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HISTORIA
Crónicas de un verdugo (I)
Yo en el fondo soy un hombre bueno"
Raúl Soroa
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) -
Mirada cansada como sus pasos. Pasos que arrastran,
con poca convicción, un cuerpo delgado
y nudoso. Viste una vieja camisa de ginga y un
pantalón de kaki gris sujeto a la cintura
por un cinto militar. Calza botas y lleva en la
cabeza una gorra verde olivo.
"Yo en el fondo soy un hombre bueno",
dice, y me contempla fijo unos instantes con esos
ojos azules, diáfanos, que no parecen ocultar
ninguna culpa. Unas profundas arrugas bordean
los ojos y surcan las mejillas del hombre que
se sienta en uno de los sillones del portal de
su actual centro de trabajo. Lentamente enciende
un tabaco. Bastardo, de los de la cuota. Muerde
la punta, hace un gesto vago y lanza las primeras
volutas de humo.
"Creíamos hacer lo correcto, estábamos
convencidos entonces. Nunca había oído
hablar de eso de los derechos humanos. Ellos eran
el enemigo, pura bazofia, lacras sociales, maricones.
Eso."
Mira al techo del portal y lanza con fuerza el
humo. El azul revive en sus ojos, y creo ver una
especie de fuego contenido.
"Se hicieron muchas barbaridades. Yo estuve
de jefe en 'El Infierno'".
Queda en silencio un largo rato. Lo conmino a
seguir con su historia. Dice que no, que no puede.
Me pregunta qué clase de periodista soy
yo. Le explico que soy un periodista independiente.
Me observa con suspicacia, la aprensión
es parte de la manera de ser de este hombre. Llevo
meses intentando ganarme su confianza.
Fue comandante del Ejército Rebelde, combatió
en Girón y el Escambray. Hoy es CVP de
una pequeña empresa, de una talabartería
estatal.
Fue un amigo quien me habló de él.
Dijo que era un comandante retirado, descontento
con su situación actual, desengañado.
Me presentó como un escritor famoso que
podía escribir un libro sobre su vida de
combatiente. No le mentí. Le expliqué
que las posibilidades reales de publicar un libro
sobre su historia eran bien remotas, y que no
era famoso. Tarde tras tarde de guardia compartimos
café y cigarrillos. Poco a poco, con mucha
dificultad, fue contando sus historias.
Comenzó así de golpe, cuando menos
lo esperaba:
"Creíamos hacer lo correcto. Estábamos
convencidos entonces. Nunca había oído
hablar de eso de los derechos humanos. Ellos eran
el enemigo, pura bazofia, lacras sociales, manricones.
Eso.
"Había de todo allí. Jehovases,
tipos de la dulce vida, maricones. Pura porquería.
La Revolución echaba pa'lante, y a ellos
les había cogido la rueda de la historia.
Nosotros éramos la rueda. Decían
que los llevaban para reeducarlos, pero eso era
puro cuento. Nosotros sabíamos bien de
qué se trataba".
Otra larga pausa. La mirada azul busca en lo
alto, entre las nubes. Se pierde en las llanuras
de Camagüey, entre los mosquitos y los gritos
de los guardias y el hambre y la sed y los golpes
y la muerte y las alambradas de púas donde
miles de hombres padecen, sufren por el único
delito de ser diferentes o simplemente por pura
mala suerte.
"¿La comida dice usted? ¿Quién
iba a gastar comida en esa gente? ¿Sabe,
periodista? Había varios así como
tú. No se ofenda. Usted no dura un día
en uno de esos lugares. Había un escritor,
un tipo gordo, fofo, pura manteca. En menos de
quince días estaba que parecía un
hilo de flaco. El hombre se veía desesperado,
merodeaba cerca de la cocina por las noches en
busca de alguna sobra que botaran los guardias.
Un día los cabos UMAP (Unidades Militares
de Apoyo a la Producción -léase
GULAG castrista) lo agarraron y le dieron una
paliza que por poco lo matan, y al día
siguiente el hombre regresó de nuevo en
busca de las sobras. Entonces al teniente Amado
se le ocurrió una diversión. Apostaban
cuántos palos era capaz de soportar el
hombre a cambio de un poco de raspa de arroz.
Se turnaban los cabos para golpear al tipo. Mientras
más aguantara más raspa le daban.
Lo golpeaban por las nalgas con un cuje de guayaba
hasta sangrar. La diversión duró
poco. El hombre falleció al poco tiempo
de tifus. ¿Qué si era verdad lo
del tifus?"
Ahora mira sarcástico, y descubro un brillo
nuevo en sus ojos. Un hálito del pasado
que trae peligro. Muerde las palabras cuando contesta
a mi pregunta.
"Las lacras morían de tifus, de diarreas,
de cualquier cosa. No podía aparecer en
las estadísticas que habían muerto
de un tiro o de hambre. Este tipo estaba medio
muerto y ya hace rato que no era nada. La diversión
se extendía a lamerle las botas a los cabos
y sargentos, a caminar en cuatro patas y ladrar
y a cuanta cosa se le ocurría al teniente.
Un día alguien le dio un tiro en la nuca.
¿Por qué? Puro aburrimiento, puro
berrinche. Nosotros estábamos tan presos
como ellos, a cientos de kilómetros de
la familia, entre enormes mosquitos y rodeados
de todas esas lacras.
"¿Las jornadas de trabajo? Bueno,
eso lo decidíamos nosotros. Podían
durar 12, 14, 16, lo que nos diera la gana. Sí,
a veces llevábamos almuerzo al campo. Sopa,
claro, sopa de arroz.
"¿Torturar? Bueno, había gente
muy imaginativa, y con el aburrimiento, imagínate
lo que es estar días y días en medio
de la nada, lejos de la mujer o de la novia. Sí,
enterraban hasta el cuello en la tierra, sin agua.
Podía durar un día completo o hasta
dos. Los amarraban con alambres de púas
desnudos. Los mosquitos acaban con ellos. ¿Las
recuas? ¿Quién te contó eso?
Sí, amarrábamos a los jehovases
por el cuello hasta formar una hilera, amarrados
uno al otro por el cuello, así tenían
que ir al campo y a todas partes.
"¿Muertes?" Sonríe irónico.
Ahora el brillo de los ojos azules se ha transformado
en algo terrible, impreciso. Los ojos cansados
y vacuos del ex comandante tienen ahora una fuerza
que atemoriza.
"¿Muertes? Tifus, diarreas, fiebres,
hambre, tiros, golpes. En las alambradas quedaron
no pocos desesperados que intentaban huir. ¿Escapar,
dices tú? Imposible".
Muerde con fuerza el tabaco. Pide que por favor
no mencione su nombre. Se lo prometo, le doy mi
palabra. Pero sólo hasta que esto llegue
a su fin, en cuanto se establezca un régimen
democrático y libre en Cuba, entonces tendrá
que responder ante la ley. No ante mí ni
ante nadie, ante la ley. Serás juzgado
con todas las garantías que ofrece un estado
de derecho, le digo, y el hombre me mira con sorna.
"¿Podemos hablar de otros asuntos
que no sean la UMAP?" Dice que no le gusta
hablar de la UMAP, que tiene muchas cosas importantes
que contar. Le digo que voy a respetar su anonimato,
que incluso voy a cambiar algunos nombres, pero
que me cuente todo lo que quiera. Le pregunto
si se siente arrepentido.
"¿Arrepentido?" Pausa. Sus ojos
tienen de nuevo ese tono cansado, vencido. "No,
entonces creíamos que era lo correcto".
Crónicas
de un verdugo (I)
Crónicas
de un verdugo (II)
Crónicas
de un verdugo (III)
Crónicas
de un verdugo (IV)
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Crónicas
de un verdugo (X y final)
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