenas y pantalones acampanados.

Unos bailaban casino con Revé, los Van Van y la Monumental. Los otros se contorsionaban con el rock de Led Zeppelín, los Stones o durante los 17 minutos que duraba Get ready.

Cada bando se creó sus héroes y sus leyendas. Las cruentas de Ricardo Corazón de León en las galeras del Príncipe o las andanzas sicodélicas de Flower y Mezclilla por los parques de El Vedado. Cantadas en guaguancó o con guitarra rockera.

Las broncas estallaban en fiestas o campamentos de escuela al campo. Por cualquier motivo o sin él. Las armas eran, además de los puños, botellas, chavetas o cinturones anchos de enormes y contundentes hebillas.

El clímax de los enfrentamientos fue los carnavales de julio de 1970. El gobierno los organizó para celebrar la zafra de los 10 millones que no fueron. Antes de dedicarnos a convertir, una vez más, el revés en victoria, nos merecíamos un poco de diversión.

El perico estaba llorando, cómo no iba a llorar si los mayimbes se lo llevaban a Camagüey. American woman, mama, let me be. Se meneaba el agua en la batea, oh Marilú.

Cuando prendieron el mechón, voló la cerveza de los vasos de cartón. Las bengalas alumbraron la noche y llovieron los navajazos y los cascazos de la policía. A los guardias les avisó Felo, un tipo duro en La Habana, muchos años antes de que le lanzaran una lata de meao por chivatear antenas parabólicas.

En 1980, el Mariel mostró a ambientosos y pepillos que tenían un enemigo común que los calificaba de escorias y los echaba de la patria. Daba igual cómo bailaran, vistieran o llevaran el pelo. Habían defraudado las expectativas del Gran Hermano y los hermanitos, tíos y sobrinos combativos y militantes.

Quedó claro. La construcción del comunismo era tarea para hombres libres. Libres de elegir entre la universidad para los revolucionarios, la guerra de Angola, los domingos rojos, las microbrigadas o el Combinado del Este.

Casi tres décadas después, período especial incluido, el hombre nuevo sigue sin ser exactamente lo que planificaron los mandarines. En sus laboratorios obtuvieron raros(a) seres. Hablan a gritos en jerga extraña, beben chispa de tren, bailan timba y reggaeton, medran en la ilegalidad, se obsesionan con la sociedad de consumo y tienen una incurable tendencia a emigrar en cuanto objeto flote sobre el mar.

El régimen los apunta en su nómina como trabajadores sociales y los declara, con buena fe, los salvadores de la Revolución. Si lo son, lo disimulan.

Los adolescentes cubanos del nuevo siglo son nietos de la desilusión. Amorales, materialistas, cínicos, violentos y hedonistas. Se las arreglan como pueden para ir escapando, porque "no es fácil".

No son felices y no lo ocultan. En los solares de Centro Habana o los edificios de Alamar crean una subcultura que expresa su rechazo al sistema. Lo gritan sus graffiti en las paradas de ómnibus, el monumento de la Avenida de los Presidentes o las paredes de los calabozos.

Rapean en los camellos, escriben ásperos y agresivos versos urbanos, sus cabezas trashean con un heavy metal que habla de muerte y vampiros. Imploran protección a Jah o a los orishas nublados por la marihuana. Descargan erotizados y aturdidos por el alcohol y las pastillas…

Las nuevas UMAP encierran a jineteras y a chicos proclives a delinquir en un futuro previsto por jefes de sector y fiscales salidos de Minority Report en su versión castrista.

Si quiere oír de racismo, desencanto y abuso policial, oiga el hip hop que se hace en Cuba. Hablo del verdadero, el que no ponen por la radio. No me refiero al domesticado y coreográfico, con camiseta del Che y videos sexy en locaciones de postal turística. Si no me entienden, busquen el disco semiclandestino y casi subversivo de Generación Omni.

La agitación de las moléculas en la superficie del charco anuncia la explosión.

Esta adolescencia, mísera, vigilada y sin ilusiones, dista de ser apacible. No puede serlo a la sombra de un muro carcomido que se tambalea. Sus historias son similares y a la vez bien diferentes a las nuestras. Sus rebeldías anuncian el cambio. A ellos, por suerte, aún les quedará juventud.


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