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SOCIEDAD
Los tambores de la guerra
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - En
nuestro país se escuchan de nuevo los tambores
de la guerra. El Máximo Jefe ordena marchar,
otra vez se ponen en fila sus cohortes. Esta vez
el grito lleva el nombre de Posada Carriles. También
lo ha utilizado como menú principal en
sus últimas convocatorias. ¿Será
que ya no le funciona muy bien el llamado nacionalista?
Parece que aquello del enemigo amenazador ya no
es suficiente, y tiene que recurrir al expediente
de utilizar como elemento movilizador la figura
de un hombre demonizado por la propaganda castrista.
Posada Carriles es culpado por el gobierno de
la isla de la comisión de horrendos crímenes.
El forma parte de una generación que no
pidió ni dio cuartel en la lucha contra
el comunismo. Eran otros tiempos, tiempos duros,
y los bandos en conflicto muchas veces no se detuvieron
ante nada. ¿Quién en Cuba o en cualquier
otro lugar del mundo puede estar de acuerdo con
el sabotaje de un avión civil en pleno
vuelo, voladura que causó la muerte de
decenas de jóvenes deportistas?
Posada Carriles fue detenido en Estados Unidos,
en un país democrático, en un estado
de derecho, por lo tanto, no al gusto del sumo
déspota cubano. El quiere venganza, no
entiende que Posada Carriles, en el mundo libre,
es un hombre inocente mientras no se pruebe lo
contrario.
El usa al señor Carriles, lo utiliza desenfadadamente
para presionar al gobierno de Estados Unidos.
El obliga a miles de cubanos a desfilar frente
al edificio de la Oficina de Intereses de ese
país en La Habana. Ya mucha gente en Cuba
no cree en el cuento del próximo ataque
norteamericano, necesita a Posada para que la
gente acuda a su llamado.
Otra vez, para vergüenza nuestra, acudió
la gente. Otra vez se marchó por el hermoso
Malecón habanero gritando insultos, pidiendo
que se juzgue al "terrorista", lanzando
absurdas consignas. Así la gente se olvida
un poco de la fracasada revolución energética
que comenzó con postes ardiendo, transformadores
explotando, cables caídos. Un vecino, con
esa gracia de nuestros compatriotas, con esa facultad
para reír de las desgracias, dijo desde
su balcón cuando empezaron a estallar los
transformadores: "Ves, ya empezó la
revolución", y luego de una pausa,
con una sonrisa entre escéptica y socarrona:
¿Quién ha visto una revolución
sin explosiones y sin incendios? Mientras, en
justa protesta de los elementos y la técnica
contra el disparate, comenzaban a arder los postes
como antorchas y a caer los cables eléctricos
en una verdadera sinfonía de estallidos
y chispas.
Así la gente no piensa en su escasa y
monótona mesa, en sus aburridos y pobres
platos, recetados por el máximo cocinero.
Así olvida las guaguas asfixiantes e insuficientes,
propiedad del máximo chofer.
La gente bailó al son de la flauta del
máximo músico, rumbo al mar, con
los ojos cerrados, pero sobre todo con el corazón
y la mente cerrados. Llevaban banderas en las
manos, iban vestidos por la ropa que les da el
máximo costurero. Los heraldos vocearon
las consignas coreadas por la multitud, una especie
de mantra sicodélicos, histérico
y confuso, para que los ilotas olviden sus casas
a oscuras, sus techos derruidos, sus ventanas
rotas.
Pobre pueblo que no dice basta y cierra filas
y abuchea a su máximo verdugo. Una sola
rechifla, una trompetilla abisal, profunda, cargada
de toda nuestra capacidad de burla, que lo borre
de pronto. No hace falta la luz cegadora ni el
disparo de nieve de su juglar mayor. Una trompetilla
auténtica y cubana que lo borre, que limpie
de una carcajada toda su parafernalia, que lo
haga desaparecer para siempre.
Bastaría un no, salido del fondo de los
corazones. En un libro que leí no hace
mucho, "El caballero ilustrado", escrito
por un cubano de la Isla, el protagonista descubre,
cuando el régimen despótico que
rige su país está derrumbándose,
al poder, representado por un Sumo Camaleón,
agazapado, tembloroso, escondido debajo de una
cama, solo y abandonado por todos, y se pregunta:
"¿Esa cosa temblorosa es el poder?
¿Ese que tiembla y pide clemencia fue el
que nos tuvo en un puño, ése era
el dueño de nuestras vidas y de nuestra
muerte?"
Un día, Dios así lo quiera, los
cubanos descubriremos que ése que era señor
de vida y muerte, ése que determina lo
que comemos, lo que vestimos, lo que hablamos,
lo que leemos, lo que vivimos y cómo morimos,
no es nada. Sólo hay que decir NO.
Este pueblo marchará de nuevo, ¿cuántas
veces más? y gritará consignas y
pedirá que se juzgue a Posada Carriles
o cualquier otra cosa que se le ocurra al máximo
inventor. Nuestro Sumo Camaleón sonreirá
satisfecho de su poder, mirará prepotente
al edificio de la SINA, y sentirá que es
un hombre poderoso. Luego, con aire de guapo de
barrio, reprochará a sus acólitos
algún detalle descuidado. Pero él
sabe que eso no es eterno, se le están
agotando las consignas y los pretextos. Hay una
generación joven que le mira ya con desconfianza.
Lo sabe, e imagina en su mente nuevas jugadas,
nuevos ardides para comprometerla, para uncirla
al yugo. El ha leído la duda en sus ojos,
en la mirada sin miedo de la juventud.
La flauta funcionó de nuevo. Una vez más
el pueblo cubano, manipulado o cómplice,
oportunista o convencido, temeroso o compulsado,
engañado o legionario desfiló por
el Malecón, atronaron los tambores, se
escucharon las consignas. El jefe se acarició
el hombro y sonrió satisfecho. Al frente
marcharon sus talibanes, el hombre nuevo, sus
recién juramentados corifeos. Esta vez
tuvo que subir la parada, más carteles,
más potencia de audio, más policías
-de uniforme y de civil-, más gritos y
niños histéricos, talibancitos desmedrados
y fuera de sí lanzaban al aire frases aprendidas
de memoria.
Faltaban algunos de sus viejos correligionarios.
¿Dónde estarán? A quién
le importa, nadie les extrañará,
como nadie extrañará un día
a sus nuevos seguidores, como nadie extrañará
un día sus puestas en escena, sus discursos
armagedónicos, su viejo gobierno de difuntos,
cuando esos mismos jóvenes que lo miran
hoy con cierta duda, con esa sonrisa enigmática
que tanto le molesta, lo manden con su música
a otra parte. No falta mucho. Arriba todo parece
tranquilo, pero ya se escuchan extraños
ruidos bajo tierra, ya se estremece el subsuelo,
y él lo sabe.
Bastará un NO bien grande, una gran trompetilla
en uno de esos desfiles, una carcajada, siempre
el mejor detente contra los demonios, siempre
el mejor conjuro contra el Adversario. Una gran
carcajada que lo borre de pronto, que le haga
desaparecer para siempre.
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