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SOCIEDAD
La contraseña
Miguel Iturria Savón
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - En
Cuba, la contraseña no es patrimonio exclusivo
de los agentes de la Seguridad del Estado que
aún se infiltran en las organizaciones
del exilio y en las filas de la disidencia interna.
Tampoco es exclusiva de Internet ni de los programas
digitales que exigen un código de acceso.
Saber la contraseña es imprescindible para
romper el maleficio de los funcionarios que obstruyen
los trámites y gestiones de los ciudadanos.
Un académico de alto nivel me contaba
al respecto que en dos ocasiones obtuvo el permiso
del ministro de Cultura y del secretario ejecutivo
del Consejo de Ministros para comprar en divisas
un automóvil en CUBALSE. El problema no
radicó en obtener el absurdo permiso, sino
en el peloteo y el desgaste al que fue sometido
por los vendedores de esa firma, los cuales, sin
reparar en sus numerosos ensayos ni en su tenaz
labor docente e investigativa, le negaron durante
meses la venta del vehículo con el pretexto
de no tener ninguno en ese momento.
"Desistí, me cansé y gasté
el dinero. No supe la contraseña",
me dijo el amigo, que ahora viaja en "camello",
a pesar de sus aportes a la cultura nacional y
a sus múltiples premios y reconocimientos
internacionales. "La contraseña la
supe después por un colega que sacó
200 dólares del bolsillo antes de que empezaran
a pelotearlo".
Así de simple son las cosas en muchas
empresas e instituciones cubanas. El dinero rompe
el maleficio de los creativos funcionarios que
obligan a las personas a un pago adicional. Es
el salario extra. La búsqueda de cada día
para compensar el esfuerzo mal remunerado por
el aparato estatal.
Si no sabes la contraseña, o la conoces
y te haces el sueco, no resolverás el problema
que te condujo a la notaría, la dirección
de vivienda, el registro civil u otra oficina
local, provincial o nacional. Los empleados te
tienen en sus manos. Si eres complaciente y sabes
negociar te ayudan. Si no puedes o no quieres,
serán evasivos y encontrarán los
pretextos más absurdos para pelotearte
hasta que desistas o le entregues lo suyo.
El anecdotario sobrepasa el esbozo periodístico.
Cualquier vecino o amigo te cuenta que lleva dos
años tratando de adjudicarse la casita
que le dejó la abuela antes de morir. El
notario es desesperante. No realiza su trabajo
si no obtiene alguna recompensa. Primero te ordena
rehacer la tasación. El próximo
mes detecta un error en el certificado de defunción.
Luego advierte una coma mal empleada en el testamento.
Se percata después que no coincide un apellido
y orienta un proceso de subsanación.
Esa forma de cohecho impropio se agrava por el
burocratismo excesivo que controla los aspectos
más elementales de la vida de las personas.
Parecemos personajes de Kafka. Deambulamos por
las oficinas tras burócratas insensibles
que aprietan sin compasión. Se pierden
los expedientes de las viviendas, pero resurgen
con la magia de unos dólares. La moneda
del enemigo imperialista es la contraseña
que sacude los hechizos. La modorra y el encantamiento
pueden ser desplazados por la clave del dinero
y de las relaciones.
Esta forma de corrupción ya es patológica.
Un código de complicidad ranura la ética.
La miseria y la extorsión se dan la mano.
Las frustraciones florecen en cada trámite.
Las denuncias ocasionales quedan entre los muros
de la administración.
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