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CULTURA
Lisandro Otero y su último caudillo
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Vagaba
entre los vendedores de libros usados de la Plaza
de Armas cuando, en medio de la llovizna, el viento
invernal me trajo su voz redonda.
En un viejo portal colonial convertido en salón
de conferencias, en la confluencia de las calles
Tacón y O'Reilly, disertaba Lisandro Otero.
Con abrigo londinense y gorra estilo bolchevique,
leía y comentaba fragmentos de algunas
de sus más conocidas novelas.
El escritor y periodista era el invitado del
mes de enero de Libro a la Carta, un programa
que auspician el Ateneo de Teoría y Crítica
Literaria y el Instituto Cubano del Libro.
Por supuesto, tomé asiento y me quedé.
No todas las tardes tiene uno la suerte de toparse
con un autor favorito leyendo su obra con su propia
voz.
La escasa concurrencia contribuía a hacer
el encuentro más cercano y personalizado.
Casi como una charla entre amigos, rociada con
tragos, en una tarde fría y lluviosa. Sin
agentes visibles. Al menos, no de modo notorio.
Lisandro Otero nos deleitó con la lectura
de textos antológicos y otros aún
inéditos de su novela en preparación,
El Fuego Interrumpido.
En medio de la charla, abordó el tema
de los caudillos en la historia cubana. Sobre
la trágica fascinación que para
nuestro mal siempre han ejercido sobre nosotros.
El tema prometía.
De pronto, para mi sorpresa, Otero, como quien
cierra la puerta de una habitación revisada,
sentenció: "Grau fue el último
de nuestros caudillos"
Coito interrupto
Luego de tiburones, mayorales y generales, vaya
colofón para nuestros caudillos. ¡Sin
fusta, diluvio postrero ni tiro en el directo!
Ramón Grau San Martín, que una
vez fue una gran esperanza, escribiendo en exclusiva
para Otero el epílogo de los caudillos.
Benevolentemente cínico, haciendo el pollito
y repartiendo dulces para todos. Esmirriado, paseando
en short por la playa con la escultural Lina Salomé.
Sin el caballo a la vista. Sin hundimientos insulares
en el mar previsibles a mediano o largo plazo.
Un final demasiado feliz para ser posible.
Lisandro Otero obvió la apoteosis cubana
del caudillo. Sumido en el año 47 de la
revolución de Fidel Castro, no logro comprender
la visión caudillística de la historia
cubana del escritor.
Suponiendo a Eduardo Chibás un profeta
trunco, ¿Qué será entonces
el Comandante en Jefe para Lisandro Otero? ¿Acaso
el Mesías definitivo y definitorio al que
más de medio siglo no le han bastado para
lograr la redención humana?
Como Luis Dascal, el personaje de su trilogía,
Lisandro Otero sigue envuelto en contradicciones.
Ambos, sin renegar y prohibiéndose las
dudas, montaron en el carro de la revolución,
decididos a ser uno más. En perenne expiación
de su pasado pequeño burgués, aspirantes
a la salvación, excluidos de la raza de
los capitanes y su mundo de bizarrías.
Doloroso proceso. La lectura de temporada de
Ángeles y El árbol de la vida arranca
amargas interrogantes sobre el destino del hombre
inmerso en la revolución. Lo mismo la de
Oliver Cromwell que la de Fidel Castro.
Me cuesta mucho asociar a Lisandro Otero con
la violencia como partera de la historia. Como
intelectual de los buenos, lo veo más próximo
al natural impulso humano hacia la cordura y el
equilibrio. Es probable que, a solas con la almohada,
se cuestione si en definitiva, más que
Lenin o Sorel, no tendría Edmund Burke
buena parte de la razón.
Con motivo de la presentación de Lisandro
Otero se produjo el lanzamiento de su libro Tiempo
de Cambio, Ideología y Revolución
en nuestra época. En una recopilación
de sus más recientes trabajos periodísticos
se propuso explicarnos el mundo de hoy. Difícil
tarea. Lo sigo prefiriendo como novelista.
Especialmente desechable es el último
capítulo, Rebelión en el paraíso.
Como por encargo de La Jiribilla. Dudo que Otero
se crea de veras lo de "la oposición
interna constituida por fantoches del imperialismo
sin un proyecto alternativo serio".
Para tranquilidad de comisarios y mandarines,
arropado en premios y distinciones, lejos de disidencias,
el escritor duerme en casa y el reloj marca la
hora de la conformidad.
Al terminar la conferencia, el colega González
Febles le reiteró la pregunta a Lisandro
Otero: ¿Considera que Grau fue el último
caudillo?
Parapetado tras el micrófono, el escritor
asintió enfático. Sentí pena
por él. Creí ver en sus ojos el
temor del que se siente acechado. Deseo poderle
escuchar algún día el nombre del
último caudillo.
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