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RELIGION
Un hombre fuera de serie
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Junio (www.cubanet.org) - Andrés
Facundo del Cristo de los Dolores (Petit) fue
un habanero de pura cepa. Nació en Guanabacoa
en la primera mitad del siglo XIX. Aunque era
mestizo y humilde fue ayudado y aprendió
a leer y escribir. Fue tanto su interés
por el conocimiento que llegó a ser terciario
de la Orden de San Francisco.
En su primera juventud viajó a Haití.
No resulta difícil inferir que aprendió
de primera mano los secretos del vudú.
Luego de su regreso a Cuba, volvió a zarpar
hacia Europa. Se conectó con el conocimiento
místico ancestral y con los seguidores
de Alain Kardec. Armado con estos elementos se
dio a la tarea de unificar el conocimiento místico
en una ética unida de blancos y negros.
Fue precursor de una cubanidad amplia y sin exclusiones
por motivos de raza o fortuna.
Sobre la vida pública y los hechos más
sobresalientes de la vida extraordinaria de Andrés
Petit, dos mujeres han escrito con toda la seriedad
y la profundidad del mundo. Se trata de Lydia
Cabrera y Natalia Bolívar. La primera de
ellas murió en el exilio al que marchó
en los primeros años de la dictadura de
Fidel Castro. La segunda fue protegida por sus
orichas y consiguió realizar una meritoria
labor, aun bajo las condiciones totalitarias existentes
en la Isla.
Según refiere la historia seria que cuentan
Cabrera y Bolívar, Petit era indiobón
-jefe máximo- de Isué de Bakoko
en la sociedad secreta Abakuá. También
fue Padre (Tata) Nkisi en la regla Palo Mayombe.
Sintetizó las normas del Palo en la regla
Kimbiza y la mayombería (Congo-Angola)
con la santería y el espiritismo.
Creó la regla Santo Cristo del Buen Viaje,
que combina atributos de Palo-Mayombe con los
católico-cristianos y elementos del espiritismo
de Kardec y de la Alta Magia Iniciática
Europea. Esto fue alrededor de 1860.
Su mayor logro a escala sociológica fue
la fundación a principios del siglo XX
de la primera rama de la fraternidad Abakuá
para blancos. El juego se nombró Akanarán
Efo Muñón Ekobio Mukabará.
Petit defendió la ética fraternal
y el honor de esa proscrita y satanizada fraternidad.
Pero quizás la dimensión real de
este hombre esté dada en la que le ha conferido
la leyenda y la tradición oral. Es ésta
la esfera donde Petit brilla con luz propia. Mucho
más que en los datos específicos
que recoge la historia.
Petit es una leyenda viviente para el mundo de
los Abakuá, pero lo es también para
otras sociedades fraternales cubanas. Lo es para
la respetable masonería, entre otras. Caballeros
de La Luz, masones, odd fellows, rosacruces y
babalaos le rinden tributo. No es para menos.
Su leyenda dice que fue un hombre agraciado.
Que actuó de gurú para importantes
sacarócratas criollos y españoles.
Se le criticó porque poseyó esclavos
y se dice que hasta disfrutó derecho de
mampara con algún encumbrado capitán
general de la colonia. Pero, a pesar de esto,
su corazón de cubano jamás traicionó
su tierra.
Simpatizó y colaboró con los patriotas
en la guerra independentista. Pero no dejó
de disfrutar la vida con estilo, en grande y por
todo lo alto. Su vida tuvo de todo, escándalos
de alcoba, duelos a primera hora y algún
que otro trajín conspirativo.
La tradición oral afirma que aunque fue
hombre de muchos hijos habidos fuera del sacramento
matrimonial, no abandonó a ninguno. Era
otra forma de honrar la ética Abakuá.
No le fueron ajenos el aplauso o la ingratitud
de los hombres.
Este cubano fuera de serie exclamó al
momento de morir: "¡Qué malos
son los hombres!". Sus restos reposan en
el cementerio viejo de Guanabacoa, en La Habana.
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