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ECONOMIA
INFORMAL
Los caramelos de Horacio
Tania Díaz Castro
Horacio es una fiera, pero una fiera vendiendo
caramelos. Tiene un estilo muy original de vender.
Por ejemplo, cuando una dama pasa por su lado,
le enseña su manojo de caramelos de varios
colores en forma de lápices y le dice:
joven, compre uno para que endulce mucho más
el corazón de su amado. Siempre acierta.
Si es una damita, sonríe y le compra. Si
es una dama de la tercera edad, agradecida, le
compra también. Con los hombres tiene menos
suerte, sobre todo con los viejos. Estos son los
peores clientes. Pero a los jóvenes Horacio
le dice: Un caramelo para que tengas suerte con
la novia. Y no se equivoca tampoco.
Me cuenta que si no fuera por los policías
y los inspectores que no lo dejan vivir con las
multas por vender de forma ilegal en la vía
pública, sería muy feliz vendiendo
sus caramelos. Por ejemplo, cuando algún
niño se le queda mirando porque no tiene
dinero y él le regala uno para verlo sonreír.
Como Horacio es un hombre que siempre trabajó,
le gusta llegar a la casa con un par de jabones
de baño, un desodorante y un paquetico
de detergente, productos que no recibe su familia
a través de la libreta de racionamiento.
Para lograr esto se va a la calle Obispo, en La
Habana Vieja, donde los turistas, por un caramelo,
en ocasiones le dan un chavito, equivalente a
un dólar.
Ese día se pone las botas, porque ese
chavito o dólar, que para obtenerlo tiene
que pagar veinticinco pesos en moneda nacional,
o sea, la cuarta parte de su pensión como
jubilado, sólo le cuesta 65 centavos, que
es lo que paga por cada caramelo, dos centavos
y seis décimas de centavo de dólar.
Me habla de la cautela que emplea con la policía
y los inspectores cuando le da el frente a situaciones
difíciles, cuando la cosa se pone fea.
Ha tenido incluso que deshacerse de sus caramelos,
ocultarlos en matorrales o escaleras, para no
encontrarlos jamás. Ese día, en
vez de ganar unos pesitos, veinte o treinta, pierde
todo lo que pagó por su mercancía.
Quien hace los caramelos -de menta, de fresa,
de chocolate, de maní y hasta de coco-
también corre grandes riesgos. Según
Horacio, con frecuencia se le cuela un inspector
en el fondo de la casa y cargan con el fabricante
y sus cajas de caramelos para una estación
de policía. Allí no se cansan de
preguntarle de dónde sacó el maní,
la fresa y hasta el chocolate, porque los cocos
cuelgan de las matas en el campo.
Converso con Horacio, este hombre noble y honrado,
y siento pena cuando me confiesa que nunca pensó
terminar su vida como caramalero y enfrentándose
a las autoridades como si fuera un delincuente,
aunque se trate de un trabajo digno.
Ama sobre todas las cosas a su hogar, a su vieja
compañera de la vida, a sus hijos y nietos.
Tiene un perro que se llama Negrito y un gato
al que le puso Callejero porque siempre anda perdido.
Ama también, y me lo dice mostrando su
buena dentadura, herencia de su raza, la libertad
que posee de moverse de un lado para otro vendiendo
sus caramelos, siempre en un municipio distinto.
Lo mismo en Centro Habana que Marianao, en Lawton
que en El Cerro.
A donde jamás va es a los repartos residenciales
de los dirigentes políticos y de los extranjeros.
El sabe mejor que nadie por qué y vuelve
a enseñarme sus dientes, más blancos
que la leche.
Ya ni se acuerda de cuando era un joven soñador.
O mejor dicho, no quiere acordarse. Para qué.
Pensaba, eso sí, en tener una vejez tranquila,
sin sobresaltos ni disgustos.
Ahora, por vender caramelos, tiene más
problemas que nunca. Es su derecho, dice y agrega
que habrá que matarlo para que desista,
porque ya hasta se siente a gusto siendo un caramalero
clandestino.
Horacio es un obrero negro que trabajó
para el gobierno 47años de su vida en el
sector metalúrgico. A los 70 de edad no
tiene ni una bicicleta para transportarse. Mucho
menos algún ahorrito en el banco. Si no
vendiera caramelos día por día las
cosas no marcharían bien en su casa.
Cuando me dice que aunque tarde ha dejado de
tener fe en el socialismo, lo comprendo bien.
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