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CULTURA
El reportaje que no pude hacer
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) -
No recuerdo el año, pero sí que
la casona La Vigía fue convertida en museo
por el gobierno cubano. Ernest Hemingway se suicidó
de un disparo el 2 de julio de 1961 en su casa
de Idaho.
El autor de El viejo y el mar, libro inspirado
en un pescador de Cojímar, pueblo costero
del este de La Habana, era muy querido y admirado
por los cubanos. Por eso me sentí feliz
cuando la revista Trabajo me envió a San
Francisco de Paula a realizar un reportaje en
el museo Hemingway.
Aquella mañana llevaba en la memoria las
preguntas que le haría al viejo mayordomo
del Premio Nóbel. Atravesamos el camino
de árboles que conducía a la casa
y a la puerta nos esperaba un señor que
dijo ser el mejor amigo del escritor estadounidense
desde que decidió vivir en San Francisco
de Paula, a pocos kilómetros de La Habana.
Traspasar el umbral de aquella casa fue muy importante
para mí, como si entrara a un sitio donde
me esperaran grandes sorpresas. En la espaciosa
sala se respiraba un ambiente sobrecogedor, como
si Hemingway estuviera presente, como si él
mismo nos invitara a pasar. El mayordomo se había
ocupado de que cada objeto, adorno, mueble se
mantuvieran en el mismo lugar. Sobre una mesa
permanecían aún gafas, cigarrillos,
estilográficas del escritor.
Pero todo mi proyecto de hacer el reportaje se
vino abajo cuando tropecé con los ojos
de los animales disecados que Hemingway había
colocado en las paredes de aquella casa y que
él mismo, con sus manos, había dado
muerte por puro placer
La lánguida mirada de un tigre, tan parecida
a la del gato de mi abuela, me hizo estremecer.
Era La Vigía un verdadero zoológico
de animales muertos sin razón alguna.
El antiguo mayordomo me invitó a continuar
el recorrido. Por cortesía acepté.
Ya me había ordenado mentalmente que no
escribiría una letra sobre aquel triste
y fúnebre lugar.
Luego todo me siguió molestando, hasta
la maquina de escribir, colocada en una repisa
de la pared del baño, a la altura de un
hombre de gran estatura.
Me despedí del viejo sirviente y le dije
al chofer de la revista que no me interesaba La
Vigía y mucho menos su fallecido dueño,
por muy Premio Nóbel de Literatura que
fuera. Confieso que leí y admire a Ernest
Hemingway hasta ese día.
Desde muy pequeña me convertí en
una defensora de los animales y la única
vez que lancé una piedra a la cabeza de
alguien fue por salvar a un perrito de la paliza
de su amo.
El problema mayor lo tuve en la redacción
de la revista donde trabajaba. Explicarle al director
que no haría el reportaje, que enviara
a otro, se convirtió en una odisea. Gracias
a Dios que me comprendió. Tal vez él
sentía como yo el mismo amor por los animales.
Hace unos días el periódico Granma
publicó una foto de Hemingway, informando
que este año se conmemora el aniversario
45 de su suicidio, supongo que con la misma escopeta
con la que mató aves, leones, leopardos,
cualquier ser vivo que pudiera servir de absurdo
trofeo al héroe cazador.
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