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SALUD
PUBLICA
Hurgando en la higiene de La Habana
Juan Carlos Linares
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - La
Enciclopedia Popular Cubana de Bustamante, editada
en la década del 40, al referirse a la
sanidad en el período que Cuba fue colonia
de España señala que "en La
Habana, la constante suciedad de su puerto, el
hacinamiento de sus muchos habitantes en sus casas,
la basura amontonada en lugares de concurrencia,
el lastimoso estado de los hospitales y la falta
de precaución por la higiene pública,
fueron otros tantos incentivos para que se desarrollasen
epidemias
"
La Enciclopedia informa que durante el periodo
colonial, disímiles y cruentas epidemias
asolaron la isla y con mayor incidencia a La Habana.
La Fiebre Pútrida mató en 1649 al
30 % de la población habanera. Desatada
en una flota naval anclada en el puerto de la
bahía en 1670, un brote de la llamada Fiebre
Tifoidea exterminó casi por completo a
la tripulación. En 1761 surgen los primeros
apuntes estadísticos de Fiebre Amarilla,
una de las enfermedades más temidas en
la isla, debido a rápida virulencia. La
Fiebre Amarilla ocasionó más muertes
que las dos guerras por la independencia juntas,
la del 1868-78 y la del 1895-98. El Cólera
Morbo asoló en 1833 con una mortandad diaria
de 435 personas en el momento de mayor contagio,
y volvió a reaparecer en 1850 y en 1867.
Con el gobierno de ocupación norteamericano
(1898 al 1902), en específico con el mandato
del general Leonard Wood en 1899, comenzaría
a organizarse una cultura higiénica desconocida
hasta entonces por la mayoría de los cubanos.
A partir del descubrimiento de Carlos J. Finlay,
las primeras acciones higiénico-sanitarias
de carácter popular fueron orientadas con
un objetivo profiláctico: la erradicación
del mosquito transmisor de la Fiebre Amarilla.
Con ese objetivo se difundió la construcción
de letrinas cementadas y la comercialización
de inodoros, se hicieron estudios sobre la recogida
de basura y se procedió al sellado de los
pozos de aguas contaminadas.
Estas y otras disposiciones irían configurando
lo que poco tiempo después sería
el Ministerio de Salubridad.
No deben quedar en el olvido las donaciones del
pueblo norteamericano, en particular la ayuda
canalizada por Clara Benton al frente de una misión
humanitaria que incluía asistencia médica,
medicamentos y medios higiénicos.
Cuando la Corona Española perdió
la soberanía sobre Cuba, otro importante
aporte a la salud pública fue que la industria
farmacéutica norteamericana sustituiría
los anticuados métodos de la farmacopea
tradicional, que consistía en la elaboración
de fórmulas y pociones en las llamadas
boticas.
Después de instaurada la República
el 20 de mayo de 1902, comienza un despegue vertiginoso
en materia de salubridad y cultura higiénica
social, que alcanza su mayor esplendor durante
la década de los años cincuenta
del siglo pasado. Para esa época, eficientes
redes de alcantarillado y servicio de agua corriente,
unido a un efectivo sistema de recogida de basura
y confortables hospitales públicos y privados
hacían del paisaje habanero una moderna
ciudad. El embellecimiento del entorno urbano
se consideraba parte indispensable de la salud
colectiva.
Por su parte, desde su inauguración en
1922, la radio jugó un importante rol en
el creciente desarrollo de la higiene de los cubanos.
Y con la entrada de la televisión en 1951
se incrementarían los aportes en materia
de pulcritud, promovidos mediante la publicidad
de los productos de limpieza y de aseo personal.
Al tomar el poder en enero de 1959, el actual
gobierno heredó una sólida infraestructura
nacional para la prevención de epidemias,
que no era sólo exclusiva de la capital
como señala la presente historiografía
oficial. De hecho, la mayoría de aquellas
obras pluviales, sanitarias e hidráulicas,
y hospitales y policlínicas se extendían
por todo el país en mayor o menor grado.
Muchas aún se mantienen funcionando a pesar
del pésimo ciclo de mantenimiento. El progreso
heredado de los primeros sesenta años del
siglo veinte permitió al gobierno actual
continuar desarrollando nuevos programas de prevención
de enfermedades como la poliomielitis, la hepatitis,
etc.
Para 1960 ya se habían truncado casi todos
los novedosos programas privados y gubernamentales
diseñados con anterioridad sobre la base
de una economía capitalista, dando paso
a otros proyectos de corte seudo comunistas, muchos
de ellos concatenados a ideas desatinadas. De
tal manera el progreso de la salud pública
vendría frenándose en determinadas
áreas, y en otras se retrogradaría
a niveles de la era colonial.
Un ejemplo de retrocesos se evidencia en la
recolección y reciclaje de la basura. Hoy
día resultan escenas cotidianas las montañas
de desperdicios en plena vía pública,
en las cuales habitan a sus anchas ratas, moscas,
mosquitos y otros vectores. También es
común ver a perros disputándose
una inmundicia. Así, dispersan por doquier
almohadillas sanitarias, condones o jabas plásticas
con heces fecales lanzadas por los balcones de
edificios en las zonas densamente pobladas. Tampoco
ya constituye una noticia la presencia de salideros
de aguas albañales o tupiciones en las
redes de desagüe, que provocan inundaciones
después de un simple aguacero. Ni la escasez
de antibióticos y de reactivos. Ni los
brotes de enfermedades infecciosas que azotan
a los capitalinos, siendo todo esto minimizado
o silenciado por el gobierno.
Desgraciadamente reapareció el dengue.
Otras enfermedades como la hepatitis o afecciones
pulmonares están llevando todos los días
a las salas de terapia intensiva a un desconocido
número de capitalinos. El miedo de las
autoridades es que tales informaciones trasciendan
a entidades internacionales de salud y en sentido
general afecten los planes turísticos y
económicos.
Hoy por hoy, la capital de los cubanos ha devenido
en la meca de la suciedad, con visos de anarquía
social. Mientras tanto, como solución coyuntural,
el régimen mantiene afilada su guillotina
para cuando sea necesario defenestrar a algún
dirigente y aplacar a la opinión pública.
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