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HISTORIA
Los pueblos no saben odiar
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Febrero (www.cubanet.org) -
Este año, el primero de mayo, se conmemora
el aniversario 45 del derribo del águila
de bronce que se encontraba en lo alto del monumento
al Maine, en el Malecón habanero. En horas
de la noche de aquel día el gobierno cubano
dio la orden a un grupo de hombres que, a golpes
de pera de acero destruyeran, no el símbolo
imperial, como lo calificaba el régimen,
sino el monumento que rendía homenaje a
los valerosos marineros y oficiales del Maine,
víctimas del hundimiento del acorazado
norteamericano en la bahía habanera, razón
por la que Estados Unidos declaró la guerra
a España ese mismo día, 15 de enero
de 1898.
El águila rota se exhibe actualmente en
el museo de la ciudad, y está relacionada
con la historia que muestra a las claras cómo
los pueblos no saben odiar.
Luego de la explosión, un pescador cubano,
Carlos López, vecino del pueblo de Regla,
rescató la bandera del acorazado que flotaba
en las aguas de la bahía y la entregó
a las autoridades diplomáticas de los Estados
Unidos en la capital.
A los pocos días, ese humilde pescador
recibió una carta escrita de puño
y letra de Joseph A. Springer, vicecónsul
general norteamericano, agradeciéndole
el gesto de haber rescatado la bandera para entregarla
a la misión diplomática.
Esta carta fue conservada durante un siglo por
la familia López y sus descendientes, que
la llevaron consigo cuando emigraron años
después a Estados Unidos, como un tesoro.
En 1997, el nieto del pescador reglano, Miguel
Ángel Acosta, murió en New York,
y su amigo de infancia Manuel Sarría recibió
la carta. Le había prometido a Miguel que
la haría llegar a Cuba para que no se desconociera
el histórico hecho.
En la primera oportunidad que tuvo, Sarría
hizo llegar la carta al Instituto de Literatura
y Lingüística, a través de
su directora, para que fuera restaurada y conservada
en su lugar de origen, para que no se olvidara
el gesto solidario de un hombre de pueblo con
el país que ha brindado refugio a tantos
cubanos.
Hoy, junto al águila de bronce mutilada,
en el museo de la ciudad, se encuentra también
el documento de la familia de aquel pescador que
se lanzara al mar para rescatar la bandera norteamericana.
Una prueba más de que los que odian son
los gobernantes, no los pueblos.
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