PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 27, 2006

SOCIEDAD
Cóctel habanero: El barbero del barrio

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Conocido en otras regiones como peluquero, fígaro, rapabarbas, etc., el barbero siempre ha sido una persona importante en Cuba. Las barberías, más que el lugar a donde van los hombres a cortarse el cabello o afeitarse, son lugar de reunión, sitio de cotilleo, forum donde se discuten los más variados temas.

Una barbería en Cuba es un centro sociocultural, uno de los más, si no el más importante del barrio. El barbero es toda una personalidad, conoce a todo el mundo, y lo más importante, conoce casi todo de todo el mundo.

La gente va a la barbería a pelarse, pero también va a confesarse, a contar sus cuitas, a narrar sus experiencias amorosas, laborales, estudiantiles, deportivas. En la barbería se habla de todo, de pelota, de política, de historia. Se cuentan los últimos chismes del barrio.

Manolo, el barbero de mi barrio, lleva más de 40 años trabajando en esa barbería. Cortó el cabello a mi padre, a mis tíos, a mis hermanos, a mi primo, a mis amigos. Me pela desde que lo necesité por primera vez. Nos ha visto crecer, conoce toda la historia de mi familia y la de mis amigos. Es una especie de enciclopedia viviente, lo mismo habla de música que de deporte que del cuidado de las plantas que de la historia de las dinastías europeas que de religión o geografía.

La barbería siempre fue un lugar agradable. Recuerdo de niño su aire acondicionado ronroneante, aquellos aparatos mágicos de donde el barbero sacaba unos paños humeantes que colocaba sobre la cara de los clientes, los espejos, el sonido de la navaja barbera sobre la cinta de cuero donde la afilaba, la máquina eléctrica, el olor a lociones y colonias, a crema de afeitar, las nubes de taco perfumado.

La mayoría de los hombres que se daban cita en la barbería no lo hacían porque necesitaran un pelado. La mayoría iba a leer un periódico, una revista, a conversar, a pasar el rato, incluso a tomar un buchito del excelente café que siempre llevaba Manolo en el termo, preparado por su mujer.

En temporada beisbolera se encendían las más apasionadas discusiones. Pero el tema más álgido siempre era la política internacional. Se hablaba de mujeres, del clima, de libros, de todo.

Las cosas cambiaron poco con los años, aunque la barbería ya no es ni la sombra de lo que fue. El aire condicionado dejó de funcionar hace años, los espejos muestran unas grandes manchas oscuras, las paredes piden a gritos una mano de pintura, los sillones, remendados y vueltos remendar, apenas funcional, las máquinas aquellas de donde salían los paños humeantes desaparecieron, ya no hay navajas de afeitar ni colonias y lociones.

Lo que sí no perdió el lugar fue su carácter de institución sociocultural. Los hombres siguen reuniéndose en la barbería. Es un foro, posiblemente el más democrático del barrio. Ahí se dan cita el comunista y el disidente, el obrero y el intelectual, el homosexual y el machista, el Don Juan y el marido engañado, y se habla con alguna libertad de temas considerados tabú en otras circunstancias y lugares.

Pero a esa institución le queda poco de vida. Según cuenta Manolo, como parte de la lucha contra la corrupción las barberías van a cerrar, y los fígaros van a ser concentrados en un llamado Combinado de Servicios, donde no podrán tener contacto directo con sus clientes. De ahora en lo adelante, una cajera situada a la entrada del Combinado cobrará a los clientes y les colocará en manos del barbero que esté disponible en ese momento.

Dicen que la medida se hace porque los barberos, en lugar de cobrar los 80 centavos que cuesta su servicio, han establecido una tarifa propia e ilegal que oscila entre cinco y 10 pesos. Eso es verdad, de algo tienen que vivir. Además, eso es una especie de acuerdo barbero-cliente.

¿Será ésa la causa del cierre? ¿Constituyen un elemento de corrupción los barberos? ¿Se están haciendo ricos? En esta vuelta de tuerca que estamos viviendo los cubanos, sin lugar a dudas la existencia de un lugar donde la gente se reúne y habla, constituye un peligro.

Nada, a cerrar el foro, a terminar con esa costumbre peligrosa de sentarse a conversar. Además, se tocan temas escabrosos, y eso no se puede permitir. ¿Todos estos hombres, y hasta mujeres, conversando con cierta libertad? Eso no puede ser.

Manolo anda de capa caída. Toda su vida ha transcurrido en ese lugar. Nunca se ha sentido tan mal. Ni siquiera, confiesa, cuando en la ofensiva revolucionaria de 1968 dejó de ser dueño de su barbería. Sus clientes son como parte de su familia. ¿Qué va a pasar ahora?, se pregunta acongojado.

Nada, a pelarse al Combinado (la sola palabra eriza los pelos). No con tu barbero de siempre, sino con el que te elijan. Se acabaron las buenas conversaciones, la reunión con los amigos. ¿Qué va a pasar? Nada, no va a pasar absolutamente nada.


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