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HISTORIA
Médico de campo
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - Ocurrió
en 1949. Tenía 10 años y era la
primera vez que visitaba a los tíos de
mi madre, Paulino y Juancito, procedentes de Islas
Canarias y radicados en el caserío del
Central Santa Lugarda, en la provincia Las Villas.
Eran de cabellos muy claros y ojos azules, en
contraste con su piel, curtida por el sol de los
cañaverales
Jamás podré olvidar aquellos días
que pasé junto a mi familia materna. Lo
primero que me impresionó fue sentir de
una manera tan intensa el sabor del azúcar.
Todo era dulce allí: las personas, los
muebles de las casas, las paredes de madera, los
caminos, los trillos. Hasta el agua de beber y
la lluvia eran dulces. Bien las recuerdo.
El pueblo apenas se extendía a lo largo
de cien metros. La calle en el centro y a cada
lado las casas, todas pertenecientes a los trabajadores
del central. No había manera de perderse
por recovecos o bocacalles. El central, sobre
todo de noche, parecía un fantasma sobre
el lomerío, y en época de molienda,
cuando se trituraba la caña para convertirla
en azúcar, era lo más querido, el
sustento de todas las familias, la ventana por
donde se contemplaba la vida.
Nada faltaba. Los pocos vecinos de Santa Lugarda
tenían sus tiendas de víveres, de
ropa, de zapatos. Hasta un médico tenían
por si alguien se caía de un caballo o
un obrero del central sufría un accidente.
Mi madre llamaba a Santa Lugarda "paraíso
de azúcar y miel", y casi hasta los
últimos años de su vida, cuando
hablaba de Santa Lugarda, sus ojos recobraban
su brillo, mezcla de nostalgia y alegría.
Una noche desperté sobresaltada al escuchar
unos gritos a través de un tabique de madera,
muy cerca de donde yo dormía. Se trataba
de una de mis primas que iba a parir.
Escuché cuando alguien subía a
un caballo y una voz: "Pronto llegará
el médico". Nadie dormía. Yo,
mucho menos. Estaba tan asustada que no me acordaba
ni de rezar.
Al poco rato llegó otro caballo. Sentí
los pasos apresurados de varias personas dentro
de la casa. Mi prima seguía quejándose
y yo me moría del miedo. Mi tío
Paulino se secaba el sudor. Sonreía. De
pronto, el llanto de un niño llenó
la casa. Minutos después el médico
salía a la puerta para anunciar que se
trataba de un varón.
Fue entonces que lo conocí. Se sentó
a mi lado y regalándome un caramelo se
puso a conversar conmigo. Tal vez vio el miedo
reflejado en mis ojos. Era un hombre joven, delgado,
vestido de blanco, cuyo rostro se quedó
para siempre en mi memoria.
A los pocos días subimos al tren, de regreso
a la capital. Atrás no sólo quedaban
las extensas plantaciones de caña perdidas
en el horizonte. También la imagen del
primer médico de campo que vi, tan parecido
a un ángel salvador, diciéndonos
adiós desde el andén.
En Santa Lugarda todo ha cambiado. Al caserío
le dicen Lugardita. El central dejó de
moler. Algunos familiares han abandonado el país.
De aquel "paraíso de azúcar
y miel" no queda nada. Ni siquiera el nombre.
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