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HISTORIA
El nacionalismo radical cubano: La soberbia armada
(II)
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Enero (www.cubanet.org) - Durante
la república 1902-1958, el sistema de ideas
y conceptos liberales de la patria fue desafiado
en varias ocasiones por el nacionalismo radical.
Los conceptos sobre la necesidad de una transformación
social entraron en pugna con las ideas liberales.
En 1933, la soberbia radical revolucionaria se
encarna en la figura del revolucionario metralleta
en mano imponiendo leyes y reformas. "Hay
que cambiar la sociedad" es el grito.
En aquellos años se produjo un cambio
sustancial en la manera de pensar de los cubanos,
que comienzan a considerar que los problemas que
atravesaba el país eran consecuencia no
de la escasa producción de riquezas, sino
de su injusta distribución. La influencia
de las ideas comunistas, la estadolatría
del totalitarismo, hizo creer a muchas personas
en el mundo -y Cuba no escapó a ese influjo-
que el desarrollo económico y la justicia
social eran asunto del Estado, encargado de la
distribución equitativa de la riqueza nacional.
La pobreza pasó a ser culpa de los ricos
que desposeían a los pobres de lo que por
derecho les correspondía. Según
esta forma de pensar, la riqueza es algo estático,
algo para ser distribuido entre todos por igual,
algo abstracto, tan abstracto como el concepto
mismo del Estado como fuente única de bienestar,
que crea riquezas por obra y gracia de su existencia.
Para la nueva generación de protagonismo
emergente, para los nuevos partidos y organizaciones
surgidas de la lucha contra Machado, en mayor
o menor medida la llegada al poder se convirtió
no en medio para administrar el bien común
de acuerdo a las leyes, sino en mecanismo para
distribuir equitativamente la riqueza y administrar
la justicia social.
Los Generales y Doctores salidos de la Guerra
de Independencia ceden su lugar a un nuevo modelo
político, el "revolucionario",
hombre dotado de virtudes especiales, poseedor
de la convicción de que la distribución
equitativa de la riqueza, de los bienes y servicios,
se impone verticalmente desde el poder, a través
de órdenes decretadas por esos individuos
o mejor por un individuo de corazón noble,
desprendido, persona de gran valor personal, capaz
de todo para hacer cumplir su misión histórica
a favor de los desposeídos.
Esta estadolatría situaba a los Estados
Unidos como el gran culpable de los males de Cuba,
como máximo representante del capital.
Los comunistas llegaban más lejos, al negar
además la democracia, pero abecedarios,
auténticos, etc., incorporaron a sus programas
la idea de que el Estado controlado por los revolucionarios
era la fórmula para solucionar los problemas
de Cuba.
Esta nueva clase política, emergida y
santificada por la lucha contra Machado, actúa
convencida de que lo hacen en beneficio del pueblo.
Batista es visto por el pueblo como el hombre
humilde, mestizo, progresista -él se consideraba
a sí mismo un progresista, y así
lo consideran muchas personas. Las leyes que dictan
estos hombres entorpecen el libre funcionamiento
del mercado, pero la sociedad no se percata, celebra
a sus líderes, es parte de esa mentalidad
revolucionaria.
Durante la década de 1950 Cuba se encontraba
entre los cinco primeros países de América,
y hacía gala de favorables índices
socioeconómicos en urbanización,
alfabetización, ingresos individuales,
mortalidad infantil y esperanza de vida acordes
con los índices de la época. La
sociedad cubana era una sociedad de clase media.
Existía desigualdad entre la ciudad y el
campo, y se imponía diversificar la economía.
Veinte años después de 1933 y de
la abolición de la Enmienda Platt, el sistema
político cubano no había terminado
de madurar. Se realizaban elecciones regularmente
con aceptable honestidad, pero algunos casos de
corrupción severamente criticados por la
oposición y utilizados por la ortodoxia
en su campaña política en pos del
poder empañaban la credibilidad de los
gobernantes, y afectaban el ejercicio del gobierno.
Lo único necesario era lograr el despegue
definitivo de la economía nacional, realizar
una reforma política que restaurara el
gobierno constitucional y redujera la corrupción
administrativa. Estos fueron los ideales que llevaron
a los sectores medios a la lucha contra Batista.
La supresión del capitalismo nunca estuvo
entre los objetivos del movimiento anti batistiano.
La visión del pasado que se impone en
Cuba es la visión del nacionalismo radical,
por lo que la Revolución es el cumplimiento
de una especie de destino sagrado. Olvidando las
alternativas posibles que se encontraban presentes
en los años 50 en la sociedad cubana, el
radicalismo radical guía los pasos de los
rebeldes triunfantes a lo largo de 1959. La soberbia
armada triunfa sobre cualquier otro sentimiento
institucionalizador democrático.
La dinámica Fidel-patria-revolución
se convierte en eje de la política cubana.
Un grupo de reformas que satisfacen algunas demandas
de los sectores más pobres logra movilizar
a esas fuerzas alrededor del proyecto radical.
Fidel opta por alentar y atraer a las clases
más pobres y enfrentarlas a los industriales
y a la clase media, que habían sido sus
aliados durante la lucha y en los inicios de 1959.
Para consolidarse en el poder, sale a la búsqueda
de nuevos aliados internacionales. Escoge el camino
de la confrontación con Estados Unidos
como vía para satisfacer al nacionalismo
radical que encarna en su persona y el orgullo
que llevaba implícito.
En 1959 un ilimitado sentimiento de orgullo nacional
se apoderó de muchos cubanos. El triunfo
rebelde se presentó como el triunfo del
espíritu revolucionario centenario, y Fidel
se presenta como Mesías salvador, personificación
de esa figura presente en el sentimiento nacional,
admirada y añorada del revolucionario.
Es el viejo caudillo armado de esencia revolucionaria
y legitimado por la fuerza.
Al ser la lucha armada la que derriba a Batista
y no un proceso negociador, las instituciones
se debilitaron aún más. Las fuerzas
que podían haber contenido a la Revolución
se encontraban debilitadas.
Los años sesenta constituyen el período
de entronización de esas fuerzas encabezadas
por el caudillo, proceso que avanza por etapas.
1968 y la Ofensiva Revolucionaria significan el
último capítulo de ruptura con los
antiguos aliados. En ese momento le llega el turno
a los timbiriches y a los restos de la pequeña
burguesía. 1976 es la santificación
legislativa del radicalismo nacionalista, su institucionalización.
2002 queda marcado como el año de su éxtasis,
el punto más álgido del espasmo
radical, una especie de orgasmo político
que le lleva a proclamarse eterno y hacerse ley
inmutable.
"Cuba es un eterno Baraguá",
esa frase que escuchamos hasta el cansancio todos
los cubanos desde las aulas hasta los medios masivos
de comunicación, esa frase de discurso
y pancarta, es expresión de ese nacionalismo
radical en el poder, de su intransigencia.
Más de 40 años debían habernos
enseñado a los cubanos que ése no
es el camino, pero hoy las fuerzas civilistas
encuentran la incomprensión de un pueblo
que perdió su camino. La soberbia armada
sigue en el poder, y los escasos y divididos representantes
de la civilidad son perseguidos, golpeados, encarcelados,
denunciados, encarnecidos sin misericordia. En
medio de una sociedad que guarda silencio cómplice,
la soberbia golpea, ultraja, insulta de la mano
de los fascistas de las brigadas de acción
rápida, y la gente prefiere cerrar las
ventanas y los ojos. Nadie hace nada. Nadie sale
en defensa de los agredidos. Nadie les protege
de las piedras, para vergüenza nuestra de
hoy y de mañana.
Los que enarbolan las banderas del civilismo
en medio de la desconfianza son la esperanza de
Cuba. Ellos encarnan nuestra última estación
frente a la soberbia armada del radicalismo nacionalista.
Hay que abrir los ojos y las puertas.
El radicalismo nacionalista se extiende por las
fértiles tierras de Latinoamérica,
donde encuentra terreno abonado y virgen. Se exalta
a Hugo Chávez y se olvida a Lagos conduciendo
ejemplarmente a Chile por los caminos del progreso.
Esperemos que en Cuba se impongan un día
las ideas civilistas, que el diálogo triunfe
sobre la cultura de la intransigencia, que el
paradigma deje de ser el caudillo que derrota
al enemigo y sea el hombre que conversa, que dialoga;
que la fuerza apreciada sea la de la mente, la
de la inteligencia. Que Cuba deje de ser, al fin,
un eterno Baraguá.
El
nacionalismo radical cubano (I)
El
nacionalismo radical cubano (II)
El
nacionalismo radical cubano (III y final)
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