PRENSA INDEPENDIENTE
Abril 28, 2006
 

SOCIEDAD CIVIL
El reino de lo prohibido

Rafael Ferro Salas, Abdala Press

PINAR DEL RIO, Cuba - Abril (www.cubanet.org) - Desde la esquina vi el alboroto en el barrio. Un vecino me puso al tanto de lo que sucedía: "Están registrando la casa de un muchacho que es disidente".

Me acerqué y vi que era la casa de Abigail Ortega Beltrán. Dos carros patrulleros estaban parqueados al frente de la vivienda. Algunos vecinos curioseaban. Llegué al grupo de gentes.

"Le quitaron los libros y unos radios", dijo una vieja que cargaba a un muchachito. Vi cuando los dos policías salían de la casa. Detrás de ellos salió Abigail. Enseguida me vio. Me hizo una seña y siguió hasta uno de los carros de la policía.

Después salieron los dos oficiales de la Seguridad del Estado. Los mismos de siempre: Mario y Beune.

Vieron que yo estaba allí y me miraron con odio, pude darme cuenta. Los policías subieron a los carros y se fueron. Los dos de la Seguridad se fueron en una moto. Entonces Abigail llegó a donde yo estaba para hablar conmigo. Los vecinos empezaron a irse también. Ninguno habló con Abigail.

Al rato estábamos dentro de la casa. Todo había sido movido de su lugar. Abigail es director de una biblioteca independiente, ya no queda nada de esa biblioteca. En Cuba está prohibido tener una biblioteca particular, todo está en atreverse uno a decir que es independiente, pues esa palabra está prohibida también. Hay un sin fin de cosas prohibidas en este país, se llega al absurdo en un ambiente de tantas prohibiciones.

"Me citaron para mañana por la tarde a la oficina de la Seguridad. Me dijeron que es para levantarme un acta de advertencia", me dice Abigail mientras recoge unos papeles que hay tirados en el piso como prueba de lo que ocurrió hace apenas unos minutos. Llega su esposa con dos tazas de café. Tomo y le doy las gracias.

Después veo cómo Abigail se guarda los papeles en su bolsillo, es como si temiera que alguien regresara a quitárselos. Después de un registro uno queda con ese miedo a que le sigan quitando cosas, este periodista ha pasado por eso.

"No sé por qué a esta gente les molesta que uno tenga sus libros. Son libros sanos. No es delito tener libros, compadre", me dice mi amigo. Tenemos tantas cosas prohibidas que no tengo respuesta para su interrogante. Salimos al patio y miro una pareja de gorriones que cantan. Después se van volando por encima de los tejados. Yo creo que olieron aires de registro, se fueron asustados, pero libres.

"No vayas a pensar lo malo, compadre, pero a veces quisiera tener alas y salir volando de este país de basura. Me han obligado a eso, a todos nos han obligado a eso".

Estuve a punto de darle la razón, pero después sonreí y le dije: "No vale la pena, amigo mío. Si te conviertes en ave puedes volar libre, pero le darías el gusto de quitarte la lectura a éstos que hace un rato te registraron".

Mi amigo me pone la mano en el hombro, me abraza y dice conforme: "Cierto, no pueden quitarnos la lectura, mucho menos lo leído".


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