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ECONOMIA
INFORMAL
Tribilo, el merolico inconfundible de Caibarién
Ibrahim Dionisio Rodríguez, Jagua
Press
CAIBARIÉN, Cuba - Enero (www.cubanet.org)
- La pobreza ha tocado las puertas del destartalado
domicilio de este típico caibareniense,
en el reparto Punta Brava. Tribilo siente mucho
que la miseria lo haya abrazado a los setenta
y nueve años.
El vendedor maneja sus brazos como si fuera un
malabarista. En los dedos de sus manos coloca
los carreteles de hilo. En sus antebrazos las
jabas confeccionadas con sacos de yute. En sus
axilas sostiene libretas para escribir y libros
de cuentos infantiles. Además, vende agujas
de coser, que coloca dentro de una pequeña
caja de reloj marca Slava y lápices, que
exhibe detrás de sus orejas.
Tribilo transita por las calles y avenidas de
la Villa Blanca pregonando su mercancía.
"Siempre me busco un dinerito para comer.
Algo es algo", me dijo el anciano mientras
le compraba un lápiz.
El merolico inconfundible se puede ver desde
muy lejos. Se reconoce por el sombrero de guano
de extensas alas que cubre su cabeza y por los
anchos pantalones con inmenso tiro y la peculiar
guayabera que lo visten.
"Mientras tenga fuerzas debo seguir con
las ventas callejeras para ayudar a mis nietos",
precisó Tribilo camino hacia el centro
de Caibarién, espiando los alrededores
para evitar el contacto con la policía
y los inspectores estatales.
Hace unos días me personé en la
vivienda del longevo buscavidas para comprarle
un carretel de hilo. El intenso olor a polvo húmedo
es el aroma que predomina en su hogar. Tiene por
muebles dos taburetes paticojos. Una imagen de
la Inmaculada Concepción, de Murillo, adorna
la casucha.
Tribilo me mostró un impresionante álbum
de fotos familiares y recortes del periódico
Villa Blanca, que circulaba en los años
cincuenta y donde publicó varios artículos.
Luego me confesó que vive solo, aunque
es abuelo de cinco menores a los que abastece
diariamente con una libra de leche en polvo que
compra a veinte pesos en el mercado subterráneo.
Por esta razón ha tenido que convertirse
en vendedor ambulante, pues no le alcanza para
subsistir la pensión de 190 pesos que recibe
del estado.
"Me han amenazado en varias ocasiones con
multas, pero prefiero estar muerto a pasar hambre.
En la época de la otra dictadura comía
salchichón, salame, jamón y carne,
que no faltaban en mi casa. Yo estoy alimentado
de antes".
Tribilo es otro de los muchos ancianos que se
buscan la vida vendiendo sus mercancías
en las calles del país. Espero no tener
una vejez como la del merolico inconfundible de
Caibarién.
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