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HISTORIA
Crónicas de un verdugo (III)
Muerte en la carretera
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - "Habíamos
obtenido una gran victoria sobre los 'bandidos
del Escambray'. La banda de Agapito, dispersa
por la emboscada que le tendimos cerca de Bocambuilan,
fue aniquilada sin resistencia. Yo mismo le di
muerte a Agapito Capote junto a una ceiba. Le
disparé casi a boca de jarro con el M1.
Recuerdo sus ojos fieros llenos de odio. Miraba
como si quisiera arrebatarme la vida con la mera
fuerza de la mirada. Los prisioneros fueron fusilados
en el lugar.
"Festejábamos la victoria. Ibamos
en el jeep tres oficiales del Ejército
y un miliciano. Compramos ron en una tienda al
borde del camino, varias botellas de un alcohol
bravo que pronto nos puso alegres. Comenzamos
a disparar a todo lo que pudiera servirnos de
blanco en la carretera. El teniente Sosa alardeaba
de su puntería con la 45, un arma difícil
que el hombre manejaba a la perfección.
Arboles, animales, señalizaciones de tránsito,
postes, eran objeto de nuestra competencia de
tiro al blanco.
"Cada vez estábamos más achispados.
El chofer del jeep, un miliciano habanero, trató
de detener la cada vez más atrevida competencia,
pero el teniente Sosa y yo impusimos nuestra autoridad,
y el hombre prefirió hacer silencio y atender
a la conducción del vehículo.
"Los guajiros corrían a ocultarse
al paso del jeep. La carretera de Trinidad era
poco transitada a esa hora de la mañana,
algún que otro bohío la bordeaba
de vez en cuando. El teniente Sosa y el capitán
Bermúdez propusieron jugar a la ruleta
rusa. Ya íbamos por la segunda ronda cuando,
próximos a un caserío, les vimos
avanzar por el borde de la carretera. Eran dos
muchachos, dos guajiritos. Más de cerca
vimos que se trataba de un niño pequeño
y una niña de unos 8 a 10 años.
Llevaban una lata colgada por un alambre a un
palo que ambos sujetaban por los extremos. Era
una forma común de cargar el agua en el
campo.
"El teniente Sosa apuntó a la lata,
y apostó cinco pesos a que hacía
blanco con el jeep en movimiento. Disparó
y falló. Los niños quedaron paralizados
un instante por el estruendo del disparo. La niña
miró hacia el jeep que se aproximaba a
toda velocidad. Aún sostenían la
lata, pude ver su cara de asombro cuando el arma,
esta vez en manos del capitán, hizo fuego.
La vi saltar en el aire alcanzada por el terrible
impacto de la 45.
"El jeep no se detuvo. Vimos una mancha
tendida en el suelo, el chispazo de flores rojas
de un vestido, unos pies descalzos, la silueta
del niño recortarse en el horizonte, y
un grito que se perdió en el aire matutino.
"No paramos hasta la ciudad. Nadie decía
nada. La pistola seguía en la mano de Bermúdez.
Recuerdo el rostro pálido del miliciano
y el silencio. Entramos al puesto de mando del
Ejército. Como oficial de mayor graduación,
reporté el incidente como un ataque de
los bandidos. Habíamos acudido al escuchar
los disparos y salido en persecución infructuosa
de los atacantes, en vano. Conocedores del terreno,
los bandidos habían logrado ocultarse.
"Una fuerza bajo el mando del teniente Sosa
salió a inspeccionar el lugar sin obtener
mayores resultados. Todo parecía salir
bien, pero pronto la versión del niño
alarmó a la población, y un grupo
de airados vecinos se acercó al puesto,
exigiendo explicaciones. Logramos acallar las
sospechas por unas horas, pero el niño
era un testigo peligroso, y ordenamos detenerlo
para que sirviera de testigo de la nueva fechoría
de las bandas.
"A la tarde miles de trinitarios rodearon
el puesto exigiendo aclaración de los hechos
y justicia. Les largué un discurso sobre
la probidad revolucionaria y las calumnias de
los enemigos de la Revolución, pero según
pasaban las horas se complicaba más la
situación. Pedimos refuerzos, y una compañía
de soldados vino a custodiar el puesto.
"El velorio de la niña fue un acontecimiento
memorable. La ciudad estuvo al borde de la rebelión,
hubo que efectuar algunas detenciones, reforzar
las guardias, concentrar varias unidades en el
centro y dispersar a los grupos que exigían
se investigara el caso".
El hombre hizo silencio. Aguardé unos
minutos. "¿Y nunca se supo la verdad?",
le pregunté.
"Sí, mucha gente sospechó,
y algunos dieron crédito al testimonio
del niño, pero todo quedó ahí.
Eran tiempos difíciles, yo fui trasladado
primero a la Cabaña, en La Habana, y al
poco tiempo a Camagüey, a las UMAP".
"Entonces, ¿los asesinos quedaron
impunes?"
"Tú eres el primero en conocer la
verdad".
Hizo silencio de nuevo, encendió el mocho
de tabaco, y con un gesto dio por terminada la
historia. Ya no hablaría más por
hoy.
Crónicas
de un verdugo (I)
Crónicas
de un verdugo (II)
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de un verdugo (III)
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