PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 26, 2006

POLITICA
Las etiquetas de los totalitaristas

Oscar Sánchez Madan

MATANZAS, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - La propaganda castrista, durante los últimos 47 años de socialismo totalitario, se ha caracterizado por emplear en sus distorsionadas ofensivas ideológicas métodos indecorosos basados en la infracción consciente de las leyes de la lógica.

Uno de los subterfugios o sofismas que más ha utilizado es el método de "pegar etiquetas", cuyo propósito consiste en descalificar al adversario a quien considera un enemigo que debe ser eliminado política y físicamente.

Los horribles efectos del empleo de éste y otros métodos de propaganda, demuestran fehacientemente la esencia criminal, deshumanizante y tremendamente cruel del totalitarismo de izquierda. Un sistema creado para manipular a las masas y utilizarlas como esclavas, como bien nos advirtió nuestro héroe nacional, José Martí, a favor de los intereses de una pequeña, aunque muy poderosa y rica oligarquía reaccionaria, embriagada con los privilegios que suministra el poder omnímodo.

En este sentido, la propaganda castrista ha cumplido una importante misión: crear en diferentes momentos las condiciones propicias para eliminar a los opositores políticos y a los disidentes, aislándolos, levantando una muralla de terror y miedo entre éstos y sus vecinos, compañeros de trabajo, amigos, e incluso familiares, encarcelándolos para reducir al mínimo su contacto con el resto de la sociedad o privándolos del más elemental de los derechos, el derecho a la vida. De eso, ningún cubano tiene dudas.


Con este método de pegar etiquetas, que tanto usaron los fascistas alemanes y los comunistas soviéticos en el Siglo XX, los flamantes comisarios ideológicos del castrismo se propusieron desde 1959, año en que arribaron al poder, desacreditar las nobles patrióticas ideas de sus oponentes, aplastar sus descollantes personalidades, despertar hacia ellos sentimientos de rechazo, miedo y odios ciegos. Tal es así que desde el mismo año comenzaron a llamar, a sabiendas que mentían descaradamente, "contrarrevolucionarios" , "gusanos", "traidores", "vende patrias" y agentes del imperialismo, a todo aquél que se oponía al carácter totalitario, militarista, policial y terrorista que iba asumiendo la revolución y por consiguiente sus medios de propaganda. Miles de compatriotas fueron groseramente estigmatizados a partir de entonces. Las cárceles no sólo se llenaron, también se incrementaron aceleradamente.

Los horribles estruendos de los fusiles se dejaron escuchar con bastante frecuencia en los paredones de la muerte, mientras tanto los artífices y muy eficientes comisarios de la propaganda del terror, ya dueños plenos de los medios de comunicación del país, cumplían su detestable misión: la justificación del crimen. ¿Quién osaba acercarse a un supuesto traidor? ¿Quién se atrevía a defender a un presunto gusano contrarrevolucionario? Por supuesto que casi nadie.

Muchos oficiales del propio Ejército Rebelde y las organizaciones revolucionarias fueron víctimas de la batalla ideológica y de la guerra que contra la sociedad civil emprendió la nueva dictadura. El caso más emblemático, entre muchos otros, fue el del comandante Huber Matos, uno de los reconocidos jefes militares que había prestado importantes servicios durante la insurrección popular contra la dictadura de Fulgencio Batista, y que había sido nombrado inmediatamente después del triunfo Gobernador Militar de la región de Camagüey, el principal territorio ganadero de la isla.

A dicho oficial el gobierno le colocó la etiqueta de traidor y lo condenó a 20 años de cárcel por sólo manifestar en una misiva a la cúpula oligárquica su desacuerdo con el rumbo comunista que tomaba la revolución.

El régimen sustituyó de la noche a la mañana el concepto de preso político por el de preso contrarrevolucionario. A quien se atrevía a hacer la menor crítica al comunismo, o a sus líderes, rápidamente era tildado de anti-cubano, o anexionista.

A los compatriotas que desembarcaron en Bahía de Cochinos, o Playa Girón, y se presentaron al despotismo estalinista en abril de 1961, les colocaron el cartelito de mercenarios. Asimismo, quienes por esa fecha, y durante varios años, se alzaron en las montañas, sobre todo en la zona del Escambray, les endilgaron la etiqueta de bandidos.

El pueblo no olvidó jamás cómo en 1980 a los más de 100 mil ciudadanos que abandonaron la isla durante el éxodo de Mariel les colgaron el cartelito de escoria para justificar los actos salvajes que contra ellos se cometieron, como golpizas, lanzamiento de piedras y otros objetos, e incluso, linchamientos.

Con el surgimiento de la disidencia pacífica a los inicios del ochenta y con su posterior desarrollo y fortalecimiento y ante el serio peligro que ésta representa para la nomenclatura absolutista, el régimen retomó un viejo concepto de su propaganda leninista: el concepto de mercenario. Así llama ahora a quienes apoyados de las más autenticas tradiciones de luchas de nuestro pueblo, promueven dentro y fuera de la isla, de manera pacífica, la defensa de los derechos humanos y la reinstauración de la democracia representativa y participativa.

Pero como los tiempos han cambiado bastante, esta vez la propaganda no surte los efectos deseados. Al viejo andamiaje ideológico comunista lo devora el óxido, derivado de una retórica aburrida y gastada y el total desapego a la verdad.


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