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SOCIEDAD
Las
penas de Fin de Siglo
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Fin
de Siglo era una magnífica tienda por departamentos.
Una de las mejores de La Habana. Quién
lo duda. Sólo que no la acompañó
la suerte. Tal vez su nombre fue el culpable.
Fin de Siglo siempre me pareció un nombre
con extrañas resonancias apocalípticas
para una tienda exitosa. No obstante, sobrepasó
el final de la centuria. De un modo tan deplorable
que hubiera sido preferible su extinción.
Es posible que añore el final de El Encanto.
Desde la esquina, opulento y para algunos más
exclusivo y elegante, siempre fue su feroz competidor.
La peor desdicha de ambas tiendas fue convertirse
en símbolos del confort y el boato burgués.
Las lujosas vitrinas del consumismo criollo no
pudieron escapar del castigo inmisericorde del
poder revolucionario.
A El Encanto lo devoraron las llamas en 1961.
Murió carbonizado pero digno. Sacrificado
por un sabotaje en el ara de la burguesía
en fuga. Casi un suicidio. Hoy es un parque bautizado
con nombre de víctima, en el que es poco
prudente sentarse de noche.
Fin de Siglo, fantasmal, desolado, con sus tres
entradas a la nada, una por San Rafael, una por
Águila y la otra por Galiano, deprime tanto
que espanta.
Convertida en tienda de venta de artículos
ociosos -¡vaya terminología de la
burocracia mandamás!- languidece como una
ballena varada en el polvo.
Sus escaleras eléctricas están
detenidas como por un maleficio. Vidrieras y anaqueles
exhiben artefactos inservibles. Herramientas y
piezas herrumbrosas, y obsoletos aparatos rotos
que nadie compra. Tras un mostrador, en perchas
o amontonadas en el suelo, mugrientas ropas de
uso que parecen sacadas de algún cementerio.
El aburrimiento de las empleadas, que tratan
de imitar los gestos de la vida, sólo es
turbado por algún curioso, despistado y
preguntón o por periódicos inventarios
de la "mercancía". Reciben orientaciones
de una administración con perspectivas
tan ilusorias como espejismos. La atmósfera
fantasmagórica del establecimiento evoca
el Astillero de Onetti.
Prefiero recordar Fin de Siglo en tiempos mejores.
Me veo, agarrado de la mano de abuela o de alguna
de mis tías, bajar la escalera rodante,
que entonces me parecía inmensa, salir
por la puerta de Galiano y poner rumbo a las golosinas
del Tencents.
En las tiendas y otros establecimientos, junto
a murales y banderas, comenzaban a aparecer carteles
que proclamaban, entre otras cosas su nueva condición
de servicio socializado. Ya nadie daba las gracias
ni decía Señor, Señora o
Señorita. Nos habían convertido
en compañeros. Nos exigían sacrificios
y heroísmos sin reparar en límites.
Vuelvo al presente, parado en el portal polvoriento
de una tienda llena de espectros. En el corazón
de una ciudad sucia, desordenada y triste que
se niega a rendirse a la fealdad. Sigo caminando
hacia el mar. Sin fe y sin esperanzas.
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