PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 24, 2006
 

ECONOMIA INFORMAL
A peso con sonrisas

Juan González Febles

LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) - Puede vérseles a todo lo ancho y largo de la ciudad. Su mercancía se oferta a un peso moneda nacional. Se trata de caramelos. Son lápices de azúcar con dos sabores predominantes: menta y plátano. Blancos, con rayas simétricas rojas, verdes o amarillas. Dulzura urbana para recuperar energías.

Los carameleros han irrumpido en la ciudad con éxito indiscutido. Junto a la taza de café, el refresco y la pizza, ganaron su espacio. Crearon la oferta más reciente del perseguido cuentapropismo. El caramelo a peso, se ha convertido en el más reciente tentempié para el ciudadano promedio.

Puede adquirirse en paradas de ómnibus, estanquillos particulares, agromercados y donde quiera que se congregue público. También en casi todos los centros de trabajo. Es el apoyo por excelencia para médicos, enfermeras y personal de salud. También para maestros, alumnos y en fin, para la mayoría mal nutrida que anima la ciudad.

Como todo en Cuba, la infraestructura para el negocio surgió con la necesidad. Una laboriosa cadena de luchadores la conforma.
Mueven azúcar, colorantes, saborizantes, papel para envolturas y por encima de todo laboriosidad y empeño. Sostiene a jubilados, minusválidos, viudas y a una amplia gama variopinta de desposeídos y marginados en esta sociedad, llamada eufemísticamente "la más justa".

Entre los carameleros existen dos grupos bien definidos: los que hacen y los que venden.

El grupo de los que hacen está integrado por familias o por personas empeñadas en sacar adelante a sus familias. Son generalmente mujeres maduras las que asumen en la práctica el laborioso proceso de elaboración de los caramelos.

Los talleres están ubicados en las zonas más humildes de la ciudad. Son casas de familia de gente que se resiste a robar o a prostituirse para vivir. Esta gente fabrica almíbar, amasa, suda, empaqueta y prepara un producto delicioso y limpio.

Los que venden, pregonan con estribillo dulce y melodioso. Ofrecen la mercancía en esa complicidad abierta de todos con todos, contra ellos. En cualquier parte.

La policía los persigue sin mucho empeño. Una que otra vez algún uniformado de dos apellidos le incauta su carga a un vendedor y le multa. Pero ésa no es la norma. Parece mejor cosa dejar hacer. Aunque la policía en La Habana se mueve con la cautela de un ejército de ocupación, es inevitable que esté formado por personas, entre las que hay buenas y malas.

La adversidad para los carameleros viene dictada desde arriba, al igual que para el resto de Cuba. Cuando el poder absoluto manda, la policía actúa. A los que venden, les multan y le decomisan la mercancía, que es algo así como quitarles el sol, el aire o en fín, la vida.

A los que hacen, el poder les reserva lo más selecto de su cajita de horrores. Les multan y les decomisan todo. Desde la ropa hasta la vajilla, la cocina, los efectos eléctricos y hasta los muebles. Las multas son muy altas. Tan altas que hacen un feo contraste con los salarios misérrimos que paga el estado-patrón.

A pesar de esto, por ahí andan. Vendiendo dulzura atados a su aprensión y su peligro. A peso con sonrisas.


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