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SOCIEDAD
Los amigos de enero
Aimée Cabrera
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Las
Navidades de la década del 60 del siglo
XX en Cuba no se caracterizaron precisamente por
su carácter religioso, sino por la pachanga
de nueces, turrones y los buenos vinos que venían
de España. Se esmeraba la población
por celebrar alegremente las Navidades.
Los niños participaban en el momento cumbre
de colocar y adornar el arbolito y el Nacimiento,
y redactar la carta a los Reyes Magos. Como los
tiempos estaban cambiando y los padres tenían
que ir a comprar los juguetes a la tienda que
les asignaran, todo estaba en dependencia de qué
turno y qué día podían ir
a comprar los juguetes para, de forma indirecta,
insinuarle al pequeño de la casa cuál
era el juguete más bonito.
Si se hacía la carta con muchos días
de antelación y ya no había posibilidad
de comprar el juguete deseado, la misiva se enmendaba.
Entonces algún adulto sugería otro
juguete. Un amigo me cuenta que pidió alguna
vez una bicicleta, y como no había modo
de conseguirla, la madre le dijo que pidiera algo
menos pesado para el camello del rey mago. Fue
la época en que padres e hijos se aferraban
a las tradiciones.
Por entonces se fabricaban todavía los
bebés y las muñecas Lily, de gran
demanda, aunque se importaban de España
la bebé Dunia y la Marina, junto a las
muñecas chinas que estuvieron en la colección
de miles de niñas cubanas de esa época.
¿Qué niño podía dormir
relajado y tranquilo la madrugada del 6 de enero?
El miedo se apoderaba del muchacho si imaginaba
que los Reyes no dejarían los juguetes
al verlos despiertos.
Algunos padres benévolos permitían
que los niños llegaran a la sala dando
tumbos en la oscuridad mientras buscaban los juguetes
a tientas. Otros más estrictos aceptaban
el alboroto sólo al amanecer. El momento
de alzar el juguete, oprimirlo en el pecho y saltar
de alegría era indescriptible, no importaba
si era el que se había pedido. Después
de todo, se trataba de un juguete más para
enseñar en la casa y en la escuela, como
un trofeo.
Los niños de hoy tienen un año
para que sus padres les compren los juguetes que
puedan. Ellos no tienen ya ni pizca de inocencia
para creer que tres reyes gordos se convertirán
en hormiguitas y pasarán por debajo de
la puerta con camellos y muchos juguetes. Los
niños de antes tampoco lo creían
del todo, pero tuvieron la dicha de fantasear
y soñar, hasta que cayó el telón.
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