PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 28, 2006

CULTURA
Dos productos, una realidad

Odelin Alfonso Torna

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - La telenovela y el cine cubano son dos productos de una misma realidad. Un refrán popular dice que el papel soporta lo que le pongan. El vidrio, como suelen decirle al televisor en los medios de difusión, también soporta cuanta emisión catódica incida en sus líneas. Cualquier soporte atiende a un mensaje de infinita interpretación.

La telenovela cubana oculta la verdadera cara de la vida.Basta recordar novelas como Salir de noche, Si me pudieras querer o La cara oculta de la luna, actualmente en pantalla. Aunque todas son de una temática actual, poco se ajustan al ambiente real de una sociedad con carencias en todos los sentidos.

La competitividad de un producto no radica en ambientes o escenografìas agradables al televidente. Si bien la telenovela cubana ejemplifica conductas sociales propias de nuestros tiempos, también descuida aspectos como la materialización de la economía familiar.

Casas decoradas al estilo remesa familiar, mesas surtidas de prebendas que generalizan calidad alimentaria en la ficción, o personajes de porte gerencial, se muestran en el contenido escenográfico de la telenovela. Ninguna realidad le resta mérito a un producto televisivo. Al contrario, resalta la originalidad del tema para el cual está concebido.

La cara oculta de la luna aborda el tema del sida. Personajes en diferentes historias contrajeron la enfermedad, una modosita colegiala, dos espeleólogos, un constructor que descubre tardíamente su preferencia sexual y Leroy un humilde joven que ameniza las noches del Malecón. Todavía falta una historia: los más proclives, prostitutas y homosexuales declarados, no han salido a escena.

El concepto pobreza está ausente de la telenovela cubana. Todo lo contrario sucede con el celuloide. El cine va más adentro, si de coproducciones se trata. El film Alicia en el pueblo Maravilla, protagonizado por Reinaldo Miravalles, Albertico Pujols y Thais Valdés, rompió esquemas en el controvertido cine sociopolítico cubano.

Cientos de personas, acudieron al Payret, Yara y Chaplin, principales escenarios de la primera y única puesta en la pantalla grande, hace quince años. La cinta estaba ubicada en un poblado a donde eran enviados los corruptos y tronados del sistema como castigo.

Los dos primeros días de la puesta el film despertó el interés de miles de cubanos. Los cines se abarrotaron, los aplausos daban muestras de aprobación al término de cada función. Claro está, la algarabía duró poco. La censura castrista tomó riendas en el asunto.

Miles de militantes comunistas, organizados por centros laborales, "se interesaron en la cinta". Ómnibus y camiones descargaban al ejército de militantes en las inmediaciones de los cines. Se respetaba la cola, no así los aplausos. Se marcaba el inicio de las Brigadas de Respuesta Rápida, un nuevo engendro de la dictadura.

Luego le sucedieron filmes como Fresa y Chocolate, Frutas en el Café, Barrio Cuba, Malahabana, 90 Millas, o el controvertido corto Monte Rouge, protagonizado por Luis Alberto García, Néstor Jiménez y Eduardo del Llano. Surgió todo un show teatral de corte crítico. Algunos, los menos, fueron exhibidos en la pantalla grande. Los censurados tomaron el camino de la piratería, se distribuyeron en el mercado negro. Se hizo mediante VCD o DVD, asequibles solamente a un pequeño sector poblacional.

La cinta Barrio Cuba muestra el verdadero rostro de una ciudad envejecida, sin retroceso, la dinámica familiar por alcanzar una imposible prosperidad y el anhelo de un amor que no pudo ser.

La síntesis del cine cubano no varía. 90 millas es un dramático filme sobre los balseros y su desespero por escapar de la tierra que los vio nacer. Esta cinta muestra sin exageraciones la calamidad vivida por una familia al cruzar el Estrecho de la Florida en busca del sueño americano.

La equívoca Alicia en el Pueblo Maravilla se filtró en nuestras salas de estreno. Aún permanece escondida tras el telón, liderando la lista de los censurados. Sin embargo, filmes como Guardafronteras, Caravana o Viva Cuba, sufren de sobreproyecciòn.

Retornando a la televisión, telenovelas como Sol de Batey, con el debut de Armando Tomey y su "¡Oh, Charito!", Tierra Brava, Al Compás del Son o el clásico teatral Contigo Pan y Cebolla no omiten escenas de extrema pobreza, vandalismo o manifestaciones en contra de alguna figura política. Claro, estas producciones están remontadas a épocas que antecedieron a la revolución.

La telenovela, hoy marketing del Instituto Cubano de Radio y Televisión (ICRT), pretende mostrar al mundo una Cuba exenta de carencias y con contradicciones menores y superables. El televidente es testigo de una falacia que, de cierta forma, ameniza las noches.

Cuidar la imagen del "socialismo" es la esencia del producto televisivo, cada detalle de ambientación cuenta. El diálogo crudo -o chusmería, como se dice popularmente- no es problema. El buen hablar y el respeto dejaron de funcionar hace muchos años en la sociedad cubana.

Juan Quinquín, un personaje novelesco de Samuel Feijóo perseguido por la mala suerte, reflejaba la angustia del cubano pobre, humillado por el capitalismo que antecedió la revolución. Alicia, fruto del proletariado, intransigente ante lo mal hecho, nos recuerda a la abogada Niurka Brito, quien desenmascaró a cinco dirigentes envueltos en un escándalo de corrupción.

Juan Quinquín y Alicia están presentes en cada cubano o cubana que languidece sin esperanzas en el "Pueblo Maravilla", comiendo "Contigo Pan y Cebolla". Otros, cruzan el muro salino de "90 Millas". Cantando uno de los blues amargos de La Habana, abordan la balsa al paraíso o la muerte. Uno nunca sabe.

Tal vez del otro lado del Estrecho, el inalcanzable cafetín Monte Rouge sea más barato y sin micrófonos espías ni segurosos en la puerta. Por favor, no lo ignoremos en las telenovelas. Puede ser un buen producto.


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