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SOCIEDAD
Tito "el belicoso"
José Antonio Fornaris, Cuba Verdad
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - Se
lo regalaron al niño de la casa, le pusieron
Tito. Cuando llegó era amarillo y pequeñito.
Su lugar de estadía fue una caja plástica
a la que se le colocaba encima una vieja parrilla
de refrigerador. A los cuatro meses era un gallo
blanco con la cresta y la "barba" muy
rojas.
Pero tener un gallo en un apartamento, en el
octavo piso de un edificio, dentro de una caja
donde no puede ni levantar la cabeza, no es una
situación halagüeña para nadie;
así que todos los que tenían que
ver algo con Tito estuvieron de acuerdo en que
se lo llevaran para la vivienda de la colega Amarylis
Cortina, que por estar situada en una zona suburbana,
tiene un patio de tierra.
En los primeros momentos de la llegada a su nuevo
hábitat, Tito ni siquiera se ponía
de pie. El tiempo que pasó metido en la
caja plástica había acondicionado
su forma de comportarse. Pero a los pocos minutos
se irguió, aleteó, y de pronto dio
tres grandes saltos. Evidentemente, la libertad
le gusta hasta los gallos. Lamentablemente, Tito
comenzó a picotear las plantas ornamentales
del patio. Pensamos que eso se le pasaría
en poco tiempo. Pero no ocurrió así.
Para complicar más las cosas, a todos
los que estábamos cerca nos agredía.
Mis zapatos (con lo caro que cuestan los zapatos
en Cuba) tienen algunas muestras de su belicosidad.
Esa cresta tan roja debió darme algún
indicio.
Hubo que construirle un corral a toda prisa.
Su espacio quedó limitado buena parte del
día. Pero como la idea nunca fue sacarlo
de una pequeña prisión para ponerlo
en otra más grande, por las tardes se le
daba total libertad de movimiento.
Pero la actitud belicosa de Tito no mermaba.
Algunas pequeñas plumas de la cotorra salieron
volando (y eso que ella también tiene el
cuello rojo, y se las trae) cuando Tito la agredió
en un momento en que coincidieron en el patio.
En otro momento atacó al gato. El felino
dio un salto hacia atrás, arqueó
el lomo, enseñó los colmillos y
sacó las garras. Tuve que acudir en auxilio
del agresor y meterlo de inmediato en el corral,
y allí todavía demostraba su agresividad
a quien se le acercara.
No quedaba más remedio que deshacerse
de Tito. Se habló con un vecino que se
dedica a cuidar gallos de lidia. Dijo que si se
encontraba a un santero que necesitara un gallo
blanco, pagaría lo que lo que fuera, pero
que en otros casos lo más que se podría
pedir serían 70 u 80 pesos.
Como la posibilidad del santero era sumamente
remota, y la otra no era tentadora en lo más
mínimo, se buscó otra opción.
El gallo se regaló a un amigo que también
tiene patio y las plantas no están entre
sus prioridades.
Ayer fui a visitar a Tito. El amigo se había
puesto de acuerdo con un vecino y compraron tres
gallinas. Me contó que en los primeros
momentos Tito agredió también a
las gallinas. ¡Qué pedante este Tito!
Eso ha mejorado un poco, y ya se lleva mejor con
su pequeño harén. Pero en términos
generales su belicosidad no ha mermado mucho.
El amigo me dijo que si Tito no mejoraba en un
tiempo prudencial su actitud, iba a parar a la
cazuela. De ocurrir eso voy a lamentar ese final
para Tito. Pero, ciertamente, todos los campos
no son propicios para la belicosidad.
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