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SOCIEDAD
Cóctel habanero: El barbero del barrio
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Conocido
en otras regiones como peluquero, fígaro,
rapabarbas, etc., el barbero siempre ha sido una
persona importante en Cuba. Las barberías,
más que el lugar a donde van los hombres
a cortarse el cabello o afeitarse, son lugar de
reunión, sitio de cotilleo, forum donde
se discuten los más variados temas.
Una barbería en Cuba es un centro sociocultural,
uno de los más, si no el más importante
del barrio. El barbero es toda una personalidad,
conoce a todo el mundo, y lo más importante,
conoce casi todo de todo el mundo.
La gente va a la barbería a pelarse, pero
también va a confesarse, a contar sus cuitas,
a narrar sus experiencias amorosas, laborales,
estudiantiles, deportivas. En la barbería
se habla de todo, de pelota, de política,
de historia. Se cuentan los últimos chismes
del barrio.
Manolo, el barbero de mi barrio, lleva más
de 40 años trabajando en esa barbería.
Cortó el cabello a mi padre, a mis tíos,
a mis hermanos, a mi primo, a mis amigos. Me pela
desde que lo necesité por primera vez.
Nos ha visto crecer, conoce toda la historia de
mi familia y la de mis amigos. Es una especie
de enciclopedia viviente, lo mismo habla de música
que de deporte que del cuidado de las plantas
que de la historia de las dinastías europeas
que de religión o geografía.
La barbería siempre fue un lugar agradable.
Recuerdo de niño su aire acondicionado
ronroneante, aquellos aparatos mágicos
de donde el barbero sacaba unos paños humeantes
que colocaba sobre la cara de los clientes, los
espejos, el sonido de la navaja barbera sobre
la cinta de cuero donde la afilaba, la máquina
eléctrica, el olor a lociones y colonias,
a crema de afeitar, las nubes de taco perfumado.
La mayoría de los hombres que se daban
cita en la barbería no lo hacían
porque necesitaran un pelado. La mayoría
iba a leer un periódico, una revista, a
conversar, a pasar el rato, incluso a tomar un
buchito del excelente café que siempre
llevaba Manolo en el termo, preparado por su mujer.
En temporada beisbolera se encendían las
más apasionadas discusiones. Pero el tema
más álgido siempre era la política
internacional. Se hablaba de mujeres, del clima,
de libros, de todo.
Las cosas cambiaron poco con los años,
aunque la barbería ya no es ni la sombra
de lo que fue. El aire condicionado dejó
de funcionar hace años, los espejos muestran
unas grandes manchas oscuras, las paredes piden
a gritos una mano de pintura, los sillones, remendados
y vueltos remendar, apenas funcional, las máquinas
aquellas de donde salían los paños
humeantes desaparecieron, ya no hay navajas de
afeitar ni colonias y lociones.
Lo que sí no perdió el lugar fue
su carácter de institución sociocultural.
Los hombres siguen reuniéndose en la barbería.
Es un foro, posiblemente el más democrático
del barrio. Ahí se dan cita el comunista
y el disidente, el obrero y el intelectual, el
homosexual y el machista, el Don Juan y el marido
engañado, y se habla con alguna libertad
de temas considerados tabú en otras circunstancias
y lugares.
Pero a esa institución le queda poco de
vida. Según cuenta Manolo, como parte de
la lucha contra la corrupción las barberías
van a cerrar, y los fígaros van a ser concentrados
en un llamado Combinado de Servicios, donde no
podrán tener contacto directo con sus clientes.
De ahora en lo adelante, una cajera situada a
la entrada del Combinado cobrará a los
clientes y les colocará en manos del barbero
que esté disponible en ese momento.
Dicen que la medida se hace porque los barberos,
en lugar de cobrar los 80 centavos que cuesta
su servicio, han establecido una tarifa propia
e ilegal que oscila entre cinco y 10 pesos. Eso
es verdad, de algo tienen que vivir. Además,
eso es una especie de acuerdo barbero-cliente.
¿Será ésa la causa del cierre?
¿Constituyen un elemento de corrupción
los barberos? ¿Se están haciendo
ricos? En esta vuelta de tuerca que estamos viviendo
los cubanos, sin lugar a dudas la existencia de
un lugar donde la gente se reúne y habla,
constituye un peligro.
Nada, a cerrar el foro, a terminar con esa costumbre
peligrosa de sentarse a conversar. Además,
se tocan temas escabrosos, y eso no se puede permitir.
¿Todos estos hombres, y hasta mujeres,
conversando con cierta libertad? Eso no puede
ser.
Manolo anda de capa caída. Toda su vida
ha transcurrido en ese lugar. Nunca se ha sentido
tan mal. Ni siquiera, confiesa, cuando en la ofensiva
revolucionaria de 1968 dejó de ser dueño
de su barbería. Sus clientes son como parte
de su familia. ¿Qué va a pasar ahora?,
se pregunta acongojado.
Nada, a pelarse al Combinado (la sola palabra
eriza los pelos). No con tu barbero de siempre,
sino con el que te elijan. Se acabaron las buenas
conversaciones, la reunión con los amigos.
¿Qué va a pasar? Nada, no va a pasar
absolutamente nada.
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