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SOCIEDAD
La
ley que mata
Tania Díaz Castro
LA HABANA, Cuba - Diciembre (www.cubanet.org)
- En los primeros meses de 1990 me querían
fusilar. Así me lo dijo con toda la seriedad
del mundo el teniente coronel Rodolfo Pichardo
en una pequeña oficina del edificio de
Seguridad del Estado Cubano. Mis piernas comenzaron
a temblar de miedo, de frío por el intenso
aire acondicionado. Mi única culpa fue
haber fundado un partido político y como
germinaba dentro de nuestra población,
yo tenía que ser fusilada.
Para defenderme, aunque con un hilo de voz, le
dije al teniente coronel:
-Ustedes nunca han fusilado a una mujer.
Rápidamente me respondió: Tampoco
a un Héroe de la Patria.
Aquella noche, en mi celda, claro que no pude
dormir. Me parecía escuchar a mis padres
cuando, siendo yo una niña, se lamentaban
del fusilamiento del poeta español Federico
García Lorca o cuando temían que
Fidel Castro, durante el juicio del ataque al
Cuartel Moncada, fuera asesinado de algún
modo, aunque la Pena de Muerte había dejado
de ser una figura delictiva de nuestro Código
Penal. En aquellos momentos mi padre dijo algo
que no olvidaré jamás: si existiera
la Pena de Muerte, se la aplicarían y mi
madre lloró, yo la vi llorando.
Por suerte, nadie tuvo que llorar mi muerte.
Sólo yo aquella noche, mientras escribía
una larga carta de despedida dirigida a mis tres
hijos.
A lo largo de su historia Cuba ha sufrido en
carne propia el fusilamiento de muchos de sus
hijos: nuestros ocho estudiantes de Medicina,
hace 135 años, el fusilamiento del poeta
Juan Clemente Zenea, llevado a cabo en La Cabaña
el 25 de agosto de 1871 y más de cinco
mil fusilados, entre opositores y militares a
partir del triunfo del régimen castrista.
Esta cifra de fusilamientos ha sido contabilizada
como resultado de una investigación realizada
por el catedrático cubano Armando Lago,
durante sus años de exilio.
La Pena de Muerte en Cuba, abolida unos años
después de la instauración de la
República, se puso en práctica,
aunque de forma ilegal, en la Sierra Maestra durante
la lucha insurreccional, y de igual forma a partir
del 1ro de enero de 1959. En julio de 1989 se
fusiló incluso a un Héroe de la
Patria.
Los últimos cubanos que bajo el régimen
castrista sufrieron la Pena de Muerte fueron tres
jóvenes negros que intentaron secuestrar
un transbordador con varias decenas de pasajeros
a bordo para emigrar hacia Estados Unidos. A pesar
de que no mataron ni hirieron a nadie, ni llegaron
a realizar el secuestro, fueron ejecutados injustamente
el 11 de abril de 2003.
Se trataba de tres cubanos humildes que habían
asistido a la escuela hasta alcanzar el noveno
grado, tres cubanos pobres y desesperados por
abandonar su país. Fue, sin duda, un crimen
aprobado por ley, al que quiso dársele
un carácter ejemplarizante, aunque, por
supuesto, esto no se logró.
En días recientes fue condenado a morir
en la horca en Bagdad el ex presidente iraquí
Saddam Hussein, su hermano Barsan al Tikriti y
el antiguo juez Awad al Bandar. La dictadura de
Hussein ha sido una de las más crueles
de nuestra historia contemporánea. Asesinó
y torturó todo lo que quiso. Leer los hechos
ocurridos durante sus años de jefe de gobierno
en Irak da deseos de que no se cambie la sentencia.
Sin embargo, no puedo dejar de sentir un desagradable
estupor cuando imagino a un hombre matando a sangre
fría a otro hombre, por muy asesino que
este sea. Coincido con esas importantes personalidades
de gran sensibilidad humana, que en el mundo han
reclamado enérgicamente la abolición
de la pena de muerte. El resultado de ese esfuerzo
de largos años es que en muchos países
la ley que mata ha desaparecido.
Ojalá también en Cuba se respete
algún día el derecho a la vida como
algo incuestionable y sagrado.
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