PRENSA INDEPENDIENTE
Julio 17, 2006

HISTORIA
La vieja Yoya

Juan González Febles

LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Yoya tenía mucho que contar, era vieja, dulce y sabia. La conocí en rol de abuela hace años. Me hubiera gustado haberla seguido en los otros roles que le tocó vivir. Pero para eso hubiera necesitado muchos más años que los que he vivido. Yoya se murió orgullosa de haber sido muy buena en el oficio que desempeñó. Yoya era puta.

Personalmente, me aireó algunos conceptos. Nunca fue revolucionaria, no le gustaba Fidel Castro. Ni en la proyección política ni en la humana. Nunca afirmó conocer personalmente al líder, pero nunca lo negó. Mantuvo sobre el tema la deliciosa ambigüedad con que recreó algunas de las más escabrosas vivencias de su oficio.

Yoya me abrió los ojos y me contó cómo era aquella Habana galante de la república. Supe que las prostitutas de aquella Habana compartían clase con los clientes que las frecuentaban. Que los grandes de la economía, la política y las artes de aquella república vivían y sentían en grande.

Según Yoya, tener o no tener clase marcaba más las diferencias de aquella sociedad que las posesiones materiales. Existían prostíbulos cuya puerta se franqueaba con clase más que con dinero. En algunos de estos templos del placer recibían mejor a Carlos Henríquez y a Ponce de León que a cualquier hacendado o colono mal educado.

No fueron pocos los adinerados rechazados por cortesanas de alto topete. Según Yoya, su época fue aquélla en que las cortesanas se comportaban como señoras y exigían un trato a la medida de su conducta.

Esta prostitución selectiva no requirió siempre de burdeles en la acepción más conocida de este término. El edificio Hermanas Giralt, en la calle 23 en el Vedado, fue escenario de citas galantes para este nivel de prostitución muy selecto. Según Yoya existían catálogos al alcance de clientes muy escogidos. Una vez hecha la transacción, la cita tenía lugar en un apartamento discreto y libre de toda sospecha.

Bueno es decir que este edificio carecía de connotaciones galantes. Era un espacio neutral y anodino, aunque elegante y adecuadamente estético.

Para Yoya la prostitución, más que un oficio o un medio de vida, era un arte. Algo así como una terapia para varones donde las cortesanas serían unas sicoterapeutas muy especiales.

Yoya, que alcanzó a ver el desempeño de las jineteras, decía que abarataban y vulgarizaban el oficio. Me contó de una de sus colegas que con el sudor de su cintura pagó los estudios de sus dos hijos varones nada menos que en La Salle. La señora residía con los niños en el reparto La Sierra. Lo hacía en forma recatada y discreta, como corresponde a una atribulada viuda.

Entre los famosos a los que Yoya tuvo acceso estuvo el escritor americano Ernest Hemingway. Este, luego que conocía bíblicamente a una cortesana, se hacía inmediatamente su amigo y conseguía no pocas confesiones que luego elaboraba literariamente.

Según Yoya, el tipo no fallaba cuando tenía que echarle la mano a una puta en desgracia. Era un hombre "muy especial", al igual que otros ilustres de la Cámara de Representantes y el Senado de aquella república.

Yoya se hacía recurrente para explicar el porqué de esas actitudes. "Se trata de que tenían clase y personalidad." Ella fue muy amiga de Don Ramón Goizueta. Este señor fue un personaje mítico para el grupo de adolescentes que frecuentábamos su casa, a partir de la amistad que nos unía con sus hijos Willy y Miguel.

El viejo Moncho era un narrador natural, con un conocimiento apabullante de su país al que amaba con delirio. Don Ramón compartía ese amor y ese respeto por la Habana galante, a la que más de una generación de cubanos sólo conoce por referencias.

Tanto Yoya como Moncho y otros muchos protagonistas de aquella república partieron con la tristeza de verla destruida. Ellos contribuyeron a conformar la leyenda de esta hermosa ciudad que seguro sobrevivirá la mala leche de sus angustiadores.


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