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SOCIEDAD
El nacionalismo radical cubano (III y final)
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Con
la huída de Batista, los cubanos creyeron
que el país retornaba al camino democrático
interrumpido en 1952. Pensaron que moría
la dictadura, sin percatarse de que terminaba
de fenecer la República. Lo que surgió
después de 1959 y se reglamentó
en 1976, a través de una "constitución"
no fue más una República, al no
cumplir con los parámetros establecidos
para ser calificada como tal.
El discurso radical, grato a los oídos
de muchas personas y tan parecido al escuchado
durante mucho tiempo en Cuba, no dejó ver
el alcance real de lo que estaba ocurriendo. El
discurso radical, escuchado con fuerza y repetido
por diferentes actores políticos desde
1933, confundió a la sociedad y debilitó
sus defensas frente al totalitarismo.
Batista dejaba tras de sí un país
en quiebra política, con las instituciones
debilitadas y fragmentadas. Por otra parte, la
economía del país comenzaba a diversificarse,
la desaparición del monocultivo parecía
cuestión de tiempo, el capital norteamericano
volvía a fluir hacia Cuba. Durante la década
de 1950 el turismo creció significativamente,
se actualizaban las técnicas de crianza
del ganado en Camagüey, sentándose
las bases de una modernización importante
en ese renglón. Existía un acelerado
desarrollo de los medios de comunicación
y de la publicidad, se cultivaban frutas y hortalizas
para un mercado norteamericano en crecimiento,
la industria fabricaba unos 10 mil productos,
existía un denso tejido comercial demás
de un comercio por millar de habitantes. El ingreso
per cápita era un tercio mayor que el de
Chile y el doble que el de España. Cuba
era el tercer país en Latinoamérica,
tras Uruguay y Argentina, el nivel de distribución
del ingreso estaba entre los mejores del continente,
junto a Costa Rica y Uruguay.
Existían diferencias entre la ciudad y
el campo, no se había eliminado el latifundio
y la economía requería una mayor
diversificación, pero existían los
medios económicos y humanos y, sobre todo,
la voluntad nacional de solucionar esos problemas.
Ante la Cuba de los 60 se abría, sin dudas,
un futuro promisorio.
Ese es, grosso modo, el país que los revolucionarios
del 59 encuentran al arribar al poder. La consigna
que unificó a la resistencia contra Batista
-la restauración de la Constitución
de 1940- no era simplemente un llamado a restaurar
la Cuba anterior al golpe de estado. Simbolizaba
los ideales de democracia y de una administración
pública honesta que los gobiernos anteriores
no habían logrado satisfacer del todo.
Las estructuras que podían haber limitado
el radicalismo y la intransigencia de los nuevos
revolucionarios encabezados por Fidel Castro estaban
seriamente debilitados y apenas se sostenían.
Así, el 1 de enero de 1959 Fidel Castro,
el Movimiento 26 de Julio y el Ejército
Rebelde eran considerados los liberadores de Cuba
y gozaban del apoyo de casi todos los cubanos.
No habían alcanzado la victoria por sí
solos, pero el desarrollo de la lucha los había
convertido en un elemento indispensable para el
triunfo.
Había sido la lucha armada la que había
puesto fin a la dictadura. Las fuerzas sociales
que daban cuerpo a la corriente reformista, la
clase media, los industriales, los sectores privilegiados
de la clase obrera no tenían una dirección
política independiente. Carecían
de recursos propios para encauzar el fervor popular
hacia una transformación reformista, no
radical. Sus organizaciones estaban divididas.
La gran mayoría de los industriales, colonos
y hacendados apoyaron resueltamente al 26 en los
primeros meses del 59. Aunque algunos recelaron
de la promulgación de la reforma agraria
prefirieron esperar el curso de los acontecimientos.
Según el certero análisis que realiza
Carlos Alberto Montaner en su libro Cuba: un siglo
de doloroso aprendizaje: "El país
carecía de una masa crítica de ciudadanos
provistos de una visión jurídica
y moral capaz de defender el estado de derecho.
No había partidos políticos organizados.
El Poder Judicial carecía de prestigio,
y fue destruido y rehecho al antojo de los nuevos
gobernantes. Sindicatos, colegios profesionales,
claustros universitarios cayeron sin pena ni gloria".
El día 3 de enero de 1959 el Gobierno
Revolucionario se estableció en la biblioteca
de la Universidad de Oriente, y comenzó
a ejercer sus funciones. En horas de la tarde,
en el salón de la biblioteca, engalanado
con las banderas de las repúblicas americanas,
presidido por el presidente de la República
y con la participación de personalidades
de diferentes países de América,
comenzó el acto de juramento de los que
integrarían el primer Consejo de Ministros
de la Revolución.
Luego de saludar a los invitados y a los representantes
de las naciones americanas presentes en el acto,
el presidente provisional tomó juramento
público a los ministros: Roberto Agramonte
Pichardo, ministro de Estado; Angel Fernández
Rodríguez, ministro de Justicia; Julio
Martínez Páez, ministro de Salubridad
y Asistencia Social; Faustino Pérez Hernández,
ministro de Recuperación de Bienes Malversados,
y Luis Buch Rodríguez, ministro de la Presidencia
y Secretario del Consejo de Ministros. No se encontraban
presentes los ministros de Comercio, Raúl
Cepero Bonilla, y de Trabajo, Manuel Fernández
García.
Urrutia hizo pública su decisión
de designar a Fidel Castro como delegado personal
del presiente de la República en los institutos
armadas, y Comandante en Jefe de las fuerzas de
mar, tierra y aire.
El día 4 de enero el gobierno recibe la
convocatoria de trasladarse a la ciudad de La
Habana. Ya en La Habana, fue designado el doctor
José Miró Cardona como Primer Ministro;
Armando Hart Dávalos, ministro de Educación;
el comandante Luis Orlando Rodríguez, ministro
de Gobernación; Manuel Ray Rivero en Obras
Públicas y el comandante Humberto Sorí
Marín en Agricultura. El 6 de enero fue
nombrado Rufo López Fresquet para el cargo
de ministro de Hacienda.
En sesión extraordinaria del día
7 de enero, a propuesta del presidente de la República,
se acordó la primera reforma a la Constitución
de 1940, en la que se suspendió por un
término de treinta días la inamovilidad
judicial establecida en los artículos 180,
187, 189, 200 y 208, con el objetivo de depurar
el Poder Judicial.
En el Consejo celebrado el 29 de enero se aprobó
la ley mediante la cual se adaptaron las normas
contenidas en el reglamento número 1 del
Ejército Rebelde, promulgado en la Sierra
Maestra el 21 de febrero de 1958. Se determinó
que correspondería a los Tribunales Revolucionarios
aplicar preceptos contenidos en la Ley Penal de
Cuba en Armas durante la Guerra de Independencia
en el siglo XIX, "para castigar los delitos
cometidos por civiles o militares que estuvieron
al servicio de la tiranía".
Entre enero y febrero los antiguos oficiales
de Batista son enjuiciados como criminales. Aproximadamente
500 son ejecutados. Un grito se escucha a lo largo
y ancho de toda Cuba: "¡Paredón!
¡Paredón!"
El gobierno de Estados Unidos califica las ejecuciones
como "un baño de sangre". Pero
nada detiene los juicios sumarísimos. A
los antiguos partidarios de Batista les siguen
los primeros que se oponen al radicalismo en el
poder. A los "revolucionarios" no les
guía la ley ni la justicia, les guía
su "razón", y la razón
había engendrado sus monstruos. Nada les
detendría. Desde entonces, Cuba sería
"un eterno Baraguá".
El
nacionalismo radical cubano (I)
El
nacionalismo radical cubano (II)
El
nacionalismo radical cubano (III y final)
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