PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 18, 2006

SOCIEDAD
Un Peugeot verde con aire acondicionado

Juan González Febles

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Me gustan los ancianos. En su gran mayoría la pasan muy mal. Unos más, otros menos. Acumulan la experiencia que no les servirá para hacer las cosas de su vida mejor. Unos, con el mejor amor del mundo, se convierten en mentores de los suyos o de quien quiera y sepa escucharlos. Otros viven encerrados en cápsulas de soberbia, de las que se resisten a salir.

La tarde del viernes esperaba un ómnibus en la intersección de las calles 42 y 41, en el municipio Playa de la capital. La espera inacabable de un ómnibus en La Habana tiene un aspecto positivo. Sólo hay que asumirla con la mente adecuada. Es una excelente oportunidad para observar y para ver la ciudad desde otra perspectiva.

Cuando se espera un ómnibus, uno percibe la ciudad dividida en dos grandes grupos: los que se mueven y los que esperan. Se mueven los automovilistas, esperan los demás. Los automovilistas tienen que detenerse en los semáforos, observarlos cuando esperan la señal de marcha, nos da una medida tentativa de quiénes son.

En esta oportunidad tuve la suerte de tener bajo mi observación nada más y nada menos que a Guillermo García Frías. Este es uno de los más conspicuos personajes de la élite verdeolivo. Viajaba en un automóvil Peugeot, de un color verde intenso, oscuro y brillante. El auto llevaba las ventanillas cerradas para que la climatización no escape.

Guillermo García, quien ostenta el grado honorífico de Comandante de la Revolución, compartido con Juan Almeida y Ramiro Valdés, viajaba en compañía de dos escoltas. Sentado junto a su chofer y detrás el otro. Uniformados los tres, de verdeolivo por supuesto.

El chofer, un mulato joven, atendía cuidadosamente la conducción del vehículo, el artillero lo miraba todo desde el asiento trasero.

Más que una escolta en el sentido convencional del término, parecían los apoyos de un abuelo cansado. El anciano, por su parte, lo observaba todo. Nuestras vistas coincidieron por un instante. Nos miramos como dos viejos conocidos. Sentí una oleada de odio egoísta contenido, frío y distante. Comprendí que ésa fue su forma de protegerse.

Todo pasó inadvertido para los escoltas. Fueron unos escasos segundos de comunión íntima con el poder absoluto o con una de sus parcelas. Yo desde la acera y bajo el ardiente sol de mi ciudad y el pobre anciano desde su Peugeot verde con aire acondicionado. Con sus escoltas y a la distancia adecuada.


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