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CORRUPCION
Remedios para una pandemia
Luis Miguel González, Jagua Press
CIENFUEGOS, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) -
El régimen cubano se exaspera intentando
poner fin a esa pandemia que es la corrupción.
El mal corroe al sistema, y el gobierno sabe que
para erradicarlo cuenta con poco tiempo.
Su líder histórico, el doctor Castro,
está próximo a los 80 años
de edad. Su salud se resquebraja, y la dirigencia
del país intuye que una vez salga éste
del juego político, difícilmente
habrá quien pueda timonear la nave de la
revolución, que hace agua.
Por ello prueban aceleradamente diferentes remedios,
que van desde la sustitución de ministros
hasta el empleo de trabajadores sociales en funciones
de auditores o simples delatores. Esta última
fórmula parecer ser la más reciente
herramienta de quienes pretenden dividir la sociedad
en vigilantes y vigilados.
El empleo de jóvenes del proyecto de trabajadores
sociales en las gasolineras de toda Cuba ha sido
un acontecimiento ampliamente publicitado. Este
experimento ha derivado en una nueva forma de
control gubernamental menos comentada y que consiste
en la utilización de un par de militantes
del Partido Comunista para supervisar los centros
laborales y que -so pretexto de poner orden al
relajo- plantan allí.
Sus poderes son tan amplios que se les puede
ver supervisando los diferentes frentes empresariales.
Lo mismo inspeccionan un departamento económico
que uno comercial. En el caso de que algún
trabajador, sin importar cuál sea su rango
o funciones, sea sorprendido in fraganti cometiendo
lo que la pareja considere una irregularidad,
puede ser expulsado de su puesto.
Para hacer más llevadera la presencia
de los intrusos se promueven asambleas en las
que se sugiere a los empleados que viertan sus
criterios y opiniones. Este mecanismo ha resultado,
según opinión generalizada de los
trabajadores, en una trampa, pues una vez que
éstos se franquean y confiesan sus pecadillos,
la información queda grabada en el disco
duro de sus austeros jueces, que ya con conocimiento
de causa, esperan el momento oportuno para pasarles
la cuenta.
Sin embargo, no todo favorece a los represores,
pues en el transcurso de las discusiones los trabajadores
comienzan a reclamar que las medidas que se implementan
contra ellos le sean aplicadas a quienes gobiernan,
quienes, en su opinión, son los más
corruptos.
No hay dudas de que las regulaciones que busca
hacer cumplir el dueto comunista son impopulares.
Hay que recordar que en nuestra nación
el mercado negro o subterráneo es el medio
a través del cual el ciudadano logra satisfacer
la mayoría de sus necesidades primarias,
ya que la escasez que impone la ineficiencia estatal
mantiene a todos en un desabastecimiento crónico.
Este hecho, sumado a los salarios de miseria
que devengan los trabajadores, es terreno fértil
para que pulule el latrocinio, conocido eufemísticamente
como desvío de recursos. Tan generalizado
está el hurto que unánimemente es
visto como algo éticamente aceptable.
Aún cuando considero sincero el esfuerzo
gubernamental por erradicar el mal, pues en ello
le va la vida, pienso que desde ahora está
destinado al fracaso. Tan intrincada y tupida
es la red de intereses que durante 47 años
de malversación se ha formado, que intentar
suprimirla tendría un efecto devastador
en el régimen.
Por lo pronto los obreros siguen siendo el eslabón
más débil de la cadena de vicios
que la nueva cruzada ideológico-cultural
en pos de la pureza revolucionaria se dispone
a romper.
Los funcionarios del régimen han dicho
que no se trata de reprimir, sino de educar. Sin
embargo, y a pesar de la verborrea oficial, el
cubano de a pie sólo percibe que las salidas
por donde escapar a la asfixia económica
se le cierran. Se da cuenta de que los dirigentes
cada vez son más ricos y que cuando caen
es para elevarse más. Después de
todo, como siempre, la culpa recae sobre el infeliz
que roba para vivir y no lucrar.
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