|
SOCIEDAD
Colas socialistas
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba – Julio (www.cubanet.org) - La cola, esa hilera de personas que esperan su turno por alguna razón, es algo que desconocían los cubanos antes de 1959. Tal vez se hacía una colita alguna que otra vez ante la taquilla de una sala de teatro o en un cine que proyectara la película del momento. En realidad, los cubanos se convirtieron en coleros hace 47 años.
Nunca podré olvidar a un amigo repatriado que vivía en mi edificio de 27 entre N y O, en el Vedado, nombrado Juventino Díaz, que estuvo dos años preso por haber dicho en una cola que en Panamá, país donde se había exiliado por los años cincuenta, no se hacía cola para comprar un helado.
Se refería a aquellas colas que comenzaron a hacerse cuando en la década del sesenta abrió sus puertas la heladería Copelia, situada en las calles 23 y L, del Vedado
Por aquella época el helado de Copelia era de primera calidad. Valía la pena derretirse bajo el sol un par de horas, o morirse de frío durante el invierno, recibir codazos, empujones y escuchar fuertes discusiones, como ocurría tan a menudo, si se disfrutaba por último de una ensalada de helado compuesta de distintos sabores: chocolate almendrado, mango, mamey, menta chip… decenas de sabores que han desaparecido lamentablemente. Copelia sólo oferta dos o tres sabores a lo sumo.
Para que se tenga una idea, aquellas personas que quieren comprar un periódico, el Granma, por ejemplo, o cualquier otro, debe hacer una cola a pleno sol desde las ocho de la mañana hasta casi el mediodía.
Todavía no se ha escrito un libro sobre este engendro socialista llamado las colas de Cuba. Valdría la pena hacer una investigación a fondo, acompañada por supuesto de fotografías hechas actualmente, después de casi medio siglo de socialismo, de entrevistas y de buenos datos computarizados sobre el tiempo que cada cubano ha perdido a lo largo de casi medio siglo haciendo colas.
Tan acostumbrados estamos a la cola, que yo, que siempre he tratado de evadirlas al precio que sea necesario, he llegado a un establecimiento comercial y porque he visto a dos o tres personas de pie, que para nada hacían cola, les he preguntado, de forma mecánica, quién es el último.
Todo porque la cola es uno de nuestros principales reflejos condicionados, algo que podrá comenzar a desaparecer cuando logremos nuestra libertad económica.
Las anécdotas que conocemos con relación a este fenómeno social forman parte para siempre de nuestro folklore.
Cualquiera conoce la historia de un famoso crítico de cine que sorprendió a la esposa, acompañada del amante en la cola de una posada, o albergue nocturno, cuando él estaba en la misma cola, pero con otra mujer.
Los que conocen bien la historia dicen que el escritor le preguntó al hombre que tenía delante si le faltaba mucho para llegar y que incluso le comentó que era el colmo tener que hacer una cola para acostarse con una mujer. Cuando se enfrentaron cara a cara, pese a la oscuridad de la noche, descubrieron que eran amigos y que además amaban a las mismas mujeres, porque incluso el crítico estaba acompañado de la esposa del otro.
Estas anécdotas seguramente se han repetido por miles en personas del pueblo, porque el socialismo ha obligado a las parejas de ocasión a compartir una cola en esos lugares que durante años perdieron la intimidad que tenían y que por suerte, casi todas han desaparecido, como desapareció el pudor de nuestra idiosincrasia.
Una traductora de ruso me contó en cierta ocasión que el presidente Leonid Brezhnev, en una de sus visitas a La Habana por la década del setenta, le propuso al gobernante cubano suprimir la libreta de racionamiento a través de una mayor ayuda de alimentos soviéticos. El gobernante no aceptó. Prefería una vida austera para el pueblo.
Es por eso que nadie puede quitarme de la cabeza la idea de que estas colas interminables que hace la población para comprar el muslito de pollo o la cuota de cuatro onzas de café que le corresponden a una persona al mes representan un castigo físico y espiritual, que por lo general se sufre a pleno sol, fuera de los establecimientos comerciales.
El castigo físico, según los psicólogos, incrementa la tendencia a delinquir. ¿Es de suponer entonces que las colas es una de las causas para que en Cuba más de cien mil personas guarden prisión? ¡Quién sabe!
Lo cierto es que gracias también a las colas vivimos en la Edad Media, en plena Inquisición o en el mismo infierno donde cualquier cubano se pregunta cuál es la culpa cometida para que esté obligado a las colas mañana, tarde y noche, y lo que es peor: salir con las manos vacías de una desesperante cola socialista.
|