PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 26, 2006

SOCIEDAD
Llegué al futuro

Juan González Febles

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Fue en 1959 que escuché por primera vez hablar del futuro como una categoría influenciable. Hasta ese momento, se trataba de una condición que fluía en sintonía con el diario vivir. Apenas tenía nueve años, y desde ese momento se corporizó el futuro en mi imaginación como un lejano e inalcanzable año 2000.

Cuando el futuro llegara, todo sería mejor, al menos así lo esperamos muchos en aquel hoy lejano 1959.

Resulta evidente que al cabo de casi cincuenta años, en 2006, llegué al futuro. Entonces vale hacer una evaluación de lo que me perdí, lo que me dijeron, lo que esperaba y lo que tengo. Para empezar, me dijeron que el futuro sería luminoso. El futuro, que es hoy, está en tinieblas y plagado de apagones. El futuro del futuro pinta peor.

Un recuerdo pertinaz de mi niñez son las duchas a voluntad y las pilas generosas en continuo fluir de agua limpia y corriente. Esto a lo largo de 24 maravillosas y extraordinarias horas. Ese fue el pasado. Hoy en pleno futuro no hay agua. Un descendiente de españoles auxiliado por una tropa más incompetente y entusiasta que él mismo, lo secó todo. Fue el injusto fin de la obra de otro ilustre hispano, me refiero a Albear y a su acueducto fuera de serie.

Otro recuerdo del pasado, que debí dejar atrás, es el refrigerador de mi infancia que sobrevivió hasta el nacimiento de mi hija y más allá. El pobre fue protegido por mi abuela, allá en el pasado. Yo, niño, lo abría y permanecía indeciso sin saber si tomaba una Coca Cola, un poco de dulce de leche, pan con jamón, con guayaba, mantequilla, mayonesa. Si bebía una gaseosa, una Materva, una malta, en fín…

Mi abuelita, ajena al futuro, me insistía para que lo cerrara. La pobre temía que perdiera frío. La oferta era tanta como para dudar. Hasta que llegó el futuro y el maravilloso Kelvinator se llenó de pomos de agua.

El hecho no deja de producirme una indefinible sensación de haber sido estafado. Así son las cosas. Nada ha sido mejor. El año 2000 y sus promesas se convirtieron en una triste mueca.

Vivir en Cuba seis años dentro del siglo XXI es un viaje a través del infortunio. Un error que la gente insiste en depurar en el mar, o quizás a través de él, siempre en dirección norte.


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