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HISTORIA
La vieja Yoya
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Yoya
tenía mucho que contar, era vieja, dulce
y sabia. La conocí en rol de abuela hace
años. Me hubiera gustado haberla seguido
en los otros roles que le tocó vivir. Pero
para eso hubiera necesitado muchos más
años que los que he vivido. Yoya se murió
orgullosa de haber sido muy buena en el oficio
que desempeñó. Yoya era puta.
Personalmente, me aireó algunos conceptos.
Nunca fue revolucionaria, no le gustaba Fidel
Castro. Ni en la proyección política
ni en la humana. Nunca afirmó conocer personalmente
al líder, pero nunca lo negó. Mantuvo
sobre el tema la deliciosa ambigüedad con
que recreó algunas de las más escabrosas
vivencias de su oficio.
Yoya me abrió los ojos y me contó
cómo era aquella Habana galante de la república.
Supe que las prostitutas de aquella Habana compartían
clase con los clientes que las frecuentaban. Que
los grandes de la economía, la política
y las artes de aquella república vivían
y sentían en grande.
Según Yoya, tener o no tener clase marcaba
más las diferencias de aquella sociedad
que las posesiones materiales. Existían
prostíbulos cuya puerta se franqueaba con
clase más que con dinero. En algunos de
estos templos del placer recibían mejor
a Carlos Henríquez y a Ponce de León
que a cualquier hacendado o colono mal educado.
No fueron pocos los adinerados rechazados por
cortesanas de alto topete. Según Yoya,
su época fue aquélla en que las
cortesanas se comportaban como señoras
y exigían un trato a la medida de su conducta.
Esta prostitución selectiva no requirió
siempre de burdeles en la acepción más
conocida de este término. El edificio Hermanas
Giralt, en la calle 23 en el Vedado, fue escenario
de citas galantes para este nivel de prostitución
muy selecto. Según Yoya existían
catálogos al alcance de clientes muy escogidos.
Una vez hecha la transacción, la cita tenía
lugar en un apartamento discreto y libre de toda
sospecha.
Bueno es decir que este edificio carecía
de connotaciones galantes. Era un espacio neutral
y anodino, aunque elegante y adecuadamente estético.
Para Yoya la prostitución, más
que un oficio o un medio de vida, era un arte.
Algo así como una terapia para varones
donde las cortesanas serían unas sicoterapeutas
muy especiales.
Yoya, que alcanzó a ver el desempeño
de las jineteras, decía que abarataban
y vulgarizaban el oficio. Me contó de una
de sus colegas que con el sudor de su cintura
pagó los estudios de sus dos hijos varones
nada menos que en La Salle. La señora residía
con los niños en el reparto La Sierra.
Lo hacía en forma recatada y discreta,
como corresponde a una atribulada viuda.
Entre los famosos a los que Yoya tuvo acceso
estuvo el escritor americano Ernest Hemingway.
Este, luego que conocía bíblicamente
a una cortesana, se hacía inmediatamente
su amigo y conseguía no pocas confesiones
que luego elaboraba literariamente.
Según Yoya, el tipo no fallaba cuando
tenía que echarle la mano a una puta en
desgracia. Era un hombre "muy especial",
al igual que otros ilustres de la Cámara
de Representantes y el Senado de aquella república.
Yoya se hacía recurrente para explicar
el porqué de esas actitudes. "Se trata
de que tenían clase y personalidad."
Ella fue muy amiga de Don Ramón Goizueta.
Este señor fue un personaje mítico
para el grupo de adolescentes que frecuentábamos
su casa, a partir de la amistad que nos unía
con sus hijos Willy y Miguel.
El viejo Moncho era un narrador natural, con
un conocimiento apabullante de su país
al que amaba con delirio. Don Ramón compartía
ese amor y ese respeto por la Habana galante,
a la que más de una generación de
cubanos sólo conoce por referencias.
Tanto Yoya como Moncho y otros muchos protagonistas
de aquella república partieron con la tristeza
de verla destruida. Ellos contribuyeron a conformar
la leyenda de esta hermosa ciudad que seguro sobrevivirá
la mala leche de sus angustiadores.
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