PRENSA INDEPENDIENTE
Junio 14, 2006
 

HISTORIA
Las otras caras de La Habana

Richard Roselló

LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Vamos a perdernos en las calles y barrios de San Cristóbal de La Habana, nombre escogido por aquellos quijotescos antepasados que salieron de la península a poblar tierras de América.

Visitemos esos sitios recoletos y típicos donde se bebe a sorbos el alma popular. Verán a los habaneros que agradecen por naturalidad el encanto de una ciudad que se debe más al mar abierto, al sol libre, a la brisa oportuna.

Verán más. Verán esa risa comunicativa y contagiosa que tiene el habanero. Ese servidor, dispuesto siempre a mostrarle las muchas caras de la capital.

Pero la ciudad tiene sus rostros. Uno diurno que se mueve sobre avenidas y calles en un mar de gente yendo de tienda en tienda. Por las de Obispo, Monte y de San Rafael, Neptuno, Belascoaín… en busca de la novedad.

Hay otra que se amontona en paradas de ómnibus, una que viaja en bici taxi, los que toman el auto particular y dejan atrás al carretillero de viandas y frutas, el florero pregonando rosas y gladiolos. Allá el estudiante, el bachiller, los vendedores de periódicos, maní y tabaco barato. Y ves también al turista que sonríe luego de llevarse una exclusiva captada por su cámara.

Está también La Habana de sus entrañas: con sus barrios, con ropas en los balcones, niños que juegan en el solar; empleados, artistas que suben y bajan por entre las calles de piedra lavadas por la lluvia.

Una Habana está alrededor de los mercados agropecuarios del Egido, Cuatro Caminos… con sus productos compitiendo con los del Estado. Están además, los que giran en torno a la estación nacional de trenes que llegan en grupos, se reúnen en grupos.

Curiosidad turística son los fanáticoss del béisbol en el Parque Central. Los parados en las esquinas, los vendedores callejeros y ese crisol de razas que es el cubano en si.

Una Habana singular es la Habana Vieja. Aquella de valles urbanos, de piedra gastada, costumbre ingenuas. Calles estrechas donde se escucha aún el ruido de los pesados carretones que transportan azúcar… café, rumbo a ultramar. Notarán las guaguas tirados por caballos, quitrines, coches de alquiler y los desvencijados tranvías que pasan frente a las casonas de una o dos plantas, palacios de familias pudientes de la época donde dejaba verse ese patio interior, sabroso y fresco.

Nos adentraremos a esa Habana hacinada de edificios con paredes espesas. Su gracioso alero, el guardavecino, el balaustre torneado a mano. Arriba su artesonado de ricas maderas que sostienen una techumbre de un rojo ennegrecido por el tiempo. Aquellas casas que más que centenarias conservan sus columnas griegas, soportando el arco elegante pintado al fresco de disímiles arabescos.

Una ciudad de costumbres cosmopolitas, atractiva, comercial, industrial y cultural. Con un aire de pasadas intenciones de piratería con olor a bergantín, tasajo, especias de Indias y vinos destilándose en bodegones y tabernas "…donde un día", dijo la escritora cubana Lydia Cabrera, "bebieron un vaso más añejo, aquellos valentones, engolillados caballeros que pasearon por el mundo su garbo…"

Una ciudad amurallada que tuvo un intramuros, abrazada por pétreas fortalezas. Lugar donde quedan páginas de arquitectura cristiana como las de las iglesias de la Merced, Paula o la del Cristo. Rodeada de plazuelas y jardines.

La Habana que creció fuera de su pelvis ecuménica y su muralla extramuros, más allá de la ciudad donde se hallaban las señoriales residencias de descanso del Cerro, levantadas por dueños del tabaco, ingenios de azúcar, armadores de barcos de esclavos, detallistas del comercio…

Capital política de la colonia y la república. Mostrando el Malecón, preciosa avenida costera flanqueada por siete kilómetros de edificios desiguales.

El vetusto inmueble de la Catedral de La Habana, con su barroca fachada en una plaza de su nombre, es una emoción estética de la época rodeada por los palacios de los Lombillo, el Marqués de Arcos, de Aguas Claras y el Conde de Bayona, actuales recintos museables.

Más moderno es el Capitolio, un monumento a la gloria y perdurabilidad de la nación.

Qué decir de su música, que con tanta fuerza, tan universal, ha cuajado en todos los rincones del mundo. Tierra del chachacha y el son. Con sus tres amantes rivales: ron, tabaco y rumba.

Pero hay otra Habana nocturna. En ella figuran los cabarets, hoteles, cafés con agrupaciones musicales. Y están las parejas de amantes por el Prado y los noctámbulos que van de un lugar a otro.

Esta ciudad que no es París, New York, Nápoles, hay que descubrirla de esas exploraciones. Amarla con pasión. Porque no hay Habana como la del 59.


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