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SOCIEDAD
El duro encanto de la adolescencia
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - Los
cubanos de mi generación nos empeñamos
en coleccionar recuerdos gratos de la adolescencia,
en un raro ejercicio de masoquismo.
Ninguna adolescencia es apacible. Menos aún
pudo serlo la nuestra. Discurrió en un
país con forma de campamento donde todo
cambiaba a la velocidad de los caprichos, apuntados
a un futuro que nunca llegó, de unos místicos
y voluntariosos guerrilleros barbudos que vestían
de verde olivo.
Nuestras nostalgias de novias, amigos, playas,
fiestas y canciones prohibidas riman forzadamente
en la memoria con mugrientos albergues agrícolas.
No faltó tizne de cañaverales, inquisitoriales
análisis de aula, soporíferos círculos
de estudio, peste de calabozos e intentos de contener
el llanto en las despedidas. Y siempre, en cada
una de ellas, el hambre y el desamparo como los
más fieles de los perros.
Nos debatimos en opciones riesgosas para nuestros
destinos. Nos movíamos entre Dios, Lenin,
Che Guevara, los Beatles, el manual marxista de
Nikitin, el pato Donald, los muñequitos
rusos y el idioma inglés aprendido en la
WQAM. Combinamos a Nguyen Sung, los siete samuráis,
Silvio Rodríguez y una lata de leche condensada.
A duras penas sobrevivimos al asedio de padres,
profesores, policías y responsables de
vigilancia que velaban por nuestra albura ideológica.
Por si fuera poco, vivimos entre nosotros una
perenne lucha de gatos y perros, callejeros, mal
nutridos e indóciles. Una guerra enfrentaba
a guapos y pepillos, al ambiente contra la onda.
Y la policía contra todos.
Los bandos estaban delimitados. Los guapos de
Párraga, Mantilla y San Miguel, con motas
y flan top, casquillos de oro y platino en los
dientes, pantalones anchos y zapatos apaches.
Los pepillos de La Víbora, Santos Suárez,
Alta Habana y El Vedado, con melenas y pantalones
acampanados.
Unos bailaban casino con Revé, los Van
Van y la Monumental. Los otros se contorsionaban
con el rock de Led Zeppelín, los Stones
o durante los 17 minutos que duraba Get ready.
Cada bando se creó sus héroes y
sus leyendas. Las cruentas de Ricardo Corazón
de León en las galeras del Príncipe
o las andanzas sicodélicas de Flower y
Mezclilla por los parques de El Vedado. Cantadas
en guaguancó o con guitarra rockera.
Las broncas estallaban en fiestas o campamentos
de escuela al campo. Por cualquier motivo o sin
él. Las armas eran, además de los
puños, botellas, chavetas o cinturones
anchos de enormes y contundentes hebillas.
El clímax de los enfrentamientos fue los
carnavales de julio de 1970. El gobierno los organizó
para celebrar la zafra de los 10 millones que
no fueron. Antes de dedicarnos a convertir, una
vez más, el revés en victoria, nos
merecíamos un poco de diversión.
El perico estaba llorando, cómo no iba
a llorar si los mayimbes se lo llevaban a Camagüey.
American woman, mama, let me be. Se meneaba el
agua en la batea, oh Marilú.
Cuando prendieron el mechón, voló
la cerveza de los vasos de cartón. Las
bengalas alumbraron la noche y llovieron los navajazos
y los cascazos de la policía. A los guardias
les avisó Felo, un tipo duro en La Habana,
muchos años antes de que le lanzaran una
lata de meao por chivatear antenas parabólicas.
En 1980, el Mariel mostró a ambientosos
y pepillos que tenían un enemigo común
que los calificaba de escorias y los echaba de
la patria. Daba igual cómo bailaran, vistieran
o llevaran el pelo. Habían defraudado las
expectativas del Gran Hermano y los hermanitos,
tíos y sobrinos combativos y militantes.
Quedó claro. La construcción del
comunismo era tarea para hombres libres. Libres
de elegir entre la universidad para los revolucionarios,
la guerra de Angola, los domingos rojos, las microbrigadas
o el Combinado del Este.
Casi tres décadas después, período
especial incluido, el hombre nuevo sigue sin ser
exactamente lo que planificaron los mandarines.
En sus laboratorios obtuvieron raros(a) seres.
Hablan a gritos en jerga extraña, beben
chispa de tren, bailan timba y reggaeton, medran
en la ilegalidad, se obsesionan con la sociedad
de consumo y tienen una incurable tendencia a
emigrar en cuanto objeto flote sobre el mar.
El régimen los apunta en su nómina
como trabajadores sociales y los declara, con
buena fe, los salvadores de la Revolución.
Si lo son, lo disimulan.
Los adolescentes cubanos del nuevo siglo son
nietos de la desilusión. Amorales, materialistas,
cínicos, violentos y hedonistas. Se las
arreglan como pueden para ir escapando, porque
"no es fácil".
No son felices y no lo ocultan. En los solares
de Centro Habana o los edificios de Alamar crean
una subcultura que expresa su rechazo al sistema.
Lo gritan sus graffiti en las paradas de ómnibus,
el monumento de la Avenida de los Presidentes
o las paredes de los calabozos.
Rapean en los camellos, escriben ásperos
y agresivos versos urbanos, sus cabezas trashean
con un heavy metal que habla de muerte y vampiros.
Imploran protección a Jah o a los orishas
nublados por la marihuana. Descargan erotizados
y aturdidos por el alcohol y las pastillas
Las nuevas UMAP encierran a jineteras y a chicos
proclives a delinquir en un futuro previsto por
jefes de sector y fiscales salidos de Minority
Report en su versión castrista.
Si quiere oír de racismo, desencanto y
abuso policial, oiga el hip hop que se hace en
Cuba. Hablo del verdadero, el que no ponen por
la radio. No me refiero al domesticado y coreográfico,
con camiseta del Che y videos sexy en locaciones
de postal turística. Si no me entienden,
busquen el disco semiclandestino y casi subversivo
de Generación Omni.
La agitación de las moléculas en
la superficie del charco anuncia la explosión.
Esta adolescencia, mísera, vigilada y
sin ilusiones, dista de ser apacible. No puede
serlo a la sombra de un muro carcomido que se
tambalea. Sus historias son similares y a la vez
bien diferentes a las nuestras. Sus rebeldías
anuncian el cambio. A ellos, por suerte, aún
les quedará juventud.
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