PRENSA INDEPENDIENTE
Enero 26, 2006
 

SOCIEDAD
Los tambores de la guerra

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - En nuestro país se escuchan de nuevo los tambores de la guerra. El Máximo Jefe ordena marchar, otra vez se ponen en fila sus cohortes. Esta vez el grito lleva el nombre de Posada Carriles. También lo ha utilizado como menú principal en sus últimas convocatorias. ¿Será que ya no le funciona muy bien el llamado nacionalista? Parece que aquello del enemigo amenazador ya no es suficiente, y tiene que recurrir al expediente de utilizar como elemento movilizador la figura de un hombre demonizado por la propaganda castrista.

Posada Carriles es culpado por el gobierno de la isla de la comisión de horrendos crímenes. El forma parte de una generación que no pidió ni dio cuartel en la lucha contra el comunismo. Eran otros tiempos, tiempos duros, y los bandos en conflicto muchas veces no se detuvieron ante nada. ¿Quién en Cuba o en cualquier otro lugar del mundo puede estar de acuerdo con el sabotaje de un avión civil en pleno vuelo, voladura que causó la muerte de decenas de jóvenes deportistas?

Posada Carriles fue detenido en Estados Unidos, en un país democrático, en un estado de derecho, por lo tanto, no al gusto del sumo déspota cubano. El quiere venganza, no entiende que Posada Carriles, en el mundo libre, es un hombre inocente mientras no se pruebe lo contrario.

El usa al señor Carriles, lo utiliza desenfadadamente para presionar al gobierno de Estados Unidos. El obliga a miles de cubanos a desfilar frente al edificio de la Oficina de Intereses de ese país en La Habana. Ya mucha gente en Cuba no cree en el cuento del próximo ataque norteamericano, necesita a Posada para que la gente acuda a su llamado.

Otra vez, para vergüenza nuestra, acudió la gente. Otra vez se marchó por el hermoso Malecón habanero gritando insultos, pidiendo que se juzgue al "terrorista", lanzando absurdas consignas. Así la gente se olvida un poco de la fracasada revolución energética que comenzó con postes ardiendo, transformadores explotando, cables caídos. Un vecino, con esa gracia de nuestros compatriotas, con esa facultad para reír de las desgracias, dijo desde su balcón cuando empezaron a estallar los transformadores: "Ves, ya empezó la revolución", y luego de una pausa, con una sonrisa entre escéptica y socarrona: ¿Quién ha visto una revolución sin explosiones y sin incendios? Mientras, en justa protesta de los elementos y la técnica contra el disparate, comenzaban a arder los postes como antorchas y a caer los cables eléctricos en una verdadera sinfonía de estallidos y chispas.

Así la gente no piensa en su escasa y monótona mesa, en sus aburridos y pobres platos, recetados por el máximo cocinero. Así olvida las guaguas asfixiantes e insuficientes, propiedad del máximo chofer.

La gente bailó al son de la flauta del máximo músico, rumbo al mar, con los ojos cerrados, pero sobre todo con el corazón y la mente cerrados. Llevaban banderas en las manos, iban vestidos por la ropa que les da el máximo costurero. Los heraldos vocearon las consignas coreadas por la multitud, una especie de mantra sicodélicos, histérico y confuso, para que los ilotas olviden sus casas a oscuras, sus techos derruidos, sus ventanas rotas.

Pobre pueblo que no dice basta y cierra filas y abuchea a su máximo verdugo. Una sola rechifla, una trompetilla abisal, profunda, cargada de toda nuestra capacidad de burla, que lo borre de pronto. No hace falta la luz cegadora ni el disparo de nieve de su juglar mayor. Una trompetilla auténtica y cubana que lo borre, que limpie de una carcajada toda su parafernalia, que lo haga desaparecer para siempre.

Bastaría un no, salido del fondo de los corazones. En un libro que leí no hace mucho, "El caballero ilustrado", escrito por un cubano de la Isla, el protagonista descubre, cuando el régimen despótico que rige su país está derrumbándose, al poder, representado por un Sumo Camaleón, agazapado, tembloroso, escondido debajo de una cama, solo y abandonado por todos, y se pregunta: "¿Esa cosa temblorosa es el poder? ¿Ese que tiembla y pide clemencia fue el que nos tuvo en un puño, ése era el dueño de nuestras vidas y de nuestra muerte?"

Un día, Dios así lo quiera, los cubanos descubriremos que ése que era señor de vida y muerte, ése que determina lo que comemos, lo que vestimos, lo que hablamos, lo que leemos, lo que vivimos y cómo morimos, no es nada. Sólo hay que decir NO.

Este pueblo marchará de nuevo, ¿cuántas veces más? y gritará consignas y pedirá que se juzgue a Posada Carriles o cualquier otra cosa que se le ocurra al máximo inventor. Nuestro Sumo Camaleón sonreirá satisfecho de su poder, mirará prepotente al edificio de la SINA, y sentirá que es un hombre poderoso. Luego, con aire de guapo de barrio, reprochará a sus acólitos algún detalle descuidado. Pero él sabe que eso no es eterno, se le están agotando las consignas y los pretextos. Hay una generación joven que le mira ya con desconfianza. Lo sabe, e imagina en su mente nuevas jugadas, nuevos ardides para comprometerla, para uncirla al yugo. El ha leído la duda en sus ojos, en la mirada sin miedo de la juventud.

La flauta funcionó de nuevo. Una vez más el pueblo cubano, manipulado o cómplice, oportunista o convencido, temeroso o compulsado, engañado o legionario desfiló por el Malecón, atronaron los tambores, se escucharon las consignas. El jefe se acarició el hombro y sonrió satisfecho. Al frente marcharon sus talibanes, el hombre nuevo, sus recién juramentados corifeos. Esta vez tuvo que subir la parada, más carteles, más potencia de audio, más policías -de uniforme y de civil-, más gritos y niños histéricos, talibancitos desmedrados y fuera de sí lanzaban al aire frases aprendidas de memoria.

Faltaban algunos de sus viejos correligionarios. ¿Dónde estarán? A quién le importa, nadie les extrañará, como nadie extrañará un día a sus nuevos seguidores, como nadie extrañará un día sus puestas en escena, sus discursos armagedónicos, su viejo gobierno de difuntos, cuando esos mismos jóvenes que lo miran hoy con cierta duda, con esa sonrisa enigmática que tanto le molesta, lo manden con su música a otra parte. No falta mucho. Arriba todo parece tranquilo, pero ya se escuchan extraños ruidos bajo tierra, ya se estremece el subsuelo, y él lo sabe.

Bastará un NO bien grande, una gran trompetilla en uno de esos desfiles, una carcajada, siempre el mejor detente contra los demonios, siempre el mejor conjuro contra el Adversario. Una gran carcajada que lo borre de pronto, que le haga desaparecer para siempre.


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