PRENSA INDEPENDIENTE
Diciembre 1, 2006

SOCIEDAD
Por la unidad cubana

Oscar Espinosa Chepe

LA HABANA, Cuba - Noviembre (www.cubanet.org) - El fraccionamiento de la sociedad cubana es uno de los aspectos más tenebrosos y sórdidos de estos casi 48 años de totalitarismo en Cuba, realizado por el gobierno para doblegarla e imponer su poder absoluto. Una nación que durante años se caracterizó por ser destino de oleadas de emigrantes procedentes de diversas áreas geográficas, se convirtió en fuente de personas que dejando atrás todas sus pertenencias huyeron, y continúan huyendo, en busca de la libertad y la prosperidad negadas en su tierra.

Hoy, la quinta parte de los cubanos ha sido desarraigada y vive en el exterior, esencialmente en Estados Unidos, donde han sido recibidos por una sociedad que les abrió sus brazos y donde constituyen una de las comunidades más exitosas.

El objetivo del totalitarismo ha sido eliminar por la vía del exilio a los sectores poblacionales más apegados a los conceptos democráticos y, a la vez, mostrarle a los demás el destino que podrían tener en el caso de que presentaran algunas "veleidades": el destierro, práctica utilizada profusamente por los colonialistas españoles contra los patriotas cubanos en el Siglo XIX.

Por supuesto, ese correctivo social no ha sido el único. Se ha combinado con la expulsión del trabajo a los inconformes, la conversión de las personas rebeldes en ciudadanos de tercera clase, y, para los más osados, las cárceles y… el paredón.

Por ello, resulta contradictoria e incomprensible la política de Estados Unidos, implantada en el 2004, de limitar las visitas de los cubanos a un término de cada tres años. Esa decisión viene como anillo al dedo a los intereses del totalitarismo, que en todo momento hace los mayores esfuerzos para limitar las influencias externas sobre quienes vivimos en el archipiélago.

Indudablemente, la separación de los cubanos, además de tener consecuencias muy negativas desde el punto de vista afectivo, priva de las experiencias de nuestros hermanos a quienes estamos en el país, y reduce la corriente de ideas promotoras del cambio en Cuba.

Se ha dicho, con mucha razón, que el exilio desempeñará un papel importante en la reconstrucción del país en la etapa post-totalitaria, que indudablemente llegará. Esto es absolutamente cierto y no sólo por los recursos que podría aportar, sino por los conocimientos acumulados en materia de gestión económica, las posibilidades de transferir tecnología avanzada y, lo más relevante, por las vivencias obtenidas durante tantos años de estancia en una nación identificada a escala planetaria por sus altos valores democráticos.

En nuestro gran vecino del norte hay compatriotas que han alcanzado elevados niveles en la política. Cientos de intelectuales cubanoamericanos hoy se desempeñan como profesores en los distintos niveles de la educación y son numerosos los destacados en el ámbito cultural; no escasean los hombres de negocios triunfadores en la competitiva sociedad norteamericana, demostrando el valor de nuestra estirpe, cuando están presentes las oportunidades. No pueden ser ignorados tampoco nuestros deportistas que con sus éxitos nos hacen sentir tan orgullosos.

Por ello, al mismo tiempo que estamos seguros de la participación de la diáspora en la reconstrucción nacional, consideramos que no hay que esperar que llegue ese momento, sino que desde ahora nuestros compatriotas deben participar activamente junto a quienes residimos en Cuba en el proceso de transición que ya está en marcha, fundamentalmente en la mente y el alma de los ciudadanos.

Para eso, necesitamos los contactos más estrechos posibles, que precisamente las actuales prohibiciones no facilitan, sino obstaculizan. Hoy que en Cuba se están reacomodando las estructuras de poder, consideramos que la participación del exilio es todavía más urgente e importante.

Por tanto, ayudaría extraordinariamente la disposición del gobierno de Estados Unido a cancelar las prohibiciones y sustituir esas regulaciones por una política destinada a promover los contactos de los cubanos de la isla con los que viven en el exterior en todos los campos: académico, científico, artístico, cultural, deportivo y, sobre todo, humano. Hecho que, además, facilitaría la ayuda familiar.

Esperamos que un día no muy lejano nuestros hermanos de todas las esferas, desde el más humilde hasta el más célebres, compartan en actividades conjuntas de aquí y de allá, sin importar raza, creencias religiosas o ideas políticas, únicamente identificados por la condición de ser cubanos. Como dijera Martí a Néstor L. Carbonell en memorable carta, hace precisamente 115 años: "La oportunidad magnífica de vernos, de hablarnos, de poner juntos los corazones, no debemos desaprovecharla: hay que crear…"


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