|
SOCIEDAD
Peligro: dinosaurio en el aire
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) -
Las revoluciones suelen ser, muy a menudo, instintos
disfrazados de sublimidad, impulsos que se pierden
en la espesura de los excesos, saltos que casi
siempre terminan en un descenso catastrófico.
Conozco sus manías y las instancias desde
donde surgen los monólogos espesos y soberbios.
Sé de su andar paquidérmico, del
eco de las cavernas, de la esperanza como plato
favorito de una cena y de la sensatez convertida
en un vino amargo.
La revolución me ofreció una parcela
del paraíso, me hizo creer que la Biblia
era un mamotreto viejo e insulso. Ellos tenían
la verdad, la salvación y la tierra prometida.
Todo a cambio del alma y el cuerpo. Todo por la
precisión del asentimiento, la soltura
de los aplausos y la majestad del silencio.
Rebusqué en sus entrañas y ví
un páramo en el mismo sitio donde me indicaron
el Edén. En vez de Sol, centellas. En cada
mirada un signo de terror hecho a golpes de cincel.
Pude calibrar la estafa, hacer un inventario
del desastre y tomar partículas del miedo,
ese animal feroz que las revoluciones miman como
a un hijo pequeño.
Puse mis hallazgos en la vitrina, al lado de
los últimos discursos todavía tibios,
encima de las fotografías que captaron
las más recientes hazañas aparecidas
en el periódico Granma y debajo de la penúltima
marcha del pueblo combatiente.
Fui declarado culpable, promotor de herejías,
además de incendiario y conspirador.
Me rociaron de espantos antes de lanzar el fuego
de la ira. Quemaron con lujo de detalles mis ilusiones.
Definitivamente me hicieron conocer el olor del
infierno, chamuscado y asfixiante.
La cárcel es el vientre de una revolución
que tomó al socialismo por apellido. Ahí
dentro, pudriéndose entre la maldad y el
abuso, permanecen más de 300 presos políticos
y de conciencia.
A otros les resultó imposible contar sus
desgracias. Desaparecieron dentro de ese estómago
de rejas y concreto, en una digestión plena
de regurgitaciones al mejor estilo de las bestias.
Lamentablemente cubano fue ese engendro que se
propuso dar una lección de acrobacia y
terminó en el estrépito de una caída.
Con el salto hacia delante, se perdió
el equilibrio y las perspectivas. A pesar del
fracaso, vuelven las piruetas prometiendo que
ahora sí el aterrizaje será inmejorable.
La revolución cubana no está para
gimnasias, ni alardes tarzanescos. Debería
jubilarse por prudencia y por vejez prematura.
No obstante, anuncia una voltereta que dejará
atónitos al mundo y a sus súbditos.
Afirma que se acabaron las derrotas y los papelazos,
los anuncios intrascendentes y los brincos malogrados
por las torpezas.
Está en el aire, obesa y encanecida. Tiene
tamaño de dinosaurio. Gira con lentitud
bajo un cielo que parece de tormenta.
Con el sobrepeso y la altura, por lógica
elemental, va a hundir la isla.
|