PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 23, 2006
 

SOCIEDAD
Peligro: dinosaurio en el aire

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) - Las revoluciones suelen ser, muy a menudo, instintos disfrazados de sublimidad, impulsos que se pierden en la espesura de los excesos, saltos que casi siempre terminan en un descenso catastrófico.

Conozco sus manías y las instancias desde donde surgen los monólogos espesos y soberbios. Sé de su andar paquidérmico, del eco de las cavernas, de la esperanza como plato favorito de una cena y de la sensatez convertida en un vino amargo.

La revolución me ofreció una parcela del paraíso, me hizo creer que la Biblia era un mamotreto viejo e insulso. Ellos tenían la verdad, la salvación y la tierra prometida. Todo a cambio del alma y el cuerpo. Todo por la precisión del asentimiento, la soltura de los aplausos y la majestad del silencio.

Rebusqué en sus entrañas y ví un páramo en el mismo sitio donde me indicaron el Edén. En vez de Sol, centellas. En cada mirada un signo de terror hecho a golpes de cincel.

Pude calibrar la estafa, hacer un inventario del desastre y tomar partículas del miedo, ese animal feroz que las revoluciones miman como a un hijo pequeño.

Puse mis hallazgos en la vitrina, al lado de los últimos discursos todavía tibios, encima de las fotografías que captaron las más recientes hazañas aparecidas en el periódico Granma y debajo de la penúltima marcha del pueblo combatiente.

Fui declarado culpable, promotor de herejías, además de incendiario y conspirador.

Me rociaron de espantos antes de lanzar el fuego de la ira. Quemaron con lujo de detalles mis ilusiones. Definitivamente me hicieron conocer el olor del infierno, chamuscado y asfixiante.

La cárcel es el vientre de una revolución que tomó al socialismo por apellido. Ahí dentro, pudriéndose entre la maldad y el abuso, permanecen más de 300 presos políticos y de conciencia.

A otros les resultó imposible contar sus desgracias. Desaparecieron dentro de ese estómago de rejas y concreto, en una digestión plena de regurgitaciones al mejor estilo de las bestias.

Lamentablemente cubano fue ese engendro que se propuso dar una lección de acrobacia y terminó en el estrépito de una caída.

Con el salto hacia delante, se perdió el equilibrio y las perspectivas. A pesar del fracaso, vuelven las piruetas prometiendo que ahora sí el aterrizaje será inmejorable.

La revolución cubana no está para gimnasias, ni alardes tarzanescos. Debería jubilarse por prudencia y por vejez prematura.

No obstante, anuncia una voltereta que dejará atónitos al mundo y a sus súbditos. Afirma que se acabaron las derrotas y los papelazos, los anuncios intrascendentes y los brincos malogrados por las torpezas.

Está en el aire, obesa y encanecida. Tiene tamaño de dinosaurio. Gira con lentitud bajo un cielo que parece de tormenta.

Con el sobrepeso y la altura, por lógica elemental, va a hundir la isla.


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