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SOCIEDAD
El hombre de la caja negra
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubaner.org) - La
persona que tengo ante mí es un hombre
de sesenta años, alto, corpulento y -según
dice- fuerte como un roble. Es, además,
jubilado del Instituto de la Aeronáutica
Civil, especialista en electrónica, que
se las sabía todas cuando abría
la caja negra de un avión. Es por eso que
en el barrio lo conocen como "el hombre de
la caja negra".
Militó en el Partido Comunista de Cuba
toda su vida, y ya no quiere saber de política
ni cuando se sienta ante el televisor. Prefiere
batallar largas partidas de dominó con
sus amigos del barrio, jugar con los nietos y
ver las películas de acción que
alquila su hijo.
Me confiesa que desde hace tiempo no sube a los
camiones para ser un número más
en las concentraciones de apoyo al gobierno. Se
cansó; según él, antes de
tiempo, porque de acuerdo a su salud, le queda
mucho todavía por andar.
De todas formas, aunque actualmente viva de acuerdo
a sus sentimientos, no quiere que en esta crónica
diga su nombre. No desea buscarse problemas. Vive
sin líos desde que le propusieron jubilarse,
algo que lo tomó por sorpresa, puesto que
no tenían que prescindir de sus servicios.
Luego pensó que no le caía muy bien
a su jefe inmediato.
Un día se vio en la calle, sin trabajo,
sin nada que hacer, dando vueltas por la casa
ante la mirada preocupada de su esposa, y con
una jubilación que no le alcanzaba para
cubrir los gastos del mes.
Su vida estuvo llena de emociones y aventuras.
Realizó misiones muy importantes en el
exterior. Su trabajo era revisar la caja negra
de un avión cuando sufría un desperfecto.
Me explica que una caja negra es capaz de grabar
hasta 300 datos durante el vuelo de un avión,
además de las conversaciones que se establecen
en la cabina del piloto.
La caja negra representa otro de los grandes
logros de la aviación moderna. Se instalan
en la cola del avión y son de color fluorescente
para poderlas encontrar hasta a 900 metros bajo
el agua. En caso de desastre aéreo es el
instrumento capaz de dar una idea general del
fallo del avión.
- No era un trabajo fácil -me dice el
entrevistado. Tuve mucho que estudiar para especializarme.
Confiesa que hubiera querido seguir trabajando,
pero aceptó la jubilación porque
es un hombre de mucho amor propio que no piensa
tres veces lo que debe hacer. Conoce el mundo,
cualquier rincón del planeta, grandes e
importantes ciudades y aldeas muy hermosas. Hoy,
solamente viaja al reparto Alamar, municipio costero
de La Habana del Este donde reside gran parte
de su familia. Allí disfruta de buen oxígeno
y tranquilidad. Sólo eso, porque Alamar
no tiene parques, ni cines, ni lugares de entretenimiento,
ni buenos comercios, ni centros laborales de importancia;
lo que se dice una típica ciudad socialista
que debería llamarse Macondo, aunque en
ella no ocurran cosas mágicas.
Hoy, este especialista en electrónica
reparte mandados a los vecinos del barrio donde
vive: la papa, el pan, el paquetico de café,
esas menudencias que vende la libreta de racionamiento
a la población cubana.
Al que realiza esta labor en Cuba se le conoce
con el nombre de mensajero, pero mi amigo me aclara
que no, que eso es un error, que se trata sencillamente
de un lleva y trae, porque así se considera
él desde que lo jubilaron.
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