PRENSA INDEPENDIENTE
Marzo 19, 2006
 

CORRUPCION
Remedios para una pandemia

Luis Miguel González, Jagua Press

CIENFUEGOS, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - El régimen cubano se exaspera intentando poner fin a esa pandemia que es la corrupción. El mal corroe al sistema, y el gobierno sabe que para erradicarlo cuenta con poco tiempo.

Su líder histórico, el doctor Castro, está próximo a los 80 años de edad. Su salud se resquebraja, y la dirigencia del país intuye que una vez salga éste del juego político, difícilmente habrá quien pueda timonear la nave de la revolución, que hace agua.

Por ello prueban aceleradamente diferentes remedios, que van desde la sustitución de ministros hasta el empleo de trabajadores sociales en funciones de auditores o simples delatores. Esta última fórmula parecer ser la más reciente herramienta de quienes pretenden dividir la sociedad en vigilantes y vigilados.

El empleo de jóvenes del proyecto de trabajadores sociales en las gasolineras de toda Cuba ha sido un acontecimiento ampliamente publicitado. Este experimento ha derivado en una nueva forma de control gubernamental menos comentada y que consiste en la utilización de un par de militantes del Partido Comunista para supervisar los centros laborales y que -so pretexto de poner orden al relajo- plantan allí.

Sus poderes son tan amplios que se les puede ver supervisando los diferentes frentes empresariales. Lo mismo inspeccionan un departamento económico que uno comercial. En el caso de que algún trabajador, sin importar cuál sea su rango o funciones, sea sorprendido in fraganti cometiendo lo que la pareja considere una irregularidad, puede ser expulsado de su puesto.

Para hacer más llevadera la presencia de los intrusos se promueven asambleas en las que se sugiere a los empleados que viertan sus criterios y opiniones. Este mecanismo ha resultado, según opinión generalizada de los trabajadores, en una trampa, pues una vez que éstos se franquean y confiesan sus pecadillos, la información queda grabada en el disco duro de sus austeros jueces, que ya con conocimiento de causa, esperan el momento oportuno para pasarles la cuenta.

Sin embargo, no todo favorece a los represores, pues en el transcurso de las discusiones los trabajadores comienzan a reclamar que las medidas que se implementan contra ellos le sean aplicadas a quienes gobiernan, quienes, en su opinión, son los más corruptos.

No hay dudas de que las regulaciones que busca hacer cumplir el dueto comunista son impopulares. Hay que recordar que en nuestra nación el mercado negro o subterráneo es el medio a través del cual el ciudadano logra satisfacer la mayoría de sus necesidades primarias, ya que la escasez que impone la ineficiencia estatal mantiene a todos en un desabastecimiento crónico.

Este hecho, sumado a los salarios de miseria que devengan los trabajadores, es terreno fértil para que pulule el latrocinio, conocido eufemísticamente como desvío de recursos. Tan generalizado está el hurto que unánimemente es visto como algo éticamente aceptable.

Aún cuando considero sincero el esfuerzo gubernamental por erradicar el mal, pues en ello le va la vida, pienso que desde ahora está destinado al fracaso. Tan intrincada y tupida es la red de intereses que durante 47 años de malversación se ha formado, que intentar suprimirla tendría un efecto devastador en el régimen.

Por lo pronto los obreros siguen siendo el eslabón más débil de la cadena de vicios que la nueva cruzada ideológico-cultural en pos de la pureza revolucionaria se dispone a romper.

Los funcionarios del régimen han dicho que no se trata de reprimir, sino de educar. Sin embargo, y a pesar de la verborrea oficial, el cubano de a pie sólo percibe que las salidas por donde escapar a la asfixia económica se le cierran. Se da cuenta de que los dirigentes cada vez son más ricos y que cuando caen es para elevarse más. Después de todo, como siempre, la culpa recae sobre el infeliz que roba para vivir y no lucrar.


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