PRENSA INDEPENDIENTE
Enero 27, 2006
 

CULTURA
Lisandro Otero y su último caudillo

Luis Cino

LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Vagaba entre los vendedores de libros usados de la Plaza de Armas cuando, en medio de la llovizna, el viento invernal me trajo su voz redonda.

En un viejo portal colonial convertido en salón de conferencias, en la confluencia de las calles Tacón y O'Reilly, disertaba Lisandro Otero. Con abrigo londinense y gorra estilo bolchevique, leía y comentaba fragmentos de algunas de sus más conocidas novelas.

El escritor y periodista era el invitado del mes de enero de Libro a la Carta, un programa que auspician el Ateneo de Teoría y Crítica Literaria y el Instituto Cubano del Libro.

Por supuesto, tomé asiento y me quedé. No todas las tardes tiene uno la suerte de toparse con un autor favorito leyendo su obra con su propia voz.

La escasa concurrencia contribuía a hacer el encuentro más cercano y personalizado. Casi como una charla entre amigos, rociada con tragos, en una tarde fría y lluviosa. Sin agentes visibles. Al menos, no de modo notorio.

Lisandro Otero nos deleitó con la lectura de textos antológicos y otros aún inéditos de su novela en preparación, El Fuego Interrumpido.

En medio de la charla, abordó el tema de los caudillos en la historia cubana. Sobre la trágica fascinación que para nuestro mal siempre han ejercido sobre nosotros. El tema prometía.

De pronto, para mi sorpresa, Otero, como quien cierra la puerta de una habitación revisada, sentenció: "Grau fue el último de nuestros caudillos"…Coito interrupto…

Luego de tiburones, mayorales y generales, vaya colofón para nuestros caudillos. ¡Sin fusta, diluvio postrero ni tiro en el directo!

Ramón Grau San Martín, que una vez fue una gran esperanza, escribiendo en exclusiva para Otero el epílogo de los caudillos. Benevolentemente cínico, haciendo el pollito y repartiendo dulces para todos. Esmirriado, paseando en short por la playa con la escultural Lina Salomé. Sin el caballo a la vista. Sin hundimientos insulares en el mar previsibles a mediano o largo plazo.

Un final demasiado feliz para ser posible.

Lisandro Otero obvió la apoteosis cubana del caudillo. Sumido en el año 47 de la revolución de Fidel Castro, no logro comprender la visión caudillística de la historia cubana del escritor.

Suponiendo a Eduardo Chibás un profeta trunco, ¿Qué será entonces el Comandante en Jefe para Lisandro Otero? ¿Acaso el Mesías definitivo y definitorio al que más de medio siglo no le han bastado para lograr la redención humana?

Como Luis Dascal, el personaje de su trilogía, Lisandro Otero sigue envuelto en contradicciones. Ambos, sin renegar y prohibiéndose las dudas, montaron en el carro de la revolución, decididos a ser uno más. En perenne expiación de su pasado pequeño burgués, aspirantes a la salvación, excluidos de la raza de los capitanes y su mundo de bizarrías.

Doloroso proceso. La lectura de temporada de Ángeles y El árbol de la vida arranca amargas interrogantes sobre el destino del hombre inmerso en la revolución. Lo mismo la de Oliver Cromwell que la de Fidel Castro.

Me cuesta mucho asociar a Lisandro Otero con la violencia como partera de la historia. Como intelectual de los buenos, lo veo más próximo al natural impulso humano hacia la cordura y el equilibrio. Es probable que, a solas con la almohada, se cuestione si en definitiva, más que Lenin o Sorel, no tendría Edmund Burke buena parte de la razón.

Con motivo de la presentación de Lisandro Otero se produjo el lanzamiento de su libro Tiempo de Cambio, Ideología y Revolución en nuestra época. En una recopilación de sus más recientes trabajos periodísticos se propuso explicarnos el mundo de hoy. Difícil tarea. Lo sigo prefiriendo como novelista.

Especialmente desechable es el último capítulo, Rebelión en el paraíso. Como por encargo de La Jiribilla. Dudo que Otero se crea de veras lo de "la oposición interna constituida por fantoches del imperialismo sin un proyecto alternativo serio".

Para tranquilidad de comisarios y mandarines, arropado en premios y distinciones, lejos de disidencias, el escritor duerme en casa y el reloj marca la hora de la conformidad.

Al terminar la conferencia, el colega González Febles le reiteró la pregunta a Lisandro Otero: ¿Considera que Grau fue el último caudillo?

Parapetado tras el micrófono, el escritor asintió enfático. Sentí pena por él. Creí ver en sus ojos el temor del que se siente acechado. Deseo poderle escuchar algún día el nombre del último caudillo.


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