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SOCIEDAD
Cóctel habanero: El policía
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - No
sabe usar el teléfono. Desliza una y otra
vez las monedas por la ranura del aparato con
el equipo colgado. Las monedas caen una y otra
vez. El hombre se desespera y maldice a La Habana,
al jefe, a sus amigos que lo convencieron de enrolarse
en la aventura de venir a esta ciudad que no comprende,
que siente hostil, que se burla de su acento oriental,
de sus maneras de campesino, de su ignorancia.
¿De dónde rayos lo habrán
sacado? ¿De qué rincón olvidado
de la geografía trajeron a este señor
vestido de policía?, me pregunto mientras
le observo con cuidado. Está al borde de
romper el teléfono de un puñetazo.
Unos adolescentes también observan. Son
tres: un mulatico con cara de pícaro y
dos rubios, uno pecoso y el otro de ese rubio
tostado tan común en la isla. Adivino en
sus rostros la burla a punto de brotar. Les hago
una leve señal de advertencia, pero no
prestan atención.
Uno de los jóvenes, imitando perfectamente
la entonación característica del
oriente del país, se acerca y le dice:
"Oiga nagüe, ¿necesita ayuda?"
El hombre se siente aliviado creyendo encontrarse
ante un coterráneo. "Gracias, nagüe,
e' que está roto el aparato".
"No está roto, compay
eh, eh
qué pasa, no está roto, lo que pasa
es que usted está echando mal las monedas",
le dice el mulatico.
El policía mira con duda al muchacho,
y finalmente le dice: "Bueno, mire a ver
cómo e' el traste éste".
Los muchachos se miran. Es una mirada rápida
que presagia tormenta. "Mire, compay, tiene
que coger la moneda entre el dedo índice
y pulgar, luego apuntar bien y tirarla con fuerza
de arriba abajo". No puedo creer que el hombre
se trague semejante patraña, pero lo observo
intentar meter la moneda al revés por el
orificio de devolución. Le veo seguir al
pie de la letra las instrucciones del mulatico,
mientras los otros apenas pueden contener la risa.
"El problema, compay, e' que eso teléfonos
que fabrican en Cocosolo vienen defectuosos".
Los otros no pueden más y estallan en carcajadas.
El policía se da cuenta de que ha sido
burlado y, furioso, toma la tonfa para golpear
a los burlones, que le juegan cabeza y le gritan:
"¡Palestino! ¡Palestino",
mientras se lanzan a toda carrera en busca de
uno de los tantos laberintos de Centro Habana,
que son un verdadero dolor de cabeza para esos
policías traídos de las provincias
orientales para meter en cintura a los inquietos
habaneros, que no quieren ser policías.
Ser policía, para un habanero es la peor
de las deshonras.
Le veo correr, alto, flaco, aindiado -un blanco
oriental, diría mi abuela- y perderse en
uno de los callejones ante la mirada burlona de
los vecinos. Me divierte la situación,
no puedo negarlo. Ellos se han ganado el odio
de mucha gente en la ciudad, que trata de hacerles
la vida lo más difícil posible.
Pero no dejo de pensar en la situación
en que se ven estos desdichados, atraídos
por la quimera de una ciudad que no es ya ni la
sombra de lo que fue, pero donde las cosas, con
todo lo malas que están, siempre son mejores
que en el oriente. Los problemas de la capital
se multiplican varias veces en el interior del
país. Ellos vienen huyendo de la miseria,
quieren escapar de la vida sin futuro, del tedio
terrible de habitar uno de esos pueblos olvidados,
una de esas ciudades cercadas por la necesidad
y la pobreza. Además, el salario no es
mucho, pero es superior al de cualquier médico,
mucho más que el de un ingeniero, muchísimo
más que el de un maestro.
En la capital encuentran rechazo, ese rechazo
que se expresa fundamentalmente mediante la burla,
esa arma tradicional y efectiva de los habaneros.
Les espera el choteo, la broma, pero también
les espera algunas veces cosas peores.
No comprenden la ciudad, no logran adivinar lo
que pasa a su alrededor, no conocen sus secretos,
sus virtudes, sus defectos. Esa gente buena de
la que tan mal se habla en el interior de la isla,
con cierto dejo de envidia: "habaneros".
Pero todos quieren ser de "la'bana".
Les han hablado hasta el cansancio de los defectos
de esos seres cuyo pecado original fue no hacer
la revolución, porque según la propaganda
oficial la revolución la hicieron los valientes
orientales, y llegan imbuidos de ese espíritu,
y se enteran aquí de que a los habaneros
les importa un comino disputarles ese "honor",
y les sorprende encontrarse que esos tipos ni
son como les dijeron, ni les importa.
El hombre sale del callejón con las manos
vacías. Le escucho hablar por la radio
pidiendo refuerzos, mientras golpea con furia
una pared con la tonfa.
Desesperado, siente la animadversión que
provoca su presencia. Varios vecinos le rodean
con cara de desconfianza. El sigue agitado pidiendo
refuerzos, casi suplicante. Cada vez más
vecinos se acercan al policía, que ensaya
su mirada más amenazante. Sabe que está
solo, que no puede esperar ayuda de esos habaneros
que le desprecian. Siente el odio en el ambiente,
está solo a la entrada de la ciudadela.
Por la radio le preguntan la dirección,
pero no la sabe. Agita la tonfa, hace poses de
tipo duro y se abre paso entre los curiosos y
vecinos. Se aleja aparentando una seguridad que
no siente. Cuando llega a la avenida respira aliviado.
Regresará más tarde, amenaza por
lo bajo, y ya verán estos habaneros, vendrá
con dos o tres más, y ya veremos quién
ríe último. Ya veremos.
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