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CRIMEN
Corta Caras al acecho
Shelyn Rojas
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - En
la capital se desató el terror. Cómo
sucedió en Centro América y en la
Florida con el Chupacabras, en La Habana ha surgido
el ubicuo e incapturable Corta Caras.
Hasta el momento la radio, los canales televisivos,
la Mesa Redonda y el Gramma no han dado noticia
al respecto. El suceso se destapó luego
de ser anunciado por las pantallas lumínicas
puestas recientemente en la Sección de
Intereses de Norte América (SINA). Quizás
éste sea uno de los motivos por el cual
el gobierno se irrita tanto por dichos carteles.
Le molesta la información.
Ante la coyuntura, el hecho se dio a conocer
por los Comités de Defensa de la Revolución
(CDR) y a través de la red informática
conocida como intranet. Los usuarios de la misma
y parte de la población han recibido un
retrato hablado del agresor.
Es un mulato aindiado de bigote poblado y mirada
de pasquín, de una edad comprendida entre
los 35 y 40 años. Se trata del biotipo
corriente en alguien proveniente de las regiones
orientales. Al menos ése es el rumor echado
a rodar.
Según las informaciones, los límites
de acción del "Corta Caras" son
los municipios Arroyo Naranjo y Boyeros. Dicen
que ataca aprovechando las altas horas de la noche.
El sujeto ha agredido a más de cuatro
personas. Su arma es un machete modificado, medio
curvo, con doble filo y forma que remeda vagamente
una hoz. Con él ataca el rostro de sus
víctimas, que son regularmente muchachas
agraciadas.
Sin embargo, Cuba informa al mundo la tranquilidad
y seguridad que reina en ella. Invita a transitar
por sus calles a paisanos y viajeros sin peligro.
Cuando la verdad se revela, las calles ya no
garantizan seguridad. A la caída del sol,
existe el peligro de ser víctima de asaltos,
robos y atentados contra tu vida. Todo sin garantías.
Los jóvenes son los más propensos
a ser víctimas del Corta Caras. Se les
puede ver por las noches rastreando fiestas y
discotecas. Una forma sana de diversión.
O no. Son cosas de la edad.
La policía, ajena a esta situación,
centra su labor en otros menesteres. Presta toda
su atención al decomiso de los ancianos
retirados, que de una forma honrada tratan de
subsistir.
Los viejos venden caramelos y maní. Aportan
una forma entretenida de esperar durante horas
interminables el paso del ómnibus. Sin
pasar por alto que estos caramelos y maníes
calzan el hambre imperante en la ciudad.
Los policías, después de confiscarle
lo que venden, los multan con cuotas hasta de
1,500 pesos en moneda nacional. Ignoran o no ponen
asunto a la violencia. Eso no es con ellos.
El alza en la tasa de robos y violencias en la
ciudad es cada vez más significativa. El
Corta Caras está al acecho.
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