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SOCIEDAD
Nuestra piñata socialista
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - El
colega José Aurelio Paz, del periódico
Juventud Rebelde, ha llamado piñata a nuestra
realidad social. No se quedó ni corto ni
perezoso. Nuestra realidad social o socialista
es una verdadera piñata, pero hueca. Lo
que se agarra no proviene precisamente de la piñata,
sino de otro sitio.
El colega me ha robado la idea. Ya la había
expuesto a unos amigos hace algún tiempo.
La realidad cubana me recordaba aquellas piñatas
de cumpleaños de familias muy pobres, donde
eran muy pocos los que agarraban caramelos.
En su crónica del pasado 27 de mayo, el
colega recuerda una piñata en forma de
pez grande de cartón, con muchos colores,
de donde él salía, casi siempre,
con las manos vacías y todo golpeado Exactamente
así ocurre en nuestro país con nuestra
gran piñata vacía, en medio de una
jauría infernal, o una verdadera olla de
grillos a la criolla.
Explica Paz en su escrito cómo buceaba
entre codazos y cabezazos para alcanzar a duras
penas una cajita de regalo, que cuando la abrió,
ante los ojos de su mamá, estaba vacía.
Lo engañaron. Dijo que jamás volvería
a participar de una piñata.
A partir de aquella fiesta infantil el periodista
está en contra de esos diabólicos
objetos, porque los considera "una atracción
tribal que exacerba la superposición de
la fuerza sobre la inteligencia". ¡Bravo
por él! Estamos plenamente de acuerdo.
Puedo asegurarle que como mismo yo las miraba
de lejos, cuando niña, miro de lejos también
la piñata socialista, sin participar de
la jauría. Ni compro cerveza a granel ni
hago colas para adquirir menudencias.
Paz describe precisamente lo que ocurre en la
dictadura cubana, pero sin mencionarla, y llama
síndrome de piñata social a la enfermedad
que sufre nuestro país desde hace casi
medio siglo a causa del racionamiento, pero sin
explicar el origen de la enfermedad y mucho menos
el largo tiempo que lleva contaminando a tantos
ciudadanos.
No, señor colega, usted se equivoca cuando
afirma que se trata de una inclinación
natural del pueblo por el salvajismo, el empujaempuja,
las palabras obscenas a todo pulmón y otras
yerbas que es mejor ni decir.
En Cuba eso no ocurría antes de 1959.
Eran otros los problemas -no hay sociedad perfecta-,
pero esta conducta bárbara que usted critica,
no existía. El pueblo se comportaba decentemente,
por lo que no había necesidad de tantas
cárceles como ocurre hoy, llenas no sólo
de pueblo, sino también de disidentes pacíficos
y de personas que escriben lo que piensan, porque
son hombres honrados. Son, téngalo por
seguro, cubanos que reclaman con el tono adecuado
y en el lugar exacto sus derechos -lo que usted
recomienda en su crónica-, y que por tales
razones son calificados por la dictadura como
asalariados del imperialismo yanqui.
Me parece, con todos mis respetos, que usted
sueña o delira cuando termina su crónica,
acertada hasta ese momento, echándole con
el rayo a los revendedores y refiriéndose
a las tiendas recaudadoras de divisas -se supone,
porque no hay otras- y sus rebajas de precios,
cuando dice: "Toma por sorpresa al simple
trabajador que no tiene tiempo de hacer colas
en el horario laboral".
En primer lugar, los revendedores existen porque
forman parte de un engranaje diabólico
permitido por el gobierno. Se trata de un convenio
bien oculto entre jefes, empleados y revendedores.
En segundo lugar, los trabajadores no compran
en esas tiendas porque el dinero de su salario
no es aceptado en ellas; y en tercer lugar, los
más fuertes no son precisamente los revendedores,
sino los más débiles, porque son
quienes caen en chirona.
Deje el síndrome de la piñata para
nuestra realidad social engendrada por el socialismo
y no por al acaparamiento y la especulación,
síntomas propios de un sistema económico
improductivo, donde el Estado es el patrón
y los trabajadores simulan que trabajan.
Para finalizar, me pregunto si le pasó
por la mente al colega cómo terminan siempre
las historias de las piñatas: Entre muchos
la hacen reventar con una gran explosión
de alegría, hasta que por último
la pisotean y la convierten en añicos.
Sobre todo a la triste piñata de cajitas
vacías y sin caramelos.
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