PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 4, 2006

ECONOMIA INFORMAL
Los caramelos de Horacio

Tania Díaz Castro

Horacio es una fiera, pero una fiera vendiendo caramelos. Tiene un estilo muy original de vender. Por ejemplo, cuando una dama pasa por su lado, le enseña su manojo de caramelos de varios colores en forma de lápices y le dice: joven, compre uno para que endulce mucho más el corazón de su amado. Siempre acierta. Si es una damita, sonríe y le compra. Si es una dama de la tercera edad, agradecida, le compra también. Con los hombres tiene menos suerte, sobre todo con los viejos. Estos son los peores clientes. Pero a los jóvenes Horacio le dice: Un caramelo para que tengas suerte con la novia. Y no se equivoca tampoco.

Me cuenta que si no fuera por los policías y los inspectores que no lo dejan vivir con las multas por vender de forma ilegal en la vía pública, sería muy feliz vendiendo sus caramelos. Por ejemplo, cuando algún niño se le queda mirando porque no tiene dinero y él le regala uno para verlo sonreír.

Como Horacio es un hombre que siempre trabajó, le gusta llegar a la casa con un par de jabones de baño, un desodorante y un paquetico de detergente, productos que no recibe su familia a través de la libreta de racionamiento. Para lograr esto se va a la calle Obispo, en La Habana Vieja, donde los turistas, por un caramelo, en ocasiones le dan un chavito, equivalente a un dólar.

Ese día se pone las botas, porque ese chavito o dólar, que para obtenerlo tiene que pagar veinticinco pesos en moneda nacional, o sea, la cuarta parte de su pensión como jubilado, sólo le cuesta 65 centavos, que es lo que paga por cada caramelo, dos centavos y seis décimas de centavo de dólar.

Me habla de la cautela que emplea con la policía y los inspectores cuando le da el frente a situaciones difíciles, cuando la cosa se pone fea. Ha tenido incluso que deshacerse de sus caramelos, ocultarlos en matorrales o escaleras, para no encontrarlos jamás. Ese día, en vez de ganar unos pesitos, veinte o treinta, pierde todo lo que pagó por su mercancía.

Quien hace los caramelos -de menta, de fresa, de chocolate, de maní y hasta de coco- también corre grandes riesgos. Según Horacio, con frecuencia se le cuela un inspector en el fondo de la casa y cargan con el fabricante y sus cajas de caramelos para una estación de policía. Allí no se cansan de preguntarle de dónde sacó el maní, la fresa y hasta el chocolate, porque los cocos cuelgan de las matas en el campo.

Converso con Horacio, este hombre noble y honrado, y siento pena cuando me confiesa que nunca pensó terminar su vida como caramalero y enfrentándose a las autoridades como si fuera un delincuente, aunque se trate de un trabajo digno.

Ama sobre todas las cosas a su hogar, a su vieja compañera de la vida, a sus hijos y nietos. Tiene un perro que se llama Negrito y un gato al que le puso Callejero porque siempre anda perdido. Ama también, y me lo dice mostrando su buena dentadura, herencia de su raza, la libertad que posee de moverse de un lado para otro vendiendo sus caramelos, siempre en un municipio distinto. Lo mismo en Centro Habana que Marianao, en Lawton que en El Cerro.

A donde jamás va es a los repartos residenciales de los dirigentes políticos y de los extranjeros. El sabe mejor que nadie por qué y vuelve a enseñarme sus dientes, más blancos que la leche.

Ya ni se acuerda de cuando era un joven soñador. O mejor dicho, no quiere acordarse. Para qué. Pensaba, eso sí, en tener una vejez tranquila, sin sobresaltos ni disgustos.

Ahora, por vender caramelos, tiene más problemas que nunca. Es su derecho, dice y agrega que habrá que matarlo para que desista, porque ya hasta se siente a gusto siendo un caramalero clandestino.

Horacio es un obrero negro que trabajó para el gobierno 47años de su vida en el sector metalúrgico. A los 70 de edad no tiene ni una bicicleta para transportarse. Mucho menos algún ahorrito en el banco. Si no vendiera caramelos día por día las cosas no marcharían bien en su casa.

Cuando me dice que aunque tarde ha dejado de tener fe en el socialismo, lo comprendo bien.


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