PRENSA INDEPENDIENTE
Enero 11, 2006
 

ECONOMIA INFORMAL
Tribilo, el merolico inconfundible de Caibarién

Ibrahim Dionisio Rodríguez, Jagua Press

CAIBARIÉN, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - La pobreza ha tocado las puertas del destartalado domicilio de este típico caibareniense, en el reparto Punta Brava. Tribilo siente mucho que la miseria lo haya abrazado a los setenta y nueve años.

El vendedor maneja sus brazos como si fuera un malabarista. En los dedos de sus manos coloca los carreteles de hilo. En sus antebrazos las jabas confeccionadas con sacos de yute. En sus axilas sostiene libretas para escribir y libros de cuentos infantiles. Además, vende agujas de coser, que coloca dentro de una pequeña caja de reloj marca Slava y lápices, que exhibe detrás de sus orejas.

Tribilo transita por las calles y avenidas de la Villa Blanca pregonando su mercancía. "Siempre me busco un dinerito para comer. Algo es algo", me dijo el anciano mientras le compraba un lápiz.

El merolico inconfundible se puede ver desde muy lejos. Se reconoce por el sombrero de guano de extensas alas que cubre su cabeza y por los anchos pantalones con inmenso tiro y la peculiar guayabera que lo visten.

"Mientras tenga fuerzas debo seguir con las ventas callejeras para ayudar a mis nietos", precisó Tribilo camino hacia el centro de Caibarién, espiando los alrededores para evitar el contacto con la policía y los inspectores estatales.

Hace unos días me personé en la vivienda del longevo buscavidas para comprarle un carretel de hilo. El intenso olor a polvo húmedo es el aroma que predomina en su hogar. Tiene por muebles dos taburetes paticojos. Una imagen de la Inmaculada Concepción, de Murillo, adorna la casucha.

Tribilo me mostró un impresionante álbum de fotos familiares y recortes del periódico Villa Blanca, que circulaba en los años cincuenta y donde publicó varios artículos. Luego me confesó que vive solo, aunque es abuelo de cinco menores a los que abastece diariamente con una libra de leche en polvo que compra a veinte pesos en el mercado subterráneo. Por esta razón ha tenido que convertirse en vendedor ambulante, pues no le alcanza para subsistir la pensión de 190 pesos que recibe del estado.

"Me han amenazado en varias ocasiones con multas, pero prefiero estar muerto a pasar hambre. En la época de la otra dictadura comía salchichón, salame, jamón y carne, que no faltaban en mi casa. Yo estoy alimentado de antes".

Tribilo es otro de los muchos ancianos que se buscan la vida vendiendo sus mercancías en las calles del país. Espero no tener una vejez como la del merolico inconfundible de Caibarién.


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