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SOCIEDAD
Los recursos de la vejez
Lucas Garve, Fundación por la Libertad de Expresión
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Una vecina me pregunta adónde voy cuando paso cerca de su portal donde reposa. “Para viejo”, le digo. Y siento frío en las rodillas cuando pienso en lo que haré dentro de una década.
Razones tengo para preocuparme. Sobre todo cuando me contemplo en el espejo de tantas personas de la tercera edad proponiendo caramelos, maní tostado, blumercitos, llaveros, fosforeras, periódicos, jabas, paquetes de café o de cigarrillos marca Criollo y un largo etc. a la venta que veo en las calles de mi Habana 2006. ¿Será ese mi futuro? ¿Haber trabajado durante cuatro décadas no me servirá para nada a la hora de la jubilación?
Las abuelitas y abuelitos cubanos se convirtieron en asalariados de sus descendientes o en vendedores callejeros. El mejor destino es el primero, por lo menos, tendrán el consuelo de servir a sus hijos y nietos. Si es que cuentan con el cariño y el reconocimiento familiar.
En el segundo caso, continuarán sentados al borde del portal o parados en una esquina cumplirán un horario de ocho horas vendiendo cualquier cosa para “matar el apetito”, o algo para amarrarse el pelo, o eliminar los ratones. Además, mantendrán despiertos los sentidos, por si algún policía sin sentimiento filial acude a imponerles una multa por vender en la calle sin permiso.
Hay algunos más afortunados que levantan su pequeña industria de comestibles, como el caso de una vecina que ronda los ochenta años. Lo mismo hace y vende tamales que papas rellenas, mermeladas o tartaletas. Aquí en Cuba, eso es “luchar el peso”.
Y no hay distinción de clases, porque ocurre igualmente en un suburbio de la ciudad, en el centro o en repartos de antiguo relumbre, como el Vedado o La Sierra.
En los parques y otros sitios de recreación puede usted encontrar dos o tres mujeres con sus cajitas rebosantes de golosinas, o con las manos ocupadas con cucuruchos de maní tostado, atentas siempre a la presencia de algún policía.
Hay quien no sale de su casa, porque recoge por teléfono los recados para los vecinos. Cobra un peso por dejar llamar y tres por llevarle el recado a la puerta del destinatario. También aprovecha para proponer alguna mercancía y, al mismo tiempo, si le gusta el chisme, enterarse de todo lo que pasa en los alrededores y más allá gracias a un oído bien entrenado.
Por último, no pueden faltar los vendedores de periódicos. Ellos levantan al sol en la cola del estanquillo de cercano a su casa. En el lugar discuten, pelean y desenredan los nudos del tiempo, mientras hacen guardia a la llegada del carrito o la motoneta que trae la prensa diaria. Dan una o más vueltas, según los turnos que separaron –solamente venden un periódico por persona- y después los revenden a peso en la calle o se lo llevan a clientes fijos.
¿Qué me tocará a mí cuando me llegue la hora? ¿En cuál portal me sentaré o en cuál banco del parque, si una buena parte de la población cubana en el 2015 tendrá más de 60 años? Mientras, espéreme la semana próxima. Por el momento, escribir sobre otros temas es una mis ocupaciones.
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