PRENSA INDEPENDIENTE
Febrero 13, 2006
 

ECONOMIA INFORMAL
La isla de los cimarrones

Jorge Olivera Castillo

LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) - La corrupción es una hoguera para las ideas. Me refiero a aquéllas que salen de las tribunas con aderezos de manjar y terminan como bodrios frente a unos clientes que las circunstancias han convertido en histriones. Son los reyes del aplauso, la consigna hecha carne, los viandantes del proletariado con el camerino listo para la próxima función. Es su práctica habitual. La aprendida en el fragor de un trueno largo y despampanante que no escogió el cielo para proyectar sus resonancias.

Las detonaciones vienen de gargantas que cultivan espinas y monotonías, intolerancias y otros fetiches que sirven para proteger una ideología que se apropió de todos los calendarios, de todas las ilusiones, de las inocencias y de la libertad.

Han promulgado, los policías de siempre, un decreto contra los alquimistas que logran darle otros colores a la pobreza. Declaran ilegales las peleas silentes contra la indigencia y los últimos inventos para alcanzar las mismas metas publicitadas por Luis Inacio Lula Da Silva, en el Brasil: comer tres veces al día.

En Cuba hay cacerías y no de brujas, sino de "luchadores", gente que quiere salirse de los trillados esquemas de una utopía.

Les dieron, hace pocos meses, el diploma de cazadores a 28 mil adolescentes, pero sus armas poco han podido hacer en un bosque con demasiado follaje y poblado de especies que aprendieron el arte del camuflaje en los años duros. Que no se ablandan con promesas, ni masajes teóricos.

Es lamentable que aquí trabajar para satisfacer las necesidades básicas significa cumplir un rito sujeto a la más pura banalidad.

Es una acción que mantiene estrechos vínculos con un bostezo. Algo mecánico e insustancial.

Un salario cualquiera, otorgado dentro de los confines de esta protuberancia que rompe la uniformidad del Mar Caribe, es una carcajada en medio de una terrible caída. Cobrar, como promedio, 12 ó 13 dólares al mes parece un dato escrito para una comedia. Pero no, es parte de una realidad que nos zarandea impunemente.

Gratuidad del servicio médico, instrucción garantizada, exiguo importe por el alquiler de las casas, precios módicos del transporte público, otorgamiento mensual de una mínima cuota de alimentos, también a bajo costo. Tal es la carta del régimen, su tramoya y su armadura.

La mentira es coja y por ello frágil. Puede ser eficaz en las distancias cortas, no en carreras de fondo. Además se ha vuelto una letanía, un sonido que obliga al repliegue o a la condena.

Hay que tener bien claro que los profesionales de la medicina, por la fuerza de las circunstancias han devenido en su mayoría en profesionales de la abulia y el desencanto. Medran en las coordenadas de las insatisfacciones. Su miseria es igual a la de un carpintero, a la que acogota a un mozo de limpieza o a la del que sirve tragos en un bar. Tragan las amarguras por instinto de conservación, no porque sean aprendices de monjes. Temen, como casi todos, a ponerle un reflector a sus disidencias y voz a sus agonías.

Brindar un servicio de calidad es una quimera. Las energías y la profesionalidad se esfuman en las andaduras verticales sobre los muros que las carencias dotan de alturas colosales.

Viviendas destrozadas pero de arriendos pagables. Ómnibus anclados en la suciedad y fáciles para el hacinamiento, pero baratos. Estudios presumiblemente gratis, con la calidad hecha ripios, en aulas destartaladas donde el adoctrinamiento es la asignatura principal.

Aporte, a precios asequibles, de raciones que llenan el estómago por 10 días. Después a arreglárselas como faquires o iniciar una peregrinación a la Meca del delito que es Cuba entera.

No es que los cubanos seamos inveterados delincuentes o hijos de la ingratitud. Nos impusieron leyes que reverencian el estado esclavista sin tener aptitudes para hacer de la sumisión un culto y del ascetismo una virtud.

De ahí el cimarrón. La rebelión callada y persistente. El cisma que ilustra la conflictividad inherente a una sociedad gobernada por cánones no compatibles con el socialismo anunciado a diestra y siniestra.

La corrupción es omnipresente como el sol que satura de calidez nuestros veranos. Sobrevivirá al calor de las improvisaciones, en las entrañas de la burocracia, en la inercia de una cúpula carcomida por la demagogia, en el sentido de elegir la lógica por encima de los miedos y las oratorias que invitan a la risa o al sueño.

Grandes y chicos, gerentes y empleados, policías y amas de casa. Todos, de alguna manera, somos cimarrones. Gentes negadas a aceptar lo imposible. Personas y no fichas de un juego que puede culminar en una tragedia.


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