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ECONOMIA
INFORMAL
La isla de los cimarrones
Jorge Olivera Castillo
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) -
La corrupción es una hoguera para las ideas.
Me refiero a aquéllas que salen de las
tribunas con aderezos de manjar y terminan como
bodrios frente a unos clientes que las circunstancias
han convertido en histriones. Son los reyes del
aplauso, la consigna hecha carne, los viandantes
del proletariado con el camerino listo para la
próxima función. Es su práctica
habitual. La aprendida en el fragor de un trueno
largo y despampanante que no escogió el
cielo para proyectar sus resonancias.
Las detonaciones vienen de gargantas que cultivan
espinas y monotonías, intolerancias y otros
fetiches que sirven para proteger una ideología
que se apropió de todos los calendarios,
de todas las ilusiones, de las inocencias y de
la libertad.
Han promulgado, los policías de siempre,
un decreto contra los alquimistas que logran darle
otros colores a la pobreza. Declaran ilegales
las peleas silentes contra la indigencia y los
últimos inventos para alcanzar las mismas
metas publicitadas por Luis Inacio Lula Da Silva,
en el Brasil: comer tres veces al día.
En Cuba hay cacerías y no de brujas, sino
de "luchadores", gente que quiere salirse
de los trillados esquemas de una utopía.
Les dieron, hace pocos meses, el diploma de cazadores
a 28 mil adolescentes, pero sus armas poco han
podido hacer en un bosque con demasiado follaje
y poblado de especies que aprendieron el arte
del camuflaje en los años duros. Que no
se ablandan con promesas, ni masajes teóricos.
Es lamentable que aquí trabajar para satisfacer
las necesidades básicas significa cumplir
un rito sujeto a la más pura banalidad.
Es una acción que mantiene estrechos vínculos
con un bostezo. Algo mecánico e insustancial.
Un salario cualquiera, otorgado dentro de los
confines de esta protuberancia que rompe la uniformidad
del Mar Caribe, es una carcajada en medio de una
terrible caída. Cobrar, como promedio,
12 ó 13 dólares al mes parece un
dato escrito para una comedia. Pero no, es parte
de una realidad que nos zarandea impunemente.
Gratuidad del servicio médico, instrucción
garantizada, exiguo importe por el alquiler de
las casas, precios módicos del transporte
público, otorgamiento mensual de una mínima
cuota de alimentos, también a bajo costo.
Tal es la carta del régimen, su tramoya
y su armadura.
La mentira es coja y por ello frágil. Puede
ser eficaz en las distancias cortas, no en carreras
de fondo. Además se ha vuelto una letanía,
un sonido que obliga al repliegue o a la condena.
Hay que tener bien claro que los profesionales
de la medicina, por la fuerza de las circunstancias
han devenido en su mayoría en profesionales
de la abulia y el desencanto. Medran en las coordenadas
de las insatisfacciones. Su miseria es igual a
la de un carpintero, a la que acogota a un mozo
de limpieza o a la del que sirve tragos en un
bar. Tragan las amarguras por instinto de conservación,
no porque sean aprendices de monjes. Temen, como
casi todos, a ponerle un reflector a sus disidencias
y voz a sus agonías.
Brindar un servicio de calidad es una quimera.
Las energías y la profesionalidad se esfuman
en las andaduras verticales sobre los muros que
las carencias dotan de alturas colosales.
Viviendas destrozadas pero de arriendos pagables.
Ómnibus anclados en la suciedad y fáciles
para el hacinamiento, pero baratos. Estudios presumiblemente
gratis, con la calidad hecha ripios, en aulas
destartaladas donde el adoctrinamiento es la asignatura
principal.
Aporte, a precios asequibles, de raciones que
llenan el estómago por 10 días.
Después a arreglárselas como faquires
o iniciar una peregrinación a la Meca del
delito que es Cuba entera.
No es que los cubanos seamos inveterados delincuentes
o hijos de la ingratitud. Nos impusieron leyes
que reverencian el estado esclavista sin tener
aptitudes para hacer de la sumisión un
culto y del ascetismo una virtud.
De ahí el cimarrón. La rebelión
callada y persistente. El cisma que ilustra la
conflictividad inherente a una sociedad gobernada
por cánones no compatibles con el socialismo
anunciado a diestra y siniestra.
La corrupción es omnipresente como el sol
que satura de calidez nuestros veranos. Sobrevivirá
al calor de las improvisaciones, en las entrañas
de la burocracia, en la inercia de una cúpula
carcomida por la demagogia, en el sentido de elegir
la lógica por encima de los miedos y las
oratorias que invitan a la risa o al sueño.
Grandes y chicos, gerentes y empleados, policías
y amas de casa. Todos, de alguna manera, somos
cimarrones. Gentes negadas a aceptar lo imposible.
Personas y no fichas de un juego que puede culminar
en una tragedia.
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