PRENSA INDEPENDIENTE
Enero 16, 2006
 

SOCIEDAD
El nacionalismo radical cubano (III y final)

Raúl Soroa

LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Con la huída de Batista, los cubanos creyeron que el país retornaba al camino democrático interrumpido en 1952. Pensaron que moría la dictadura, sin percatarse de que terminaba de fenecer la República. Lo que surgió después de 1959 y se reglamentó en 1976, a través de una "constitución" no fue más una República, al no cumplir con los parámetros establecidos para ser calificada como tal.

El discurso radical, grato a los oídos de muchas personas y tan parecido al escuchado durante mucho tiempo en Cuba, no dejó ver el alcance real de lo que estaba ocurriendo. El discurso radical, escuchado con fuerza y repetido por diferentes actores políticos desde 1933, confundió a la sociedad y debilitó sus defensas frente al totalitarismo.

Batista dejaba tras de sí un país en quiebra política, con las instituciones debilitadas y fragmentadas. Por otra parte, la economía del país comenzaba a diversificarse, la desaparición del monocultivo parecía cuestión de tiempo, el capital norteamericano volvía a fluir hacia Cuba. Durante la década de 1950 el turismo creció significativamente, se actualizaban las técnicas de crianza del ganado en Camagüey, sentándose las bases de una modernización importante en ese renglón. Existía un acelerado desarrollo de los medios de comunicación y de la publicidad, se cultivaban frutas y hortalizas para un mercado norteamericano en crecimiento, la industria fabricaba unos 10 mil productos, existía un denso tejido comercial demás de un comercio por millar de habitantes. El ingreso per cápita era un tercio mayor que el de Chile y el doble que el de España. Cuba era el tercer país en Latinoamérica, tras Uruguay y Argentina, el nivel de distribución del ingreso estaba entre los mejores del continente, junto a Costa Rica y Uruguay.

Existían diferencias entre la ciudad y el campo, no se había eliminado el latifundio y la economía requería una mayor diversificación, pero existían los medios económicos y humanos y, sobre todo, la voluntad nacional de solucionar esos problemas. Ante la Cuba de los 60 se abría, sin dudas, un futuro promisorio.

Ese es, grosso modo, el país que los revolucionarios del 59 encuentran al arribar al poder. La consigna que unificó a la resistencia contra Batista -la restauración de la Constitución de 1940- no era simplemente un llamado a restaurar la Cuba anterior al golpe de estado. Simbolizaba los ideales de democracia y de una administración pública honesta que los gobiernos anteriores no habían logrado satisfacer del todo.

Las estructuras que podían haber limitado el radicalismo y la intransigencia de los nuevos revolucionarios encabezados por Fidel Castro estaban seriamente debilitados y apenas se sostenían. Así, el 1 de enero de 1959 Fidel Castro, el Movimiento 26 de Julio y el Ejército Rebelde eran considerados los liberadores de Cuba y gozaban del apoyo de casi todos los cubanos. No habían alcanzado la victoria por sí solos, pero el desarrollo de la lucha los había convertido en un elemento indispensable para el triunfo.


Había sido la lucha armada la que había puesto fin a la dictadura. Las fuerzas sociales que daban cuerpo a la corriente reformista, la clase media, los industriales, los sectores privilegiados de la clase obrera no tenían una dirección política independiente. Carecían de recursos propios para encauzar el fervor popular hacia una transformación reformista, no radical. Sus organizaciones estaban divididas. La gran mayoría de los industriales, colonos y hacendados apoyaron resueltamente al 26 en los primeros meses del 59. Aunque algunos recelaron de la promulgación de la reforma agraria prefirieron esperar el curso de los acontecimientos.

Según el certero análisis que realiza Carlos Alberto Montaner en su libro Cuba: un siglo de doloroso aprendizaje: "El país carecía de una masa crítica de ciudadanos provistos de una visión jurídica y moral capaz de defender el estado de derecho. No había partidos políticos organizados. El Poder Judicial carecía de prestigio, y fue destruido y rehecho al antojo de los nuevos gobernantes. Sindicatos, colegios profesionales, claustros universitarios cayeron sin pena ni gloria".

El día 3 de enero de 1959 el Gobierno Revolucionario se estableció en la biblioteca de la Universidad de Oriente, y comenzó a ejercer sus funciones. En horas de la tarde, en el salón de la biblioteca, engalanado con las banderas de las repúblicas americanas, presidido por el presidente de la República y con la participación de personalidades de diferentes países de América, comenzó el acto de juramento de los que integrarían el primer Consejo de Ministros de la Revolución.

Luego de saludar a los invitados y a los representantes de las naciones americanas presentes en el acto, el presidente provisional tomó juramento público a los ministros: Roberto Agramonte Pichardo, ministro de Estado; Angel Fernández Rodríguez, ministro de Justicia; Julio Martínez Páez, ministro de Salubridad y Asistencia Social; Faustino Pérez Hernández, ministro de Recuperación de Bienes Malversados, y Luis Buch Rodríguez, ministro de la Presidencia y Secretario del Consejo de Ministros. No se encontraban presentes los ministros de Comercio, Raúl Cepero Bonilla, y de Trabajo, Manuel Fernández García.

Urrutia hizo pública su decisión de designar a Fidel Castro como delegado personal del presiente de la República en los institutos armadas, y Comandante en Jefe de las fuerzas de mar, tierra y aire.

El día 4 de enero el gobierno recibe la convocatoria de trasladarse a la ciudad de La Habana. Ya en La Habana, fue designado el doctor José Miró Cardona como Primer Ministro; Armando Hart Dávalos, ministro de Educación; el comandante Luis Orlando Rodríguez, ministro de Gobernación; Manuel Ray Rivero en Obras Públicas y el comandante Humberto Sorí Marín en Agricultura. El 6 de enero fue nombrado Rufo López Fresquet para el cargo de ministro de Hacienda.

En sesión extraordinaria del día 7 de enero, a propuesta del presidente de la República, se acordó la primera reforma a la Constitución de 1940, en la que se suspendió por un término de treinta días la inamovilidad judicial establecida en los artículos 180, 187, 189, 200 y 208, con el objetivo de depurar el Poder Judicial.

En el Consejo celebrado el 29 de enero se aprobó la ley mediante la cual se adaptaron las normas contenidas en el reglamento número 1 del Ejército Rebelde, promulgado en la Sierra Maestra el 21 de febrero de 1958. Se determinó que correspondería a los Tribunales Revolucionarios aplicar preceptos contenidos en la Ley Penal de Cuba en Armas durante la Guerra de Independencia en el siglo XIX, "para castigar los delitos cometidos por civiles o militares que estuvieron al servicio de la tiranía".

Entre enero y febrero los antiguos oficiales de Batista son enjuiciados como criminales. Aproximadamente 500 son ejecutados. Un grito se escucha a lo largo y ancho de toda Cuba: "¡Paredón! ¡Paredón!"

El gobierno de Estados Unidos califica las ejecuciones como "un baño de sangre". Pero nada detiene los juicios sumarísimos. A los antiguos partidarios de Batista les siguen los primeros que se oponen al radicalismo en el poder. A los "revolucionarios" no les guía la ley ni la justicia, les guía su "razón", y la razón había engendrado sus monstruos. Nada les detendría. Desde entonces, Cuba sería "un eterno Baraguá".

El nacionalismo radical cubano (I)

El nacionalismo radical cubano (II)

El nacionalismo radical cubano (III y final)


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