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HISTORIA
Las otras caras de La Habana
Richard Roselló
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Vamos
a perdernos en las calles y barrios de San Cristóbal
de La Habana, nombre escogido por aquellos quijotescos
antepasados que salieron de la península
a poblar tierras de América.
Visitemos esos sitios recoletos y típicos
donde se bebe a sorbos el alma popular. Verán
a los habaneros que agradecen por naturalidad
el encanto de una ciudad que se debe más
al mar abierto, al sol libre, a la brisa oportuna.
Verán más. Verán esa risa
comunicativa y contagiosa que tiene el habanero.
Ese servidor, dispuesto siempre a mostrarle las
muchas caras de la capital.
Pero la ciudad tiene sus rostros. Uno diurno
que se mueve sobre avenidas y calles en un mar
de gente yendo de tienda en tienda. Por las de
Obispo, Monte y de San Rafael, Neptuno, Belascoaín
en busca de la novedad.
Hay otra que se amontona en paradas de ómnibus,
una que viaja en bici taxi, los que toman el auto
particular y dejan atrás al carretillero
de viandas y frutas, el florero pregonando rosas
y gladiolos. Allá el estudiante, el bachiller,
los vendedores de periódicos, maní
y tabaco barato. Y ves también al turista
que sonríe luego de llevarse una exclusiva
captada por su cámara.
Está también La Habana de sus entrañas:
con sus barrios, con ropas en los balcones, niños
que juegan en el solar; empleados, artistas que
suben y bajan por entre las calles de piedra lavadas
por la lluvia.
Una Habana está alrededor de los mercados
agropecuarios del Egido, Cuatro Caminos
con sus productos compitiendo con los del Estado.
Están además, los que giran en torno
a la estación nacional de trenes que llegan
en grupos, se reúnen en grupos.
Curiosidad turística son los fanáticoss
del béisbol en el Parque Central. Los parados
en las esquinas, los vendedores callejeros y ese
crisol de razas que es el cubano en si.
Una Habana singular es la Habana Vieja. Aquella
de valles urbanos, de piedra gastada, costumbre
ingenuas. Calles estrechas donde se escucha aún
el ruido de los pesados carretones que transportan
azúcar
café, rumbo a ultramar.
Notarán las guaguas tirados por caballos,
quitrines, coches de alquiler y los desvencijados
tranvías que pasan frente a las casonas
de una o dos plantas, palacios de familias pudientes
de la época donde dejaba verse ese patio
interior, sabroso y fresco.
Nos adentraremos a esa Habana hacinada de edificios
con paredes espesas. Su gracioso alero, el guardavecino,
el balaustre torneado a mano. Arriba su artesonado
de ricas maderas que sostienen una techumbre de
un rojo ennegrecido por el tiempo. Aquellas casas
que más que centenarias conservan sus columnas
griegas, soportando el arco elegante pintado al
fresco de disímiles arabescos.
Una ciudad de costumbres cosmopolitas, atractiva,
comercial, industrial y cultural. Con un aire
de pasadas intenciones de piratería con
olor a bergantín, tasajo, especias de Indias
y vinos destilándose en bodegones y tabernas
"
donde un día", dijo la
escritora cubana Lydia Cabrera, "bebieron
un vaso más añejo, aquellos valentones,
engolillados caballeros que pasearon por el mundo
su garbo
"
Una ciudad amurallada que tuvo un intramuros,
abrazada por pétreas fortalezas. Lugar
donde quedan páginas de arquitectura cristiana
como las de las iglesias de la Merced, Paula o
la del Cristo. Rodeada de plazuelas y jardines.
La Habana que creció fuera de su pelvis
ecuménica y su muralla extramuros, más
allá de la ciudad donde se hallaban las
señoriales residencias de descanso del
Cerro, levantadas por dueños del tabaco,
ingenios de azúcar, armadores de barcos
de esclavos, detallistas del comercio
Capital política de la colonia y la república.
Mostrando el Malecón, preciosa avenida
costera flanqueada por siete kilómetros
de edificios desiguales.
El vetusto inmueble de la Catedral de La Habana,
con su barroca fachada en una plaza de su nombre,
es una emoción estética de la época
rodeada por los palacios de los Lombillo, el Marqués
de Arcos, de Aguas Claras y el Conde de Bayona,
actuales recintos museables.
Más moderno es el Capitolio, un monumento
a la gloria y perdurabilidad de la nación.
Qué decir de su música, que con
tanta fuerza, tan universal, ha cuajado en todos
los rincones del mundo. Tierra del chachacha y
el son. Con sus tres amantes rivales: ron, tabaco
y rumba.
Pero hay otra Habana nocturna. En ella figuran
los cabarets, hoteles, cafés con agrupaciones
musicales. Y están las parejas de amantes
por el Prado y los noctámbulos que van
de un lugar a otro.
Esta ciudad que no es París, New York,
Nápoles, hay que descubrirla de esas exploraciones.
Amarla con pasión. Porque no hay Habana
como la del 59.
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