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SOCIEDAD
El
basurero de la historia
Jaime Leygonier
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - Los
libros son una pasión. Un lector los ama.
Su librero no es un mueble, sino el rincón
más valioso de su hogar, un joyero que
acaricia avaro.
Los libros son también peldaños
de ambiciones lícitas. El lector cree -con
razón o sin ella- que cada libro lo capacita
para mejor desempeño profesional, incluso
para llegar a jefe.
Arrojar la biblioteca personal a la basura es
un crimen pasional, con rasgos de suicidio y autoexorcismo.
Un grito de "¡He desperdiciado buena
parte de mi vida! ¡Me traicionaron!"
Desde que los vientos de la perestroika soplaron
en Cuba a mediados de los 80 hasta que llegaron
a huracán tropical en los 90, tales ráfagas
arrojaron a la basura literatura que se podría
considerar había pasado "la fecha
de vencimiento". Fue un plebiscito de lectores.
Recuerdo en 1991, en la Avenida del Puerto, un
contenedor desbordado de flamantes obras completas
de Lenin. Algún transeúnte cogía
un tomo, lo hojeaba, lo pensaba un instante y
lo devolvía al contenedor.
A los montones de basura de las esquinas fueron
arrojadas toneladas de marxismo y revistas soviéticas.
Rara vez dentro de la basura misma, casi siempre
junto a ella, quizás por piadoso deseo
de que lo aprovechara otro, quizás algún
estudiante sin libro para el examen. Otras veces
por exhibicionismo vengativo, gesto de amante
herido por la traición que arroja a la
calle, desnuda, a la traidora.
Desde 2000 ya no se ve esto. Ya todo el mundo
botó sus libros desfasados. Quien los necesita
para examinar marxismo-leninismo los conserva.
Los estudiantes los buscan a veces en vano en
las librerías de libros de uso, pues desde
los 90 estas librerías dejaron de comprarlos.
No se vendían y la gente los llevaba allí
en grandes cantidades.
Qué suplicio estudiar marxismo como quien
estudia solfeo o latín, sin gusto y sin
creer en las recetas para explicarlo todo que
esa teología sin Dios prodiga. ¡Pobres
estudiantes! Obligados por la hipocresía
justo a la edad de la franqueza.
Cuando yo era joven e intelectual, ocurría
igual, pero fui de los pocos a quienes les gustaba
ese catecismo alemán. ¡Qué
ganga para mis 17 años! ¡La vida
explicada en libros infalibles por tipos geniales!
Compañeritos más listos y prácticos
que yo sufrieron la mar, pero yo fui de los totalmente
estafados.
En los 80 mis conocimientos me permitieron comprender
que Castro era castrista, no marxista como proclamaba.
En los 90, siguiendo a Lenin que decía
que "la práctica es el criterio de
la veracidad" y que "los hechos son
más obstinados que los hombres" -dos
máximas que sospecho no inventó
Lenin, sino que las cogió de algún
refranero- llegué a la conclusión
"materialista-dialéctica" apropiada
al hundimiento del campo socialista y la URSS
y de la revelación de sus mentiras y horrores:
Quedó marxistamente demostrado que el marxismo
no servía. Y su aplicación emborraba
de sangre y miseria.
Limpié mi librero.
Escrito este comentario porque hoy un amigo,
lector compulsivo, me avisó: "En tal
esquina botaron junto a la basura un montón
de libros".
"Pues vamos allá. ¿Están
fuera del latón o adentro".
"Afuera".
"Entonces, vamos, porque a mí me
gustan los libros, pero no tanto como para bucear
en el tacho".
Cuando llegamos, aquella "feria del libro"
había atraído ya a varias personas.
Una mulata con aspecto de maestra o dirigente
del Comité de Defensa se llevaba unos cuantos.
No la conozco, pero le dije festivamente: "¿Qué?
¿Una piñata literaria?".
Me contestó algo indignada: "Es un
desperdicio, quien lo hizo debió donarlo
a la biblioteca". Pensé que por qué
donar a la biblioteca lo que alguien juzga sin
valor.
Me acuclillé a revisar. Una pareja de
señores revisaba también. Todos
serios como en una tienda.
Aquello era el grito de "me estafaron",
protesta del lector anónimo que esperó
a 2006 para botar su biblioteca. O del heredero
que se deshizo de tal lastre.
Era un viaje en el tiempo: Folletos de congresos
anunciados en su momento como hitos gloriosos
y que hoy están olvidados porque no sirvieron
para nada, libros de marxismo, de discursos, con
dedicatorias de final de curso o de felicitación
por el premio en la emulación socialista.
Dentro de un libro, una banderita de papel, ya
amarillenta, guardada como recuerdo de alguna
concentración "histórica y
trascendental".
Recordé las ceremonias obreras en que
regalaban libros que el homenajeado no conseguía
leer por pesados, pero que eran revolucionarios,
baratos y bien encuadernados.
Recordé los años 60 y 70, en que
tanta gente creía que leyendo aquellos
libros indigestos y trabajando horas extras iba
a prosperar el país, y el lector podía
llegar a jefe -"cuadro de la evolución"-
y pronunciar discursos.
"¡Mira esto! Kim Il Sung". Era
uno de aquellos cuadernos coreanos que nadie leía
y regalaba la embajada a las escuelas. En eso
de inundar a Cuba de lectura "ilegible",
la China de Mao Tse Tung fue la campeona.
Recuerdo una frase que Castro empleaba mucho
en los discursos, y que ya desechó -como
la gente desechó los libros políticos.
Castro repetía que el capitalismo, la burguesía,
fulano de tal, sus contrarios
"irían
a parar al basurero de la Historia, mientras la
revolución ascendería a las cimas
del futuro luminoso
"
Ahora fui yo quien, exactamente de un basurero
de esquina del barrio de Santos Suárez,
salvé un clásico de Historia de
Cuba que no merecía estar allí,
y los libros más antigubernamentales que
censuran en las bibliotecas cubanas: cuadernos
con discursos viejos
de Fidel Castro.
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