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SOCIEDAD
Rebeldes o vagabundos
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Julio (www.cubanet.org) - Cada
año que transcurre se ven más vagabundos
en la capital cubana. Están en todas partes,
pero sobre todo en lugares céntricos a
los que acude mucho público. Suman cientos.
Muchos son jóvenes de ambos sexos. Duermen
a la intemperie o en carros abandonados. Piden
dinero a los transeúntes para comer, no
se bañan, y algunos están enfermos.
En 1995 el periódico Juventud Rebelde
publicó un amplio reportaje sobre los vagabundos
habaneros, señalando que eran cerca de
trescientos, el 80 por ciento hombres y un 25
por ciento jóvenes; y aclaró, además,
que no se trataba de un fenómeno surgido
a raíz del período especial, sino
que existía desde mucho antes.
Es obvio que para el gobierno no es un problema
muy complejo. Al parecer, no hay solución.
Se quiere culpar a la familia como la única
responsable, pero no es cierto. Los departamentos
de asistencia social se sienten impotentes porque
no se les proporcionan las condiciones necesarias
ni siquiera para controlar que la situación
se agrave aún más.
En muchas ocasiones no se trata de dementes o
retrasados mentales cuya familia rechaza. La escasez
de viviendas que sufre el país influye
en gran medida. Otra razón es la falta
de atención en los asilos. Las mismas personas
que atienden estos centros alegan que muchos son
rebeldes y deciden fugarse porque prefieren una
vida libre y depender de sí mismos, aunque
sea pidiendo limosnas.
Cualquiera que contemple este miserable panorama
en Ciudad de La Habana puede preguntarse a cuánto
ascendería el presupuesto anual para lograr
que nuestra capital se vea libre de personas que
no tienen donde vivir.
Según datos publicados en la década
del noventa del siglo pasado, el gobierno invertía
más de l3 millones de pesos en la asistencia
social, y a través del Centro de Evaluación
y Clasificación para Deambulantes, los
pordioseros ingresaban en hospitales psiquiátricos,
hogares de ancianos, instituciones para personas
con retardo mental y algunos regresaban al seno
familiar. En la actualidad la cifra va en aumento,
a pesar de que nuestra Constitución ampara
a todas las personas necesitadas.
El Código Penal del país contempla
sanciones para aquellas familias que abandonan
menores, ancianos e incapacitados en la vía
pública. Según la fiscalía
que atiende los derechos ciudadanos en la provincia,
estas familias son sancionadas con privación
de libertad o multadas, pero no dice cómo
se sanciona a un gobierno que permite que este
mal se propague, sobre todo porque obtener el
ingreso en un hogar de ancianos es casi imposible.
No creo que se trate solamente de hábitos
callejeros, o que la calle los seduzca, como dicen
algunos. Habría que revisar el régimen
de vida de cada uno de estos asilos para saber
por qué son tantos los que no se sienten
a gusto en ellos y optan, dicen sus directores,
por darse a la fuga. ¿Es que acaso viven
en cautiverio?
Muchos vagabundos alegan, por ejemplo, que los
hogares de ancianos están hacinados, que
a pesar de tener una cama con colchón no
se puede dormir por la gritería, el desorden
y la mala convivencia. También se quejan
de la alimentación, mal elaborada y muy
poca. Son razones a analizar.
Es posible que estén necesitados, sobre
todo, de privacidad y de tranquilidad, y eso lo
obtienen cuando se acuestan a dormir de madrugada
en cualquier apartado rincón de la ciudad.
Seguramente el mal radica en los hogares de ancianos.
Ni son suficientes ni son bien aceptados. Si estos
cubanos prefieren entonces el cielo y las estrellas
como techo, si cambian una ducha y una cama por
su independencia, por su libertad, creo que pueden
ser comprendidos.
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