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SOCIEDAD
Un Peugeot verde con aire acondicionado
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Me
gustan los ancianos. En su gran mayoría
la pasan muy mal. Unos más, otros menos.
Acumulan la experiencia que no les servirá
para hacer las cosas de su vida mejor. Unos, con
el mejor amor del mundo, se convierten en mentores
de los suyos o de quien quiera y sepa escucharlos.
Otros viven encerrados en cápsulas de soberbia,
de las que se resisten a salir.
La tarde del viernes esperaba un ómnibus
en la intersección de las calles 42 y 41,
en el municipio Playa de la capital. La espera
inacabable de un ómnibus en La Habana tiene
un aspecto positivo. Sólo hay que asumirla
con la mente adecuada. Es una excelente oportunidad
para observar y para ver la ciudad desde otra
perspectiva.
Cuando se espera un ómnibus, uno percibe
la ciudad dividida en dos grandes grupos: los
que se mueven y los que esperan. Se mueven los
automovilistas, esperan los demás. Los
automovilistas tienen que detenerse en los semáforos,
observarlos cuando esperan la señal de
marcha, nos da una medida tentativa de quiénes
son.
En esta oportunidad tuve la suerte de tener bajo
mi observación nada más y nada menos
que a Guillermo García Frías. Este
es uno de los más conspicuos personajes
de la élite verdeolivo. Viajaba en un automóvil
Peugeot, de un color verde intenso, oscuro y brillante.
El auto llevaba las ventanillas cerradas para
que la climatización no escape.
Guillermo García, quien ostenta el grado
honorífico de Comandante de la Revolución,
compartido con Juan Almeida y Ramiro Valdés,
viajaba en compañía de dos escoltas.
Sentado junto a su chofer y detrás el otro.
Uniformados los tres, de verdeolivo por supuesto.
El chofer, un mulato joven, atendía cuidadosamente
la conducción del vehículo, el artillero
lo miraba todo desde el asiento trasero.
Más que una escolta en el sentido convencional
del término, parecían los apoyos
de un abuelo cansado. El anciano, por su parte,
lo observaba todo. Nuestras vistas coincidieron
por un instante. Nos miramos como dos viejos conocidos.
Sentí una oleada de odio egoísta
contenido, frío y distante. Comprendí
que ésa fue su forma de protegerse.
Todo pasó inadvertido para los escoltas.
Fueron unos escasos segundos de comunión
íntima con el poder absoluto o con una
de sus parcelas. Yo desde la acera y bajo el ardiente
sol de mi ciudad y el pobre anciano desde su Peugeot
verde con aire acondicionado. Con sus escoltas
y a la distancia adecuada.
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