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RELIGION
La semilla en el surco
Oscar Espinosa Chepe
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - La
histórica visita del Papa Juan Pablo II
a Cuba cumple ocho años. Efectuada entre
el 21 y el 25 de enero de 1998, fue un acontecimiento
que conmovió los cimientos de la sociedad
cubana. Como nunca antes en decenios, plazas y
calles se llenaron de multitudes espontáneas
para vitorear y escuchar con atención un
mensaje distinto al repetido en Cuba durante años.
Palabras dirigidas a toda la población
sin excepción: católicos y no católicos,
creyentes y no creyentes, gobernantes y gobernados.
Sus ideas, con sumo afecto llamaban a la unidad
de todos los cubanos, incluidos los residentes
en el exterior, a reconciliarse y buscar un programa
de convivencia nacional después de tantos
años de drama y fraccionamiento.
El llamado de Su Santidad a no tener miedo en
modo alguno auspicia la discordia. Por lo contrario,
convoca a la convivencia, porque como señaló,
"la liberación no se reduce a los
aspectos sociales y políticos, sino que
encuentra su plenitud en el ejercicio de la libertad
de conciencia, base y fundamento de los otros
derechos humanos".
No menos importante fue su exhortación
a los cubanos para que seamos "los protagonistas
de nuestra historia", basándonos en
nuestras tradiciones y rico legado cristiano,
patrimonio de creyentes y no creyentes. ¿Acaso
las normas de convivencia heredadas y practicadas
por siglos en nuestro suelo no tienen una fuerte
base cristiana? ¿Acaso nuestros días
de celebración no tienen una íntima
relación con el cristianismo? ¿Acaso
nuestra forma de pensar no está relacionada
directamente con las enseñanzas de Félix
Varela y José de la Luz y Caballero, que
alcanzaron su cúspide en José Martí?
El Sucesor de San Pedro también nos convocó
al compromiso con nuestro tiempo, cuando dijo
que fuéramos "los protagonistas de
nuestra historia". Con palabras afectuosas
y suaves, pero no menos enérgicas, nos
llamó a reflexionar sobre este importante
asunto.
La cruz cristiana es un símbolo de sacrificio,
no de idolatría. Cristo fue al suplicio
para salvar al hombre. Así también
en la época de los emperadores romanos
los cristianos fueron perseguidos y torturados
con saña por lo que representaban de libertad
y ejemplo de abnegación en la tierra.
El Papa exhortó a "promover esfuerzos
en vista de la reinserción social de la
población penitenciaria. Esto es un gesto
de alta humanidad, y es una semilla de reconciliación
que honra a la autoridad que la promueve, y fortalece
también la convivencia pacífica
en el país". Además, indicó
que "el sufrimiento no es sólo de
carácter físico, como puede ser
la enfermedad. Existe también el sufrimiento
del alma, como el que padecen los segregados,
los perseguidos, los encarcelados por diversos
delitos o por razones de conciencia, por ideas
pacíficas aunque discordantes. Estos últimos
sufren el aislamiento y una pena por la que sus
conciencias no los condena, mientras desean incorporarse
a la vida activa con espacios donde puedan expresar
y proponer sus opiniones con respeto y tolerancia".
Lamentablemente, estas nobles y dignas palabras,
fundamentalmente dirigidas a quienes pudieran
modificar la situación que las provoca,
todavía parecen no haber sido escuchadas.
La proclamación del Santo Padre de "que
Cuba se abra al mundo con todas sus magníficas
posibilidades, y el mundo se abra a Cuba",
tampoco parece ser tenida en cuenta por las autoridades
ni por aquéllos que desde el exterior mantienen
posiciones dogmáticas e inmovilistas, que
en la práctica sólo favorecen a
la tozudez oficial.
Juan Pablo II fue muy explícito al condenar
el estatismo y los sistemas ideológicos
que "con frecuencia han potenciado el enfrentamiento
como método, ya que contenían en
sus programas los gérmenes de la oposición
y la desunión". Así también
llamó a que el Estado, "lejos de todo
fanatismo o secularismo extremo, debe promover
un sereno clima social y una legislación
adecuada que permita a cada persona y a cada confesión
religiosa vivir libremente su fe, expresarla en
los ámbitos de la vida pública y
contar con los medios y espacios suficientes para
aportar a la vida nacional sus riquezas espirituales,
morales y cívicas".
Resultó de suma importancia su planteamiento
de que "resurge en varios lugares una forma
de neoliberalismo capitalista que subordina la
persona humana y condiciona el desarrollo de los
pueblos a las fuerzas ciegas del mercado, gravando
desde sus centros de poder a los países
menos favorecidos con cargas insoportables
De ese modo se asiste en el concierto de las naciones
al enriquecimiento exagerado de unos pocos, a
costa del empobrecimiento creciente de muchos,
de forma que los ricos son cada vez más
ricos y los pobres cada vez más pobres".
Para resolver estos fenómenos, la fórmula
papal establece que "hay que recorrer un
camino de reconciliación, de diálogo
y de acogida fraterna del prójimo, de todo
prójimo, esto se puede llamar el evangelio
social de la Iglesia". Sin duda alguna, esta
concepción puede ser acogida por todo hombre
de buena voluntad, sea creyente o no.
De los pronunciamientos vertidos por el Santo
Padre en Cuba podrían escribirse tratados,
debido a la enorme riqueza conceptual que brota
de los mismos. En estos momentos, cuando en Cuba
se desarrolla y profundiza la transición
en la mente y el alma del pueblo, el deseo de
cambiar la terrible situación nacional
y construir una sociedad "con todos y para
el bien de todos", es necesario seguir meditando
sobre el enorme tesoro que nos dejó el
Peregrino del Amor, la Verdad y la Esperanza.
Su mensaje brinda claves precisas e infalibles
para resolver la crisis que martiriza la patria
desde hace tantos años.
La semilla que depositó en el cubano ya
ha brotado. El árbol de amor y reconciliación
que empieza poco a poco a crecer debemos cuidarlo.
El nos dará los frutos de paz, felicidad
y prosperidad que todos añoramos.
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