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POLITICA
Las etiquetas de los totalitaristas
Oscar Sánchez Madan
MATANZAS, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - La
propaganda castrista, durante los últimos
47 años de socialismo totalitario, se ha
caracterizado por emplear en sus distorsionadas
ofensivas ideológicas métodos indecorosos
basados en la infracción consciente de
las leyes de la lógica.
Uno de los subterfugios o sofismas que más
ha utilizado es el método de "pegar
etiquetas", cuyo propósito consiste
en descalificar al adversario a quien considera
un enemigo que debe ser eliminado política
y físicamente.
Los horribles efectos del empleo de éste
y otros métodos de propaganda, demuestran
fehacientemente la esencia criminal, deshumanizante
y tremendamente cruel del totalitarismo de izquierda.
Un sistema creado para manipular a las masas y
utilizarlas como esclavas, como bien nos advirtió
nuestro héroe nacional, José Martí,
a favor de los intereses de una pequeña,
aunque muy poderosa y rica oligarquía reaccionaria,
embriagada con los privilegios que suministra
el poder omnímodo.
En este sentido, la propaganda castrista ha cumplido
una importante misión: crear en diferentes
momentos las condiciones propicias para eliminar
a los opositores políticos y a los disidentes,
aislándolos, levantando una muralla de
terror y miedo entre éstos y sus vecinos,
compañeros de trabajo, amigos, e incluso
familiares, encarcelándolos para reducir
al mínimo su contacto con el resto de la
sociedad o privándolos del más elemental
de los derechos, el derecho a la vida. De eso,
ningún cubano tiene dudas.
Con este método de pegar etiquetas, que
tanto usaron los fascistas alemanes y los comunistas
soviéticos en el Siglo XX, los flamantes
comisarios ideológicos del castrismo se
propusieron desde 1959, año en que arribaron
al poder, desacreditar las nobles patrióticas
ideas de sus oponentes, aplastar sus descollantes
personalidades, despertar hacia ellos sentimientos
de rechazo, miedo y odios ciegos. Tal es así
que desde el mismo año comenzaron a llamar,
a sabiendas que mentían descaradamente,
"contrarrevolucionarios" , "gusanos",
"traidores", "vende patrias"
y agentes del imperialismo, a todo aquél
que se oponía al carácter totalitario,
militarista, policial y terrorista que iba asumiendo
la revolución y por consiguiente sus medios
de propaganda. Miles de compatriotas fueron groseramente
estigmatizados a partir de entonces. Las cárceles
no sólo se llenaron, también se
incrementaron aceleradamente.
Los horribles estruendos de los fusiles se dejaron
escuchar con bastante frecuencia en los paredones
de la muerte, mientras tanto los artífices
y muy eficientes comisarios de la propaganda del
terror, ya dueños plenos de los medios
de comunicación del país, cumplían
su detestable misión: la justificación
del crimen. ¿Quién osaba acercarse
a un supuesto traidor? ¿Quién se
atrevía a defender a un presunto gusano
contrarrevolucionario? Por supuesto que casi nadie.
Muchos oficiales del propio Ejército Rebelde
y las organizaciones revolucionarias fueron víctimas
de la batalla ideológica y de la guerra
que contra la sociedad civil emprendió
la nueva dictadura. El caso más emblemático,
entre muchos otros, fue el del comandante Huber
Matos, uno de los reconocidos jefes militares
que había prestado importantes servicios
durante la insurrección popular contra
la dictadura de Fulgencio Batista, y que había
sido nombrado inmediatamente después del
triunfo Gobernador Militar de la región
de Camagüey, el principal territorio ganadero
de la isla.
A dicho oficial el gobierno le colocó
la etiqueta de traidor y lo condenó a 20
años de cárcel por sólo manifestar
en una misiva a la cúpula oligárquica
su desacuerdo con el rumbo comunista que tomaba
la revolución.
El régimen sustituyó de la noche
a la mañana el concepto de preso político
por el de preso contrarrevolucionario. A quien
se atrevía a hacer la menor crítica
al comunismo, o a sus líderes, rápidamente
era tildado de anti-cubano, o anexionista.
A los compatriotas que desembarcaron en Bahía
de Cochinos, o Playa Girón, y se presentaron
al despotismo estalinista en abril de 1961, les
colocaron el cartelito de mercenarios. Asimismo,
quienes por esa fecha, y durante varios años,
se alzaron en las montañas, sobre todo
en la zona del Escambray, les endilgaron la etiqueta
de bandidos.
El pueblo no olvidó jamás cómo
en 1980 a los más de 100 mil ciudadanos
que abandonaron la isla durante el éxodo
de Mariel les colgaron el cartelito de escoria
para justificar los actos salvajes que contra
ellos se cometieron, como golpizas, lanzamiento
de piedras y otros objetos, e incluso, linchamientos.
Con el surgimiento de la disidencia pacífica
a los inicios del ochenta y con su posterior desarrollo
y fortalecimiento y ante el serio peligro que
ésta representa para la nomenclatura absolutista,
el régimen retomó un viejo concepto
de su propaganda leninista: el concepto de mercenario.
Así llama ahora a quienes apoyados de las
más autenticas tradiciones de luchas de
nuestro pueblo, promueven dentro y fuera de la
isla, de manera pacífica, la defensa de
los derechos humanos y la reinstauración
de la democracia representativa y participativa.
Pero como los tiempos han cambiado bastante,
esta vez la propaganda no surte los efectos deseados.
Al viejo andamiaje ideológico comunista
lo devora el óxido, derivado de una retórica
aburrida y gastada y el total desapego a la verdad.
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