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CULTURA
Dos productos, una realidad
Odelin Alfonso Torna
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) -
La telenovela y el cine cubano son dos productos
de una misma realidad. Un refrán popular
dice que el papel soporta lo que le pongan. El
vidrio, como suelen decirle al televisor en los
medios de difusión, también soporta
cuanta emisión catódica incida en
sus líneas. Cualquier soporte atiende a
un mensaje de infinita interpretación.
La telenovela cubana oculta la verdadera cara
de la vida.Basta recordar novelas como Salir de
noche, Si me pudieras querer o La cara oculta
de la luna, actualmente en pantalla. Aunque todas
son de una temática actual, poco se ajustan
al ambiente real de una sociedad con carencias
en todos los sentidos.
La competitividad de un producto no radica en
ambientes o escenografìas agradables al
televidente. Si bien la telenovela cubana ejemplifica
conductas sociales propias de nuestros tiempos,
también descuida aspectos como la materialización
de la economía familiar.
Casas decoradas al estilo remesa familiar, mesas
surtidas de prebendas que generalizan calidad
alimentaria en la ficción, o personajes
de porte gerencial, se muestran en el contenido
escenográfico de la telenovela. Ninguna
realidad le resta mérito a un producto
televisivo. Al contrario, resalta la originalidad
del tema para el cual está concebido.
La cara oculta de la luna aborda el tema del sida.
Personajes en diferentes historias contrajeron
la enfermedad, una modosita colegiala, dos espeleólogos,
un constructor que descubre tardíamente
su preferencia sexual y Leroy un humilde joven
que ameniza las noches del Malecón. Todavía
falta una historia: los más proclives,
prostitutas y homosexuales declarados, no han
salido a escena.
El concepto pobreza está ausente de la
telenovela cubana. Todo lo contrario sucede con
el celuloide. El cine va más adentro, si
de coproducciones se trata. El film Alicia en
el pueblo Maravilla, protagonizado por Reinaldo
Miravalles, Albertico Pujols y Thais Valdés,
rompió esquemas en el controvertido cine
sociopolítico cubano.
Cientos de personas, acudieron al Payret, Yara
y Chaplin, principales escenarios de la primera
y única puesta en la pantalla grande, hace
quince años. La cinta estaba ubicada en
un poblado a donde eran enviados los corruptos
y tronados del sistema como castigo.
Los dos primeros días de la puesta el film
despertó el interés de miles de
cubanos. Los cines se abarrotaron, los aplausos
daban muestras de aprobación al término
de cada función. Claro está, la
algarabía duró poco. La censura
castrista tomó riendas en el asunto.
Miles de militantes comunistas, organizados por
centros laborales, "se interesaron en la
cinta". Ómnibus y camiones descargaban
al ejército de militantes en las inmediaciones
de los cines. Se respetaba la cola, no así
los aplausos. Se marcaba el inicio de las Brigadas
de Respuesta Rápida, un nuevo engendro
de la dictadura.
Luego le sucedieron filmes como Fresa y Chocolate,
Frutas en el Café, Barrio Cuba, Malahabana,
90 Millas, o el controvertido corto Monte Rouge,
protagonizado por Luis Alberto García,
Néstor Jiménez y Eduardo del Llano.
Surgió todo un show teatral de corte crítico.
Algunos, los menos, fueron exhibidos en la pantalla
grande. Los censurados tomaron el camino de la
piratería, se distribuyeron en el mercado
negro. Se hizo mediante VCD o DVD, asequibles
solamente a un pequeño sector poblacional.
La cinta Barrio Cuba muestra el verdadero rostro
de una ciudad envejecida, sin retroceso, la dinámica
familiar por alcanzar una imposible prosperidad
y el anhelo de un amor que no pudo ser.
La síntesis del cine cubano no varía.
90 millas es un dramático filme sobre los
balseros y su desespero por escapar de la tierra
que los vio nacer. Esta cinta muestra sin exageraciones
la calamidad vivida por una familia al cruzar
el Estrecho de la Florida en busca del sueño
americano.
La equívoca Alicia en el Pueblo Maravilla
se filtró en nuestras salas de estreno.
Aún permanece escondida tras el telón,
liderando la lista de los censurados. Sin embargo,
filmes como Guardafronteras, Caravana o Viva Cuba,
sufren de sobreproyecciòn.
Retornando a la televisión, telenovelas
como Sol de Batey, con el debut de Armando Tomey
y su "¡Oh, Charito!", Tierra Brava,
Al Compás del Son o el clásico teatral
Contigo Pan y Cebolla no omiten escenas de extrema
pobreza, vandalismo o manifestaciones en contra
de alguna figura política. Claro, estas
producciones están remontadas a épocas
que antecedieron a la revolución.
La telenovela, hoy marketing del Instituto Cubano
de Radio y Televisión (ICRT), pretende
mostrar al mundo una Cuba exenta de carencias
y con contradicciones menores y superables. El
televidente es testigo de una falacia que, de
cierta forma, ameniza las noches.
Cuidar la imagen del "socialismo" es
la esencia del producto televisivo, cada detalle
de ambientación cuenta. El diálogo
crudo -o chusmería, como se dice popularmente-
no es problema. El buen hablar y el respeto dejaron
de funcionar hace muchos años en la sociedad
cubana.
Juan Quinquín, un personaje novelesco de
Samuel Feijóo perseguido por la mala suerte,
reflejaba la angustia del cubano pobre, humillado
por el capitalismo que antecedió la revolución.
Alicia, fruto del proletariado, intransigente
ante lo mal hecho, nos recuerda a la abogada Niurka
Brito, quien desenmascaró a cinco dirigentes
envueltos en un escándalo de corrupción.
Juan Quinquín y Alicia están presentes
en cada cubano o cubana que languidece sin esperanzas
en el "Pueblo Maravilla", comiendo "Contigo
Pan y Cebolla". Otros, cruzan el muro salino
de "90 Millas". Cantando uno de los
blues amargos de La Habana, abordan la balsa al
paraíso o la muerte. Uno nunca sabe.
Tal vez del otro lado del Estrecho, el inalcanzable
cafetín Monte Rouge sea más barato
y sin micrófonos espías ni segurosos
en la puerta. Por favor, no lo ignoremos en las
telenovelas. Puede ser un buen producto.
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