PRENSA INDEPENDIENTE
Marzo 16, 2006
 

HISTORIA
Crónicas de un verdugo (IV)

El Chino

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - "El hombre no hablaba. Camejo le había dado con todo, y el tipo permanecía en silencio. No sé si serían ideas que yo me hacía, pero el hombre sonreía. Del cuerpo escuálido por los días de hambre, del rostro demacrado, casi irreconocible a consecuencia de los golpes, emanaba una energía, una fuerza indefinida que causaba molestia.

"Se lo llevaron casi a gatas por el pasillo a oscuras, el rostro tapado por una capucha negra, desnudo. Camejo desesperaba, llevaban una semana de interrogatorio y el detenido no decía palabra. Lo llevaron a la sala especial, al sótano.

"Era el único capturado con vida del grupo de Polito, vinculado al MRR en Las Villas. Un delator nos había señalado el escondite del grupo clandestino de propaganda. La sorpresa nos permitió acabar con ellos sin encontrar apenas resistencia. Eran seis hombres y una mujer. La mujer murió en la acción, los demás fueron ametrallados por orden del comandante Camejo en el pasillo que conducía a la calle. El único sobreviviente del grupo fue capturado minutos después, al intentar, desconocedor de lo acontecido, penetrar en la vivienda del reparto Capiro, en Santa Clara.

"Entre Camejo y dos de los soldados que nos acompañaban desarmaron al contrarrevolucionario, lo condujeron a uno de los cuartos de la vivienda y lo amarraron a una silla con su propio cinto. Ahí comenzaron a golpearlo, sin mediar preguntas, por puro odio. Golpeaban ferozmente, sin método, por cualquier parte. Uno de los soldados arrancó el cable de una lámpara de noche y comenzó a dar corriente en las tetillas, en los labios y los oídos del hombre.

"Un teniente de la Seguridad del Estado intentó llevarse consigo al prisionero, cosa que Camejo no permitió, argumentado que pertenecía, el detenido, al Puesto de Mando de Operaciones Especiales. Al final, el teniente se marchó y el hombre fue conducido a una casa en las afueras de la ciudad, una bella mansión convertida en centro de detención e interrogatorios para detenidos especiales.

"Era una sucursal del infierno. Los presos eran sometidos a todo tipo de humillaciones y maltratos. Permanecían encapuchados y desnudos desde su llegada. Les daban poco agua para beber, no les permitían asearse, la comida escasa les era suministrada a horas diferentes del día. Permanecían encerrados en habitaciones con aire acondicionado en algunas ocasiones o en unos calurosos sótanos en otras, o alternaban ambos lugares. Les azuzaban perros pastores mientras eran conducidos a las salas de tortura. Durante los tres primeros días caían en manos de Camejo y su grupo. Era el período de ablandamiento, donde eran sometidos a golpizas, choques eléctricos, eran humillados. Camejo acostumbraba a obligar a los presos a beber su orina, les embarraba heces fecales, los escupía, los ponía a ladrar como perros, etc. Al tercer día, si el preso no confesaba, los cogía El Chino.

"En el caso que nos ocupa, Camejo se había tomado la cosa como algo personal. Aquel hombre sonreía a sus verdugos, y de sus labios apenas escapaba una queja. No sabíamos su nombre, nada de él, guardaba empecinado silencio. Era una masa amorfa, cubierto de moretones, inmundicias y sangre coagulada. Camejo le había quitado la capucha el segundo día porque el hombre no emitía sonido. Llevaba una semana interrogándolo, al menos quería saber su nombre, pero el tipo le miraba con lo que le quedaba de ojos, y sonreía. Las preguntas caían con furia, machaconas. Nombre, dirección, nombres y direcciones, danos un nombre y te salvas de este calvario. Pero nada, silencio, ni una palabra, ni para ofender.

"A la semana, el comandante Camejo, jefe del Puesto de Mando de Operaciones Especiales, verdugo voluntario y por placer, desistió y cedió su lugar al especialista, al Chino.

"Era un hombre viejo, un chino viejo. Vestía siempre de civil y no conversaba con nadie. Hacía su trabajo y luego se marchaba sin decir palabra. Su rostro no reflejaba emoción alguna. Era fama que quien caía en sus manos hablaba a los pocos minutos.

"Ese día llegó, se acercó al preso, lo contempló unos minutos y luego solicitó que todos se marcharan de la habitación. Luego, repentinamente, pidió un ayudante. Camejo me ordenó quedarme.

"Miró fijo a los ojos del preso, abrió su maleta de cuero negro y extrajo un envoltorio de tela gris que desenvolvió sobre una mesita de metal niquelado. Pude ver agujas de distintos tamaños, pinzas, bisturís, unos pequeños martillos y otros artilugios desconocidos. Se los mostró al hombre.

"Tomó una de las agujas y se la introdujo al tipo en una zona del cuello. Despacio, muy lentamente, la aguja fue hincándose en el cuello. El Chino la hacía girar. Unas gotas de sudor aparecieron en el rostro del prisionero, nada más, ni un gesto de dolor, nada. El Chino se sentó en una banqueta alta a observarlo. El hombre le sonrió.

"El Chino tomó una jeringuilla e inyectó algo al hombre en las venas. Luego le dio un pequeño tajo con el bisturí en una de las rodillas. A los pocos minutos otro bien cerca del primero, en la articulación, después bajo el brazo. Preguntó: nombre, dirección. 'Di tu nombre o vas a sufrir'. Movía de vez en cuando la aguja. El hombre no emitía sonido alguno.

"Introdujo otra aguja, ahora en el hombro, y le dio un corte en la axila, en la otra axila, en la articulación del codo. 'Nadie aguanta la tercera aguja', dijo, y removió las dos que sobresalían del cuerpo martirizado. El prisionero le miró fijo a los ojos y le sonrió. ¿Cómo era posible? 'Habla de una vez', le dije, 'habla', y el tipo me miró con desprecio. Sí, había un profundo desdén en su mirada.

"Llegó la tercera aguja, y luego la cuarta. Una en la espalda, otra entre los ojos y más cortes de la cuchilla. La sangre y el sudor corrían juntos por el cuerpo del hombre, que ya no sonreía, pero tampoco decía palabra. Unos pequeños estremecimientos le recorrían el cuerpo. 'Habla, por favor', le pedí. 'Habla, coño, termina con esto'. El bisturí cortaba con una calculada frecuencia, y el cuerpo del tipo se estremecía.

"A las seis horas de interrogatorio, El Chino recogió sus instrumentos y se marchó. Camejo entró y dio la orden: 'Este no va a hablar, mátenlo'. Lo llevaron al patio trasero de la casa y le dieron un tiro en la nuca.

"Era una hermosa casa en las afueras de Santa Clara, cerca de donde está el motel Los Caneyes. Estilo moderno, con grandes ventanales de cristal verde al frente. Tiene dos plantas, sótano y una piscina pequeña en forma de frijol. En el patio trasero hay una fosa común. En ella yacen cientos de hombres y mujeres, casos especiales. No hay testigos, de esa casa nunca se salía vivo".

Crónicas de un verdugo (I)

Crónicas de un verdugo (II)

Crónicas de un verdugo (III)

Crónicas de un verdugo (IV)

Crónicas de un verdugo (V)

Crónicas de un verdugo (VI)

Crónicas de un verdugo (VII)

Crónicas de un verdugo (VIII)

Crónicas de un verdugo (IX)

Crónicas de un verdugo (X y final)


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