PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 15, 2006
 

CULTURA
El reportaje que no pude hacer

Tania Díaz Castro

LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) - No recuerdo el año, pero sí que la casona La Vigía fue convertida en museo por el gobierno cubano. Ernest Hemingway se suicidó de un disparo el 2 de julio de 1961 en su casa de Idaho.

El autor de El viejo y el mar, libro inspirado en un pescador de Cojímar, pueblo costero del este de La Habana, era muy querido y admirado por los cubanos. Por eso me sentí feliz cuando la revista Trabajo me envió a San Francisco de Paula a realizar un reportaje en el museo Hemingway.

Aquella mañana llevaba en la memoria las preguntas que le haría al viejo mayordomo del Premio Nóbel. Atravesamos el camino de árboles que conducía a la casa y a la puerta nos esperaba un señor que dijo ser el mejor amigo del escritor estadounidense desde que decidió vivir en San Francisco de Paula, a pocos kilómetros de La Habana.

Traspasar el umbral de aquella casa fue muy importante para mí, como si entrara a un sitio donde me esperaran grandes sorpresas. En la espaciosa sala se respiraba un ambiente sobrecogedor, como si Hemingway estuviera presente, como si él mismo nos invitara a pasar. El mayordomo se había ocupado de que cada objeto, adorno, mueble se mantuvieran en el mismo lugar. Sobre una mesa permanecían aún gafas, cigarrillos, estilográficas del escritor.

Pero todo mi proyecto de hacer el reportaje se vino abajo cuando tropecé con los ojos de los animales disecados que Hemingway había colocado en las paredes de aquella casa y que él mismo, con sus manos, había dado muerte por puro placer

La lánguida mirada de un tigre, tan parecida a la del gato de mi abuela, me hizo estremecer. Era La Vigía un verdadero zoológico de animales muertos sin razón alguna.

El antiguo mayordomo me invitó a continuar el recorrido. Por cortesía acepté. Ya me había ordenado mentalmente que no escribiría una letra sobre aquel triste y fúnebre lugar.

Luego todo me siguió molestando, hasta la maquina de escribir, colocada en una repisa de la pared del baño, a la altura de un hombre de gran estatura.

Me despedí del viejo sirviente y le dije al chofer de la revista que no me interesaba La Vigía y mucho menos su fallecido dueño, por muy Premio Nóbel de Literatura que fuera. Confieso que leí y admire a Ernest Hemingway hasta ese día.

Desde muy pequeña me convertí en una defensora de los animales y la única vez que lancé una piedra a la cabeza de alguien fue por salvar a un perrito de la paliza de su amo.

El problema mayor lo tuve en la redacción de la revista donde trabajaba. Explicarle al director que no haría el reportaje, que enviara a otro, se convirtió en una odisea. Gracias a Dios que me comprendió. Tal vez él sentía como yo el mismo amor por los animales.

Hace unos días el periódico Granma publicó una foto de Hemingway, informando que este año se conmemora el aniversario 45 de su suicidio, supongo que con la misma escopeta con la que mató aves, leones, leopardos, cualquier ser vivo que pudiera servir de absurdo trofeo al héroe cazador.


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