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ECONOMIA
INFORMAL
A peso con sonrisas
Juan González Febles
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) -
Puede vérseles a todo lo ancho y largo
de la ciudad. Su mercancía se oferta a
un peso moneda nacional. Se trata de caramelos.
Son lápices de azúcar con dos sabores
predominantes: menta y plátano. Blancos,
con rayas simétricas rojas, verdes o amarillas.
Dulzura urbana para recuperar energías.
Los carameleros han irrumpido en la ciudad con
éxito indiscutido. Junto a la taza de café,
el refresco y la pizza, ganaron su espacio. Crearon
la oferta más reciente del perseguido cuentapropismo.
El caramelo a peso, se ha convertido en el más
reciente tentempié para el ciudadano promedio.
Puede adquirirse en paradas de ómnibus,
estanquillos particulares, agromercados y donde
quiera que se congregue público. También
en casi todos los centros de trabajo. Es el apoyo
por excelencia para médicos, enfermeras
y personal de salud. También para maestros,
alumnos y en fin, para la mayoría mal nutrida
que anima la ciudad.
Como todo en Cuba, la infraestructura para el
negocio surgió con la necesidad. Una laboriosa
cadena de luchadores la conforma.
Mueven azúcar, colorantes, saborizantes,
papel para envolturas y por encima de todo laboriosidad
y empeño. Sostiene a jubilados, minusválidos,
viudas y a una amplia gama variopinta de desposeídos
y marginados en esta sociedad, llamada eufemísticamente
"la más justa".
Entre los carameleros existen dos grupos bien
definidos: los que hacen y los que venden.
El grupo de los que hacen está integrado
por familias o por personas empeñadas en
sacar adelante a sus familias. Son generalmente
mujeres maduras las que asumen en la práctica
el laborioso proceso de elaboración de
los caramelos.
Los talleres están ubicados en las zonas
más humildes de la ciudad. Son casas de
familia de gente que se resiste a robar o a prostituirse
para vivir. Esta gente fabrica almíbar,
amasa, suda, empaqueta y prepara un producto delicioso
y limpio.
Los que venden, pregonan con estribillo dulce
y melodioso. Ofrecen la mercancía en esa
complicidad abierta de todos con todos, contra
ellos. En cualquier parte.
La policía los persigue sin mucho empeño.
Una que otra vez algún uniformado de dos
apellidos le incauta su carga a un vendedor y
le multa. Pero ésa no es la norma. Parece
mejor cosa dejar hacer. Aunque la policía
en La Habana se mueve con la cautela de un ejército
de ocupación, es inevitable que esté
formado por personas, entre las que hay buenas
y malas.
La adversidad para los carameleros viene dictada
desde arriba, al igual que para el resto de Cuba.
Cuando el poder absoluto manda, la policía
actúa. A los que venden, les multan y le
decomisan la mercancía, que es algo así
como quitarles el sol, el aire o en fín,
la vida.
A los que hacen, el poder les reserva lo más
selecto de su cajita de horrores. Les multan y
les decomisan todo. Desde la ropa hasta la vajilla,
la cocina, los efectos eléctricos y hasta
los muebles. Las multas son muy altas. Tan altas
que hacen un feo contraste con los salarios misérrimos
que paga el estado-patrón.
A pesar de esto, por ahí andan. Vendiendo
dulzura atados a su aprensión y su peligro.
A peso con sonrisas.
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