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SOCIEDAD
De como un empatador de correa fue nombrado embajador
Richard Roselló
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Esta
anécdota viene desde la "Cenicienta
de Cuba", la más occidental de nuestras
provincias: Pinar del Río. Tierra sometida
durante siglos a la pobreza y frenada en su desarrollo.
Pero sin dudas, donde se siembra el mejor tabaco
del mundo. Y hoy una de las regiones de más
atracción turística del país
por sus paisajes exóticos. Aunque en verdad,
también donde se escuchan las cosas más
descabelladas de la isla.
Empecemos por el pie forzado que originó
esta historia pinareña según me
cuenta un amigo de Joseíto, el investido
embajador.
Comenta que una de estas mañanas hogareñas
Joseíto reparaba un motor de la fábrica
cuando tocaron a la puerta de su casa. Era el
jefe del Complejo Agroindustrial de Azúcar,
Central Sanguily, del municipio San Cristóbal,
donde Joseíto laboraba hace más
de treinta años.
El jefe traía apuros, nos señala
el entrevistado. Y no era para menos. En el central
se había producido una leve pero inquietante
rotura. Una de las correas del molino que mueve
la caña para obtener el guarapo se había
partido.
Lo cierto es que la presencia de Joseíto
se hacía imprescindible. Y allí
el jefe le dio instrucciones precisas para su
rápido arreglo. De inmediato telefoneó
a su secretaria a la oficina del Complejo para
comunicarle que en horas tempranas de la mañana
siguiente el "empatador de correa" iba
a visitar la instalación, por lo que todos
deberían estar en su lugar para ser recibido.
Pero algo se interpuso en el camino de ese episodio
industrial. Dicha secretaria, a pocas horas de
obtener unas merecidas vacaciones en la playa
por el fin de la zafra azucarera, parece que estaba
sumergida en las aguas de la distracción.
Tanto, que su versión no contrastó
con la ofrecida por el jefe. De cualquier manera,
quién lo duda. El Embajador de Corea en
persona. El chinito de Pyongyang, o de donde fuera,
llegaría mañana. Tal vez con una
amplia comisión diplomática, escoltado
por un centenar de autos oficiales del gobierno,
pudo haberse imaginado la asistente.
Lo cierto es que el tiempo era corto y el Central
Sanguily ardía en orgullo.
Nada de reuniones formalistas. Un equipo de dirigentes
del central fue puesto al corriente de la situación,
aunque a espaldas del director. A cada uno se
le dio responsabilidades.
Ese día, cuando caía la tarde,
ya los jardines habían sido chapeados en
un tiempo récord. Se recogió la
chatarra, la basura y se pintaron aceras y árboles
con cal. El mural de la instalación fue
actualizado. Se cambiaron cerraduras en puertas,
cristales en ventanas y manteles en el comedor;
mientras que los cocineros lucían impolutos
uniformes con sus gorras, recién estrenados.
El menú de la cocina se reforzó
en proteínas. Decenas de pollos fueron
sacrificados. Frijoles y postre estaban listos
para la siguiente mañana.
Se orientó a cada obrero venir con ropa
limpia, incluyendo su casco de protección.
De haberse avisado a tiempo un grupo de pioneros
haría el recibimiento. No obstante, el
récord de movilización superó
las expectativas para recibir al embajador de
Corea.
Pero lejos de allí, llegaban a los oídos
de Joseíto rumores de fiestas en el central.
Al levantarse los primeros rayos del sol, el hombre,
como de costumbre había llegado puntual
al Complejo. Con el overol zurrapiento en grasa
y sobre una bicicleta que transportaba su caja
de herramientas, el empatador de correa oriundo
de la Candelaria criolla penetró al Central
pasando delante de un inadvertido grupo de obreros
y dirigentes para cumplir un sagrado deber.
Minutos después llegaba el director en
jefe. Nada menos que para recibir la novedad del
malentendido producido por un dislate pinareño.
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