PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 19, 2006
 

SOCIEDAD
Los amigos de enero

Aimée Cabrera

LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Las Navidades de la década del 60 del siglo XX en Cuba no se caracterizaron precisamente por su carácter religioso, sino por la pachanga de nueces, turrones y los buenos vinos que venían de España. Se esmeraba la población por celebrar alegremente las Navidades.

Los niños participaban en el momento cumbre de colocar y adornar el arbolito y el Nacimiento, y redactar la carta a los Reyes Magos. Como los tiempos estaban cambiando y los padres tenían que ir a comprar los juguetes a la tienda que les asignaran, todo estaba en dependencia de qué turno y qué día podían ir a comprar los juguetes para, de forma indirecta, insinuarle al pequeño de la casa cuál era el juguete más bonito.

Si se hacía la carta con muchos días de antelación y ya no había posibilidad de comprar el juguete deseado, la misiva se enmendaba. Entonces algún adulto sugería otro juguete. Un amigo me cuenta que pidió alguna vez una bicicleta, y como no había modo de conseguirla, la madre le dijo que pidiera algo menos pesado para el camello del rey mago. Fue la época en que padres e hijos se aferraban a las tradiciones.

Por entonces se fabricaban todavía los bebés y las muñecas Lily, de gran demanda, aunque se importaban de España la bebé Dunia y la Marina, junto a las muñecas chinas que estuvieron en la colección de miles de niñas cubanas de esa época.

¿Qué niño podía dormir relajado y tranquilo la madrugada del 6 de enero? El miedo se apoderaba del muchacho si imaginaba que los Reyes no dejarían los juguetes al verlos despiertos.

Algunos padres benévolos permitían que los niños llegaran a la sala dando tumbos en la oscuridad mientras buscaban los juguetes a tientas. Otros más estrictos aceptaban el alboroto sólo al amanecer. El momento de alzar el juguete, oprimirlo en el pecho y saltar de alegría era indescriptible, no importaba si era el que se había pedido. Después de todo, se trataba de un juguete más para enseñar en la casa y en la escuela, como un trofeo.

Los niños de hoy tienen un año para que sus padres les compren los juguetes que puedan. Ellos no tienen ya ni pizca de inocencia para creer que tres reyes gordos se convertirán en hormiguitas y pasarán por debajo de la puerta con camellos y muchos juguetes. Los niños de antes tampoco lo creían del todo, pero tuvieron la dicha de fantasear y soñar, hasta que cayó el telón.


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