|
CULTURA
I
am David: la otra cara de la moneda
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - En
casa de un amigo tuve la suerte de ver, hace unos
días, la película "I am David",
escrita y dirigida por Paul Feig, y basada en
una novela de la escritora Ann Holm. La película
cuenta la historia de un niño que logra
escapar, con la complicidad de uno de los guardias,
de un campo de concentración. Historia
impactante, bien manufacturada por un director
que sabe bien lo que hace, con situaciones dramáticas
de alto nivel, buena fotografía, excelente
actuación -sobre todo del niño que
hace el papel de David, protagonista de la película.
Las escenas del campo son espeluznantes, pero
sobre todo lo que más llama la atención
de los espectadores es lo bien manejado que está
el plano psicológico del niño, su
desajuste emocional, los traumas que enfrenta
cuando se ve en libertad. Más de uno de
los que estábamos en la sala soltó
una lágrima ante la imagen de este niño
que no conocía otro mundo que el de los
campos, y para quien el mundo era un gran campo
de concentración.
Las historias de los campos de concentración
han sido ampliamente tratadas por la filmografía
mundial y la literatura. Existen miles de películas,
documentales, testimonios, artículos, declaraciones,
denuncias sobre lo ocurrido en esos terribles
lugares. Un gran juicio, concluida la Segunda
Guerra Mundial, dio justo castigo a los culpables
de tan bárbaros métodos.
Sin embargo, la Segunda Guerra pasó, el
juicio concluyó, los culpables fueron ajusticiados,
algunos otros que inicialmente lograron escapara
a la justicia fueron capturados años después
y sometidos a juicio. Existen museos que recuerdan
a las víctimas, se han conservado algunos
campos de concentración alemanes como recuerdo
del crimen.
Amén de los logros artísticos de
"I am David", otro resultado positivo
es que la película nos muestra el otro
lado de la realidad de esta experiencia inhumana,
la otra cara tan pocas veces presentada, la de
los campos en el extinto Imperio Comunista. La
acción se desarrolla en el campo de Belene,
en la Bulgaria sometida al comunismo. Lugares
como éste proliferaron a lo largo y ancho
de Europa del Este, y fueron tan terribles o más
que los nazis.
A los disidentes se les encerraba en estos lugares
de muerte en Rusia, Bulgaria, RDA, Checoslovaquia,
Polonia, y no sólo disidentes. Ucranianos,
judíos, polacos, intelectuales, soldados,
campesinos, mujeres, niños, ancianos fueron
a dar con sus huesos a los kontslaqer comunistas.
Les diferenciaba de los alemanes el hecho de
que duraron mucho más, y que los culpables
de su existencia nunca han sido juzgados. No hay
museos que recuerden a las víctimas, no
existen documentales, apenas se ha escrito sobre
la experiencia de los sobrevivientes de Kolimá
o Belene. Es un pecado hablar de esto, nadie dice
nada, no se persigue a los asesinos, no se les
condena. Los criminales de los osobye lagerya
soviéticos (campos de destino especial
para prisioneros políticos) hoy escriben
tranquilamente sus memorias o pasean, sin que
nada ni nadie les moleste, por las calles de Moscú,
Sofía, Kiev, Varsovia o Berlín.
Todo el mundo conoce qué fue Dacha o Treblinka
o Austwich, pero la mayoría ignora que
existieron, hasta hace muy poco, lugares como
Solovki, Kolimá, INTA, Serpantinka, Iskitim.
De las minas de oro de Kolimá casi nadie
salía vivo. Serpantinka era un campo de
castigo, un lugar de ejecución. El campo
minero de INTA se encontraba al norte del Círculo
Polar Artico. Todos esos sitios de muerte se localizaban
en la antigua URSS. 416 complejos, que comprendían
miles de campos individuales. Según "The
Black Book of Communism", 20 millones de
personas murieron en la GULAG soviética.
¿Cuántos más en el resto
de Europa del Este?
Los konstlaqer soviéticos existieron hasta
1989, en que fueron cerrados por Gorbachov. En
todos esos años, millones de hombres, mujeres
y niños murieron asesinados o de extenuación,
sin que el mundo se diera por enterado.
Las víctimas claman justicia. Al menos
condena o tan siquiera recuerdo. Recordar para
que no vuelva a ocurrir, recordar para que en
Cuba, China y Corea del Norte no se condene a
hombres inocentes a trabajos forzados en condiciones
infrahumanas.
Recordar a los millones de sobrevivientes que
necesitará años para, como David,
comprender que existe un mundo más allá
de las alambradas y los guardias, que no todos
los seres humanos son malos. Personas que necesitan
aprender a confiar, a vivir en libertad.
Bien por los realizadores de "I am David".
|