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SOCIEDAD
Aquí, en la lucha
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- Me gustaría saber si el llamado socialismo
del siglo XXI será tan obtuso e imperfecto
como el que se estableció en el pasado.
Los promotores de la idea continúan hablando
del hombre nuevo, insisten en que éste
es posible, como si se tratara de una consigna
u orden militar.
El hombre ruso no pudo, a lo largo de setenta
años, ser sustituido por el homo sovieticus.
Y el hombre cubano, lejos de convertirse en el
homo castrense, sigue siendo el mismo de antes
a pesar de 47 años de adoctrinamiento a
palos.
Desde que el poder comenzó a levantar un
muro infranqueable para que ni una aguja de libertad
entrara por sus grietas, el hombre cubano lucha
por sus derechos: el trabajo privado, la libertad
religiosa; por mantener viva la llama de una oposición
organizada, por disfrutar de la libre información
a través de canales de televisión
extranjeros y libros prohibidos, etc. O sea, que
al castrismo se le fue el tiro por la culata.
Hace unos días se publicó en la
prensa oficialista de Cuba una crónica
del colega Andrés Gómez, escrita
en Estados Unidos, donde califica a Miami, ciudad
donde reside, de alucinante y terrorífica.
¿Querrá decir también que
Miami seduce y deslumbra, según el significado
de la palabra alucinante? Si nos uniera un puente
por donde poder caminar, millones de cubanos se
irían tras esa alucinación, para
trabajar y enviar dinero a su empobrecida familia
en Cuba.
En cambio, La Habana, capital de todos los cubanos,
es una ciudad saturada de contradicciones sociales,
y sobre todo, asombrosa y engañosa. Por
una parte, la población no adquiere divisas
a través de su salario o jubilación,
y por otra, padece de un constante y loco consumismo
en las bien abastecidas shoppings, las que sólo
venden en moneda convertible.
Las librerías del Estado, por poner otro
ejemplo, no son tan asediadas como esos vendedores
ocultos que de forma discreta venden u ofrecen
el canje de novelitas de Corín Tellado,
una lectura que tanto ha censurado el régimen
a través de su prensa, llamándola
cursi y mediocre. Estos alquiladores o vendedores
exhiben su mercancía, compuesta de libritos
gastados, remendados y editados en el extranjero,
a escondidas, en escaleras de edificios de viviendas
o en sus propios hogares.
La lucha constante y absurda del régimen
porque todos entren por el aro y piensen igual,
fracasó, porque se niega a reconocer que
cada ser humano nace con su propia y definitiva
personalidad.
La Habana, ese collage despintado, deslucido y
en ruinas de vendedores ambulantes clandestinos,
travestís, jineteras camufladas, turismo
mochilero, policías orientales en busca
de asentamiento fijo en la capital, y de esos
que se escapan de sus centros laborales con el
fin de llevar a cabo sórdidos trucos, como
califica la prensa oficialista a lo que se inventa
para sobrevivir, sí es una ciudad no solo
alucinante, sino también una prueba objetiva
del fracasado socialismo irrevocable. La Isla
castrista gusta de todo lo que huela a libertad
y capitalismo.
Si a eso viene el turista a Cuba, a verlo con
sus propios ojos, no pierde ni su tiempo, ni el
dinero del pasaje. Seguramente escuchará
a muchos cubanos que cuando le preguntan cómo
están, responden: Aquí, en la lucha.
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