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SOCIEDAD
Llegué al futuro
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Fue
en 1959 que escuché por primera vez hablar
del futuro como una categoría influenciable.
Hasta ese momento, se trataba de una condición
que fluía en sintonía con el diario
vivir. Apenas tenía nueve años,
y desde ese momento se corporizó el futuro
en mi imaginación como un lejano e inalcanzable
año 2000.
Cuando el futuro llegara, todo sería mejor,
al menos así lo esperamos muchos en aquel
hoy lejano 1959.
Resulta evidente que al cabo de casi cincuenta
años, en 2006, llegué al futuro.
Entonces vale hacer una evaluación de lo
que me perdí, lo que me dijeron, lo que
esperaba y lo que tengo. Para empezar, me dijeron
que el futuro sería luminoso. El futuro,
que es hoy, está en tinieblas y plagado
de apagones. El futuro del futuro pinta peor.
Un recuerdo pertinaz de mi niñez son las
duchas a voluntad y las pilas generosas en continuo
fluir de agua limpia y corriente. Esto a lo largo
de 24 maravillosas y extraordinarias horas. Ese
fue el pasado. Hoy en pleno futuro no hay agua.
Un descendiente de españoles auxiliado
por una tropa más incompetente y entusiasta
que él mismo, lo secó todo. Fue
el injusto fin de la obra de otro ilustre hispano,
me refiero a Albear y a su acueducto fuera de
serie.
Otro recuerdo del pasado, que debí dejar
atrás, es el refrigerador de mi infancia
que sobrevivió hasta el nacimiento de mi
hija y más allá. El pobre fue protegido
por mi abuela, allá en el pasado. Yo, niño,
lo abría y permanecía indeciso sin
saber si tomaba una Coca Cola, un poco de dulce
de leche, pan con jamón, con guayaba, mantequilla,
mayonesa. Si bebía una gaseosa, una Materva,
una malta, en fín
Mi abuelita, ajena al futuro, me insistía
para que lo cerrara. La pobre temía que
perdiera frío. La oferta era tanta como
para dudar. Hasta que llegó el futuro y
el maravilloso Kelvinator se llenó de pomos
de agua.
El hecho no deja de producirme una indefinible
sensación de haber sido estafado. Así
son las cosas. Nada ha sido mejor. El año
2000 y sus promesas se convirtieron en una triste
mueca.
Vivir en Cuba seis años dentro del siglo
XXI es un viaje a través del infortunio.
Un error que la gente insiste en depurar en el
mar, o quizás a través de él,
siempre en dirección norte.
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