PRENSA INTERNACIONAL
Marzo 13, 2006
 

Las cuatro etapas de Cuba

Agustin Tamargo. El Nuevo Herald, 12 de marzo de 2006.

Cuba no es sólo una isla (la más hermosa del mundo, como dijo Colón). Cuba no es una república imperfecta pero libre (hoy es un foso de inmundicias). Cuba no es, como era ayer, un territorio donde millones de hombres y mujeres (blancos y negros, pobres y ricos, cultos o iletrados) sabían que Dios los había arrojado a un suelo prodigioso para que se amaran y se entendieran. No para que uno pusiera en la puerta del otro el perro del odio.

Pero esa Cuba está allí, está aquí, y va agonizando en el corazón de todo cubano, preso allá y libre aquí, pues los cubanos no ignoran que los huracanes son devastadores, pero al final se los traga el mismo viento que los forma. ¿Cuba es la bahía de La Habana, el Pico Turquino, el río Cauto y todas las restantes hermosuras? No, no. Cuba es más que eso. Cuba es un proyecto histórico de grandezas y plenitudes que ha de ser realizado al fin. En este o en otro tiempo. Por los cubanos de allá y de acá. Que no lo dude nadie.

Sería bueno recordar, en estos días de desesperanza, de dónde y de quién salió un día aquel sueño que se llamó independencia, y otro día la democracia, las que hoy han desaparecido. Tres etapas históricas de aproximadamente medio siglo cada una son perfectamente identificables en la Cuba actual. La colonial del siglo XIX, la republicana de la primera mitad del XX y esta última de la tiranía totalitaria. La primera fue luminosa: la de Martí y Maceo, la de Saco y Máximo Gómez, la de Heredia y Agramonte, la de Luz y Caballero y el padre Varela, la de las guerras del 68 y el 95, la del Manifiesto de Montecristi, la de la reunión de Guáimaro. La segunda etapa, la republicana, tuvo desvíos, tuvo sombras. El imperio americano estaba allí. El caciquismo estaba allí. La democracia mixtificada con los fraudes electorales y las sociedades de negros separadas estaban allí. Las dictaduras de Machado y de Batista estaban allí. Pero la universidad gloriosa también estaba allí, los regímenes de Grau y Prío estaban allí, los grandes centros de educación estaban allí, la prensa libre estaba allí, y la república estaba allí. Con su parlamento democrático, con su poderoso proletariado organizado y libre, con su pluralidad de partidos y su Constitución del 40, superior a todas las de América Latina.

¿Y cómo está la Cuba de hoy? ¿Cómo han vivido estos cubanos los tiempos increíbles que el destino les ha deparado? Lo sabemos muy bien. Esos cubanos no viven, sobreviven. Entran y salen de la cárcel todos los días, les llevan los hijos y las hijas al campo en una mezcla burda y amoral, trabajan sin paga, se ahogan en el mar huyendo, y en el lugar en que antes estaba un amigo está hoy un policía. Una sombra tétrica se echó sobre la isla dorada hace casi medio siglo y lo ha aplastado todo. La educación es adoctrinamiento; la prensa, una enjundia de columnas y falsedades; los ingenios azucareros están reducidos y paralizados, los campos son eriales, la universidad es un seminario de cotorras. Hasta la música, el baile y las artes plásticas se han hundido en un raquitismo y una mediocridad que las han sacado de los escenarios del mundo.

No hay que ser cubano, no hay que ser una persona culta, no hay que ser anticomunista de cartel o anticastrista de mayor o menor veteranía, basta con mirar a la Cuba de hoy para saber en qué foso está aquella antigua maravilla. ¿Hay algún país en nuestra región, salvo el desgarrado Haití, donde la vida humana valga menos y la decencia y el honor sean trapos del piso, como lo son hoy en Cuba? ¿Hay en nuestra zona latinoamericana un déspota, o un ambicioso, o un ladrón vulgar, que haya hecho los destrozos que ha hecho Fidel Castro en la isla? Pero esa sombra siniestra va dando ya sus últimas pisadas. Se va. Se tiene que ir. La enfermedad, la vejez, la decrepitud se han unido para dar su postrer adiós a su trágico experimento.

Con toda la catástrofe que deja el fidelismo, la isla no se ha hundido en el mar. La Cuba democrática y republicana no ha muerto, no puede morir, aunque viva hoy en un letargo lamentable. De allí la sacarán los mismos cubanos que hicieron las dos guerras de independencia y la república de 1902. Los mismos que están durmiendo en los cementerios o en las cárceles después de haber dado el último paso y el postrer grito a favor de la libertad.

Resumo yo la historia de Cuba hoy: suma de todas las perversidades. ¿Llevará ella en su corazón las heridas, los recelos, las desconfianzas y el desdén por la legalidad democrática que esta tiranía le deja?, me pregunto. Yo creo que no. La Cuba del futuro no está muerta, está oculta y callada, pero está viva. Y yo estoy seguro de que el próximo medio siglo en el que ella va a entrar bien pronto la verá dar vigencia a los traicionados ideales de Martí y el padre Varela. A la imperfecta república de los múltiples partidos. A las calientes polémicas que nos parecían ayer una inútil verborrea y hoy sabemos que era el derecho de uno a no ser igual que el otro. Para hacer del hoyo siniestro en que la deja Castro una radiante cima de amor fraterno y de pasión creadora.

En esa reunión yo quiero estar presente, yo tengo que estar presente. Y que Dios se tape los oídos para no oír las blasfemias que lanzaré si deja que entierren aquí en un cementerio de Miami y no allá en Cuba.

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