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HISTORIA
Dicen que murió lejos…
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) -
A inicios de los 60, casi 40 años antes
del caso de la Red Avispa, el gobierno cubano
orquestó una estrepitosa campaña
por la liberación de un cubano preso en
los Estados Unidos.
"Libertad para Molina" era la consigna
que se repetía insistentemente. No se sabía
a ciencia cierta quién era Molina ni cómo
había ido a parar a New York. Nadie se
preguntaba por qué, si tanto amaba a la
revolución, no había regresado a
Cuba después de enero de 1959.
Acerca de lo que realmente sucedió con
Molina, sólo se sabía la versión
oficial. Que Francisco Molina era víctima
de una maquinación del imperialismo norteamericano
contra la revolución cubana. Como hoy en
el caso de los Cinco, no eran necesarias muchas
explicaciones. Sólo había que repetir
la consigna: Libertad para Molina.
El 22 de septiembre de 1960, una reyerta entre
exilados cubanos y simpatizantes de Fidel Castro
en el restaurante neoyorquino "El Prado"
dejó el saldo de una víctima mortal
y dos heridos. La muerta era una niña venezolana
de nueve años de edad.
Nunca quedó suficientemente aclarado el
trágico incidente. El gobierno cubano culpó
del hecho a "gusanos pagados por la CIA".
No especificó cuán partidarios eran
"los simpatizantes de la revolución".
Los mal pensados los tildaban de agentes del G2.
Uno de ellos era Francisco Molina del Río.
La policía neoyorquina lo acusó
de ser el autor de los disparos. Había
testigos de los sucesos que afirmaban haberlo
visto disparando el arma. Lo identificaban fácilmente.
A Molina le faltaba una mano.
El gobierno cubano afirmó que en el proceso
declararon testigos falsos y que existieron arreglos
con el fiscal. El abogado defensor, Samuel Neuburger,
cuyos sus cuantiosos honorarios nadie sabe quién
pagó, no pudo probarlo.
El 29 de junio de 1961, Francisco Molina fue condenado
a un mínimo de 20 años de prisión,
que amenazaban convertirse en una cadena perpetua.
Inmediatamente, un Comité Pro Libertad
para Francisco Molina organizó una ruidosa
campaña internacional, pero las gestiones
más importantes se movieron por debajo
del tapete. Paradójicamente, los años
de la Administración Kennedy eran un buen
momento para esos trajines.
Molina llevaba más de dos años preso
en Estados Unidos, sin apelar la sentencia y con
la condena en suspenso, cuando el gobierno cubano
inesperadamente otorgó clemencia a 24 ciudadanos
norteamericanos que estaban encarcelados en Cuba.
El abogado norteamericano James Donovan, experto
en tratos secretos con el régimen cubano
desde el caso de los prisioneros de la Brigada
2506, voló a La Habana y gestionó
el canje.
Los 24 norteamericanos, acompañados por
Donovan, viajaron a Miami en un avión fletado
por la Cruz Roja.
Molina regresó a La Habana el 23 de abríl
de 1963. Lo recibieron como un héroe. Hizo
pocas declaraciones. No porque estuviera muy emocionado,
que lo estaba, sino porque no lo dejaron hablar
mucho. Luego, no se supo más de él.
Se sumergió en un anonimato disciplinado
y cederista.
La niña muerta resultaba embarazosa. El
rostro y el muñón de Molina no eran
demasiado fotogénicos para una revolución
que vivía sus años dorados y a la
que le sobraban héroes.
Dicen que Molina murió lejos y espantado.
No tuvo suerte. Con un poco más de paciencia,
hoy hubiera sido un protagonista de tribuna y
discurso en la batalla de ideas. Quién
sabe. Cuentan que prefirió volver al exilio.
Dicen que de lejos, el amor crece, incluso por
la revolución.
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