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SOCIEDAD
Mi sueño "amerihumano"
Luis Cino
LA HABANA, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Todos
soñamos alguna vez con algo. Algunos lo
hacen siempre. Por mi parte, sueño con
el concierto que no presencié de los Rolling
Stones. Los libros de Tom Wolfe que no leí.
Los whiskies que no bebí, el Mardi Gras
de New Orleans al que no asistí. Las vacaciones
que no pasé a la orilla del mar, en el
Pacífico sur de Conrad o más cerca,
en el Pacífico del wind surfing en Malibú.
Mis pisadas de sonámbulo me llevan al
Paseo del Prado de las librerías y los
libros que no compré. Las sopas chinas
del Mercado Único que no alcancé.
El burdel de lujo de Marina que no conocí.
Las prostitutas se comportaban como señoras.
Me tocó vivir en la época en que
las señoras se comportan como prostitutas
y suelen superarlas con el vocabulario.
Yo también tengo un sueño. Está
hecho de cosas simples y hasta frívolas.
En él no hay amigos presos, teléfonos
vigilados ni citaciones policiales.
Suelo comentarlos con Cabrera Infante en el Club
21 mientras Freddy canta boleros bajo el spot
light.
Mis sueños son tan simples como comer
lo que deseo cuando lo deseo. Tal vez una Mc Donald
con queso y papas fritas y un par de Budweisers.
En mis sueños nunca tengo hambre.
En ellos, amanezco los domingos al volante de
mi Ford Mustang rojo, rumbo a la playa. Me acompañan
mis hijos, mi mujer y mi perra. Cantando al compás
de la casetera las viejas canciones de Tamla Motown.
Sueño con mi familia como solía
ser antes de que la dividieran el exilio, la política
y el miedo.
Mis sueños son tan vívidos que
a veces no puedo ubicarlos en el tiempo y el espacio.
No sé si ocurren en San Francisco, Lawton
o en el San Francisco californiano y hippie donde
la gente llevaba flores en el pelo.
Sé que en ellos anduve por el Sur. No
sé dónde están mis fotos
en Graceland o frente a la casa natal de William
Faulkner para demostrarlo.
Ahora mismo estoy ahorrando para en las próximas
vacaciones irme a la India sin tarjeta blanca
del Ministerio del Interior. Les prometo fotos
desde el Taj Mahal.
Pésimo bailador como soy, me di el gusto
de sambar en los Carnavales de Rio con una mulata
felina, émula de la Garota de Ipanema.
Al fin logré completar mi colección
con toda la discografía de Bob Dylan. Del
otro Dylan, el poeta, Dylan Thomas, ya pude pagar
al librero los 20 pesos convertibles que me hicieron
propietario del tomo encuadernado de su poesía.
A veces recibo cartas de antiguos amores. Ahora
son actrices de Hollywood y me escriben entre
un rodaje y el próximo.
Como ya soy, a mi pesar, un señor mayor,
trato de llevar una vida tranquila y ordenada.
Sin excesos. Nado y cuido mi dieta para mantenerme
en forma. Escribo por las mañanas y me
mantengo en contacto con mi editor que me apura
con la novela.
Cuando estoy muy tenso, a la orilla de la piscina,
rasgueo mi guitarra Fender. La Stratocaster la
reservo para la tertulia con los amigos y el BBQ
de los sábados por la tarde.
Mis sueños pueden tener bruscos despertares.
A veces llaman a mi puerta dos oficiales de la
policía política que me miran como
si fuera un criminal. En otros, se convierte en
pesadilla cuando descubro que la única
forma de cumplirlos sería como exiliado.
Siempre trato de reanudar el sueño donde
lo dejé. Sin exilios ni segurosos. En ocasiones,
lo logro.
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