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HISTORIA
Crónicas de un verdugo (II)
Mi prisionero favorito
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Marzo (www.cubanet.org) - "Estuve
castigado por problemas con el alcohol. Lo superé,
hasta hoy nunca he vuelto a darme un trago. Perdí
a mi esposa e hija, los grados, el prestigio
entonces me ubicaron en Isla de Pinos
uno
a veces se encariña con los presos, con
uno en especial
"
Los estampidos los sintió lejanos, en
plena caída. Luego las risas, las burlas
de los guardias. Lo desataron y lo trasladaron
de nuevo a la celda. Lloró hasta quedarse
dormido. Despertó envuelto de nuevo en
las tinieblas. Llevaba meses ¿o eran días?
en la oscuridad, solo. Siempre le había
tenido miedo a la oscuridad. De niño sentía
pánico cuando la madre apagaba la luz del
cuarto, y por eso le compraron la lámpara
aquella, pequeña, una luz en la sombra,
una estrella que espantaba el miedo. Aquí
la negrura es absoluta, pero se había acostumbrado.
¿Qué tiempo llevaba encerrado en
ese lugar? ¿Por qué lo habían
traído para acá? ¿Por la
quema de colchones? ¿Por lo de la bazofia?
¿Por negarse a trabajar? No recordaba.
Reptó hasta el agujero que servía
de letrina. Era un gato, pensó con cierto
orgullo. Podía ver bastante bien en la
noche. Esperó, su olfato también
se había desarrollado. Sintió el
olor antes de verlas. De un rápido zarpazo
agarro una, era bastante grande. El bicho se debatió
entre sus dedos antes de ser devorado. Soy un
gato, sonrió. Luego se puso de pie y palpó
la humedad de la pared. Hundió la lengua
en el agujero por donde una vez al día
brotaba el agua. Bueno, brotaba un poco de agua,
un hilillo que había que lamer. Pero estaba
seco. A veces pasaba eso, y entonces era difícil
aguantar la sed. Atrapó otro insecto y
lo masticó despacio. ¿Por qué
estaba aquí? Tienen un ligero sabor a hierro.
Lo malo es la sed, no sale agua del maldito agujero.
La pequeña luz en el cuarto, la cara difusa
de la madre, el miedo a la oscuridad. No recordaba
nada con precisión. Se quedó quieto.
Los bichos comenzaron a caminar. Son astutos,
trepan despacio, con cautela. Pero él es
más astuto. Los deja hacer sin moverse.
Aguanta la respiración y luego de un golpe
los atrapa. Hoy es un buen día, ha logrado
agarrar seis. De todas formas, ellos se aprovechan
cuando duerme y hacen de las suyas. A veces siente
cómo le mordisquean los labios, cómo
se arrastran y corren por la piel. Al principio
les tenía un poco de miedo, pero ya no.
Ahora es él el cazador, ahora son ellos
los que temen. Un día logró apoderarse
de una rata. Era grande y feroz, se defendió
bien en la oscuridad. Logró derrotarla.
Pero no había vuelto a tener esa suerte.
Son rápidas, mucho más astutas que
los bichos, y pocas veces aparecen por aquí.
Esta es la tercera vez que lo sacan al patio.
El no ve nada, sólo un intenso fuego que
le quema los ojos. Poco a poco logra divisar algunas
sombras indefinidas. Lo amarran al palo, y entonces
escucha las voces de mando, y comprende que lo
van a matar. Siempre se desmaya y luego despierta
cubierto de mierda y orine, y lo arrojan entre
risas a la celda. No sabe si lo han matado de
verdad o si está vivo. A lo mejor tiene
más vidas que un gato, el gato, ése
es él. Odia esos viajes al patio, la tortura
de la luz, el simulacro. Siente mucho miedo, si
lo dejaran tranquilo en su celda. Siente pasos
en el corredor. El guardia introduce por el agujero
de la puerta el cacharro de la comida. Vacío,
otra vez vacío, hijo de puta. Es el mismo
hijo de puta. Dentro de un rato vendrá
a joder, a gritarle cosas. Se divierte mucho con
eso. Algunas veces le golpea, lo coge de saco,
de puchimbá. Pero ya no, ya no hace eso.
Ahora le grita "abrecaminoespantamuerto".
A veces abre la celda, le da dos o tres patadas
y se orina sobre él, lo escupe, le dice
maricón, contrarrevolucionario, y le pega
hasta sacarle sangre. Cuando le sacan sangre vienen
los bichos, y aprovecha para cazarlos con más
facilidad. Los demás guardias lo ignoran,
a veces alguno le grita cosas por aburrimiento,
pero cuando está este cabrón. Siente
los pasos por el pasillo, una puerta que se abre,
gritos. Alguien pide misericordia, alguien llama
a su madre, alguien pide perdón coño
por su madre teniente. El se ha acostumbrado.
Al principio, bueno, antes, no podía dormir.
Pero ya no los escucha. Pero éste grita
como hace tiempo no escuchaba a nadie gritar.
Lo manda a callar, que lo dejen tranquilo en su
celda, que no vengan a buscarlo para martirizarlo
con la luz. Es feliz aquí. Si no fuera
por ese hijo de mala madre y por los otros que
lo sacan al patio. Tranquilo, tranquilo. Se muere
de sed y de calor. Es un horno, un maldito horno.
¡Cállate ya, hijo de puta!, le grita
al hombre que no deja de pedir que le perdonen.
De pronto cesan los alaridos del hombre, y sólo
algún que otro lamento se escucha de vez
en cuando.
Hace calor. Aquí siempre hace calor. Pero
cuando dice a hacer frío, entonces sí
que es Siberia. Pero hoy hace calor y hace silencio.
Ya no se escuchan los quejidos del tipo. Es una
noche tranquila. A veces el griterío es
tremendo y se escuchan malas palabras y golpes
y maldiciones. Pero él ya ni escucha, que
sólo quiere que lo dejen tranquilo, y el
guardia lo deja tranquilo, no viene. Parece que
está bastante entretenido con el otro,
y sigue cazando y juega con los bichos.
Lo vienen a buscar de nuevo al amanecer. Apenas
se sostiene. No puede caminar, los guardias se
niegan a aguantarlo. Está sucio y apesta.
"Está todo cagado, teniente",
dicen, y le golpean para que camine. El teniente
obliga a los guardias a arrastrarlo. Que se hace
tarde, no pesa nada, es un esqueleto cubierto
de mugre, y la luz en los ojos. De nuevo al patio.
De nuevo a jugar a que lo matan. El sólo
quiere que le dejen tranquilo en su celda. Se
pone cabrón y se revira. Muerde la muñeca
de uno de los soldados que le arrastran, y una
lluvia de golpes cae sobre lo que una vez fue
un cuerpo, y le gritan gusano de mierda. El no
entiende nada, y pierde el conocimiento.
Tiene sed. Despierta amarrado al poste. No le
vendan los ojos, ¿para qué? Ve sombras
alineadas frente a él. Siente menos miedo.
La primera vez se desmayó nada más
que lo amarraron al poste. Escucha las voces,
el sonido de las armas. Terminen de una vez, él
sólo quiere regresar a su celda. A esta
hora es que aparece el chorrito de agua. Si se
siguen demorando se va a ir el agua. Les grita
"terminen, que se va el agua". Después
tiene que conformarse con lamer la pared húmeda.
La segunda vez se desmayó cuando las voces
de mando. La tercera aguantó un poquito
más, pero siempre esperaban un tiempo para
volver al jueguito del fusilado.
Le duelen los ojos. El sol le quema la cara.
Es un sol suave del amanecer, pero se ensaña
con su piel acostumbrada a la sombra. Se demoran.
Escucha con alivio las voces de mando. Esta vez
no siente miedo. Quiere que acaben ya para regresar
a su celda, extraña su pequeño rincón,
sin sol y sin guardias que ahora no los ve bien,
pero escucha que le apuntan y siente la orden
de fuego y ve las llamitas que se encienden ante
sus ojos, y un golpe terrible en el pecho y el
abdomen, y el sonido de los disparos. Dolor. Esta
vez no se desmayó, y la sangre y una lasitud
y la oscuridad, como si apagaran el sol de golpe
y los pasos conocidos del teniente que se acerca
y le pone algo frío en la cabeza.
Crónicas
de un verdugo (I)
Crónicas
de un verdugo (II)
Crónicas
de un verdugo (III)
Crónicas
de un verdugo (IV)
Crónicas
de un verdugo (V)
Crónicas
de un verdugo (VI)
Crónicas
de un verdugo (VII)
Crónicas
de un verdugo (VIII)
Crónicas
de un verdugo (IX)
Crónicas
de un verdugo (X y final)
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